viernes, 15 de julio de 2011

PRINCESS GARDEN. HOTEL NUDISTA

Tardamos en llegar, pero llegamos. Con calor, hambre, tras haber viajado 10 horas desde Oviedo hasta Alicante y perder otra más en el pueblo de Alfaz del Pi, preguntando a guardias, peatones y taxistas donde estaba el Hotel Princess Garden, por fin, rumiando un cabreo monstruoso por mi parte, nos plantamos ante la reja de entrada, rezando a todos los santos del cielo, que fuese allí donde iba a celebrarse la 30 Asamblea Anual de la Federación Española de Naturismo.
Aun hoy, pasado más de un mes, y de nuevo recluido en las montañas brumosas de Asturias, no tengo muy claro el porque acepte representar ANAPA, asociación naturista a la que pertenezco, al citado evento. Hasta ese día era un socio mas, alguien que desde hacía siete años pagaba religiosamente la cuota y que, de tarde en tarde, asistía, a los SPA´s nudistas que, casi como única actividad, se celebraban en el rimbombante Palacio de las Nieves, hotel de La Felguera que para tal fin nos cedía sus instalaciones, pagando, eso si.
La realidad fue que, por expresa petición del Vicepresidente, con el informe del año 2010, francamente desfavorable y sin nada positivo que exponer, Rosa y yo íbamos a penetrar en un mundillo naturista del que, siendo realistas, apenas nada conocíamos, y cuyos participante, a excepción del Presidente y su mujer, no sabían nada de nosotros. Pero, como mas tarde comprobamos en el transcurso de las diferentes reuniones, si conocían sobradamente ANAPA y nos creían, craso error por su parte, dignos representantes de la misma.

Un morenito abrió la cancela, nos indico donde aparcar el coche y, como si nos conociera de toda la vida, ya que solo nos pidió los nombre, pero ningún otro tipo de documento de identidad ni tarjeta de crédito, nos dio una llave y canturreo algo así como: “Su cuarto es el número 6, justo al fondo de la piscina, que lo disfruten”.
Mi cabreo inicial iba en aumento. Al calor, al sudor y al hambre, había que sumar el arrastre de las maletas, las bolsas de viaje y el portátil, todo ello buscando la cabina nº 6. Rosa, detrás de mi, ahora ya mas contenta, no acarreaba mas que un bolsito pequeño con sus móviles y una botella de agua mineral fría, recién comprada en el pueblo mientras yo luchaba por saber donde se ubicaba el susodicho hotel.
El ver la piscina hexagonal, con un minarete-tobogán en el centro, fue menos sorpresivo que observar como Suca, una de las muchas nudistas que placidamente tomaban los últimos rayos de sol de la tarde, mujer de Ismael, Presidente de la FEN, se levantaba, como impulsada por un resorte, llegaba hasta mi, me echaba los brazos al cuello y en su castellano-filipino de lo mas peculiar, empezaba a preguntarme por el viaje, lo fácil de la llegada, el donde había dejado a Rosa, el porque no me bañaba. La rápida intervención de Ismael y mi subsiguiente presentación al resto de los miembros de la Junta Directiva, suavizo mi entrada en el mundo nudista y, como por arte de magia, hizo que mi mal humor, se evaporara.
Llegamos a la cabaña nº 6, nos despelotamos y en menos de un minuto ambos estábamos refrescándonos en la piscina. “La cena es a las 9,00“oímos de lejos a Suca, refiriéndose a los rezagados que, como nosotros, seguíamos en remojo.
¿Se cena desnudo o vestido? Fue nuestra primera duda antes de salir al comedor. “Mejor vestidos” sugerí. Casi acerté. Menos una pareja que empezó la cena en pelotillas y la termino envueltas en sendos pareos, el resto de los participantes iban vestidos de forma casual. “Mañana el desayuno es a las 9,00 y la reunión empieza a las 10,00” nos recordó Suca cuando alegando el cansancio propio del viaje, nos despedimos antes de irnos a la cama.
Por aquello de la novedad a las 7,00 estaba en pie y cinco minutos mas tarde hacía largos en la piscina. No era el único madrugador. Media docena de congresistas se desperezaba, o estiraba, haciendo una sesión de Tai-Chi matinal. A las 9,00 todos empezamos a conocernos durante el desayuno. No éramos los únicos primerizos. Los representantes del Fenoll, los murcianos y los andaluces también eran nuevos en este tipo de eventos.
Empezó el Congreso y, salvo por el hecho de estar todos desnudos, se desarrollaba como si fuera uno de Geología del Jurasico Medio. Tomo la palabra el Presidente, luego el Vicepresidente, el Secretario y por último el Tesorero. Hubo, como no, un “Coffe time”, y a continuación un turno de preguntas, ruegos y sugerencias. Se hizo un alto para refrescarse y comer para así, por la tarde poder cerrar todas las cuestiones pendientes. La cena fue ese día mas relajante, entre otras cosas porque ya todos nos conocíamos y porque durante las reuniones no surgió ningún tema conflictivo. Como dijo la murciana, “Ha sido Congreso de consenso, donde todo se aprobó a mano alzada.”
El día siguiente lo dedicamos a ratificar lo ya aprobado y a certificarlo con una excelente paella alicantina y unas brevas con jamón serrano. Tras ello la gente se fue desgranando, en función de la lejanía de su punto de destino, de su trabajo o de sus necesidades familiares. Rosa y yo nos quedamos tres días más en el hotel, yo por estar jubilado y ella por haber pedido esa semana de vacaciones.
La mañana del lunes comprobamos que el Princess Garden sería, algún día, un populoso hotel nudista pero ahora era solo un lujoso centro de recreo para seis clientes. Un par de holandeses, dos tortolitos sevillanos y nosotros. Los andaluces desaparecieron tras la comida y todo quedo para uso exclusivo de los nórdicos, que por vivir en la cabina nº21, se situaban al Norte de la piscina y nosotros, dueños absolutos del Sur. A media mañana, y procedente de una de las dos torres que enmarcan la zona de baño, surgió, con su hijo, Candela, Candy para los amigos, mujer de Jorge, Gerente del Complejo, nacido en Holanda pero recriado durante muchos años en Gran Canaria, lugar de nacimiento de Candy. Se situó, a modo de frontera, entre el personal nórdico y el castellano, se despeloto, como todos, se embarduno de crema y se repantingo en una hamaca.


Comimos solos. Esto siempre invita a la confraternización. Daisy, la única camarera, era de origen búlgaro y hablaba, al margen de su idioma natal, castellano, ingles, alemán y holandés, su pareja, Johnny, dominicano hacia todas las labores duras del Resort, al margen de manejar el bar y servir las bebidas. El cuarteto se completaba con Paula, cocinera nacida en Cangas de Narcea y Merche ama de llaves y encargada de limpieza, nacida, por aquello de cambiar, en Benidorm. Al termino del almuerzo ya sabíamos que los des holandeses se llamaban Katherine y Frederick, eran representantes de dos grupos de operadores holandeses especializados en turismo naturista y solo chapurreaban algo el castellano. No comían en el hotel y se dedicaban a conocer la zona y sus posibilidades. Si cenaban y solían tomar algunas copas, o muchas, por la noche.
Como nos habían dicho llegaron a cenar muy pronto, muy vertidos y repartiendo sonrisas. A la distancia brindaron con nosotros y al despedirse nos saludaron con un macarrónico “Buenas Noches”. Cuando dos horas después nos fuimos a la cama los encontramos junto a la piscina tomándose dos copas irreconocibles a la distancia y, de nuevo, la levantaron a modo de saludo y amistad.
El martes fue un calco casi perfecto del día anterior: sol, baño, sombrilla, hamaca y mucha paz. Los holandeses al norte, Candy y su hijo en el centro y nosotros al sur. Las tres mujeres, embadurnadas de crema, ampliaban su bronceado integral sobre sendas tumbonas, yo, bajo la sombrilla, leía una novela policiaca y Frederick, con su inseparable jarra de cerveza en la mano, daba vueltas a la piscina. Eso sí, cada vez que se cruzaba con nosotros levantaba su vaso y sonreía ampliamente. Al final acerco una silla junto a Rosa e inicio con ella, nadie sabe en qué idioma, una charla mímica monosilábica. Tras su desaparición vespertina, la pareja, como el día anterior, se presento a la cena de punta en blanco, levantando una y otra vez sus copas cada vez que nos cruzábamos las miradas.
Nuestro último día éramos dos náufragos en la piscina. Ni los holandeses ni Candy ni nadie vino a turbar nuestra soledad. Por la noche, al llegar al comedor-terraza vimos a los nórdicos comiéndose una suculenta, y enorme, paella. No fue lo único ya que a continuación atacaron una ensalada mixta aderezándola con una nueva botella de vino. Al terminar pidieron sendas copas de licor y viendo que nosotros, ya más frugalmente cenados, iniciábamos la retirada, llamaron a Daisy para decirle que nos invitaban a otra copa con ellos. Aceptamos.
En un inglés macarrónico, con muchas muecas e infinitos gestos, mal que bien fuimos comunicándonos. Todo muy bonito, muy tranquilo, mucho calor. Por quedar bien invite a una segunda copa. Katherine y Frederick sudaban a chorros. Nosotros no, ya que a diferencia de ellos solo vestíamos un pareo que, a esas alturas de la noche, teníamos ya arrollado en la cintura. Creo que fue Katherine, enorme como era, quien propuso ir a tomarla en la piscina, y allí fuimos. Tal vez por cercanía al restaurante ocupamos una mesa en la zona norte, próxima a su cabaña; en un abrir y cerrar de ojos, ambos desaparecieron para surgir, de inmediato, desnuditos y sentarse en la mesa a beber todos juntos.

Siempre opine, contra la inmensa mayoría de los naturistas que hasta hace unos días nos acompañaban, que el desnudo aboca a la sexualidad, que dos cuerpos desnudos se atraen, mas si son pareja, pero siempre surge entre ellos, aunque sean desconocidos, una corriente de deseo que termina juntándolos. Desconocedores de mis ideas, pero confirmándolas, Rosa y Frederick se sentaron en un extremo de la mesa, Katherine y yo en el opuesto. No sé que hablaban los otros, nosotros de nada, nos mirábamos, sonreíamos, bebíamos y yo me extasiaba antes sus grandes y hermosas tetas. Esa fijación hizo que no me enterara cuando ellos se levantaron y se metieron en el agua y solo cuando Katherine me cogió de la mano y me arrastro a la piscina.
Las noches anteriores, bien por el cansancio y los nervios de las primeras, bien por la soledad de las últimas, nunca me percate ni del entorno ni de la iluminación, tanto externa como interna de la pileta. Ahora, arrastrado por la potente holandesa, me perdía en un agua verde azulada en un recinto lleno de recovecos y con un techo en partes estrellado y en otras oculto por el ramaje de las palmeras. Mi frenesí poético desapareció casi de inmediato pues Katherine, sin mediar palabra, me sujeto contra el borde, me abrazo, metió una de sus piernas entre las mías, junto nuestras bocas y, sin oposición por mi parte, nuestras lenguas se enrollaron como serpientes. Eran besos cálidos, húmedos, sobre todo húmedos, roces provocativos caricias directas. Me olvide de Rosa, que sin duda hacía lo mismo que nosotros y me centre al aquellas tetas orondas, morenas, carnosas, en su coño rasurado y abierto, en su espalda, en su culo casi abierto para mí. Igual que me arrastro al agua me saco de ella. Sin hablar, me tomo de la mano y chorreando agua entramos en nuestra cabina.
No sé si nos secamos, pero si que llegamos a la cama y cayó de espaldas sobre ella abriendo a tope las piernas. En ellas me amorré. El sabor a sexo y a cloro se mezclo en mi boca con el gusto amargo de la ginebra. Una serie de ruidos guturales y dos fuertes golpes de cadera dieron paso a una serie de orgasmos en cascada aderezados por un líquido vaginal caliente y ligero. Cayó a mi lado como muerta, pero no, sin apenas descanso se volcó sobre mi pene y usándolo a modo de piruleta consiguió que aquel guiñapo, medio atrofiado por los años, las ginebras y la noche, resucitara, convirtiéndose en una fuente de la que fluía abundante y espeso semen. Nos derrumbamos y nos dormimos.
Al despertarme era Rosa quien dormía plácidamente a mi lado. Salí hacer unos largos en la piscina y volver la encontré, como si nada, haciendo las maletas. Fuimos a desayunar, nos despedimos de todo el personal del hotel, prometimos regresar al año próximo y partimos hacia Oviedo. Nuestras mini vacaciones-congreso habían finalizado.
Conduzco casi por inercia. Ante mi casi 900 kilómetros, 10 horas al volante, calor y mucho tráfico. Rosa dormita en el asiento del copiloto, casi la noto sonreír. Sueña sin duda con la noche pasada. Recuerda como el enorme y tatuado holandés, sin decir palabra ni acabar su bebida, la alzo de la silla y la introdujo en la piscina. Allí la acaricio, le sobo las tetas, metió sus dedos en el coño. Ella, a la vez, enarbolo su pene que, como por arte de magia, crecía y crecía entre sus dedos. Con el mismo ritual que a la entrada, la extrajo ahora del agua, y como si fuera una pluma la llevo en volandas hasta su cabina, mejor aun hasta su habitación, hasta su cama. Estaba muy húmeda, muy caliente. Ni cuenta se dio cuando Frederick la ensarto e inicio una serie de movimientos de elevación y descenso sintiendo cada vez más rico y profundo el poder de su falo. No recuerda cuando se levanto, dejo su habitación y amaneció en la suya. Rememora la noche como un sueño lujurioso, emocionante e irrepetible. Algo que solo puede darse una vez en la vida cuando se unen, por azar o designio divino, el desnudo, el calor, el sexo, un deseo irrefrenable de placer y un entorno paradisiaco que mezcle todos y cada uno de los anteriores ingredientes.

El sol y el cielo azul que nos vienen acompañando desde Alicante desaparecen al pasar el Negrón. Hemos llegado Asturias y las nubes nos saludan de nuevo como viejas conocidas. Entramos en otro mundo. No tan diametralmente diferente como el que describía Clarín en La Regenta, pero si distinto al vivido en el Sur la última semana. Sera un hito a repetir, aunque sin duda la próxima vez no encontraremos una pareja de holandeses que nos ofrezcan un fin de fiesta como el ya vivido.

viernes, 7 de enero de 2011

TANTRA PARA PRINCIPIANTES

Llovía. Es mas, el agua iba acompañada de un viento frío que hacía casi imposible protegerse de ella. Para colmo la entrada a Gijón estaba colapsada por una manifestación laboral que, a base de neumáticos quemados, desdibujaba la decoración navideña de las calles. Era 21 de Diciembre, la víspera de mi viaje a Madrid y, en vez de estar preparando plácidamente las maletas viendo un partido de fútbol y saboreando un gin-tónic helado, paseaba con Rosa a la espera que el reloj marcase las 8 y asistir, a esa hora, a la fiesta de entrada del Solsticio de Invierno que iba a celebrarse en casa de su amiga Marina. Como broche de oro, no podría beber ya que el festejo era medio naturista y por ley debía conducir sobrio hasta Oviedo una vez el evento finalizase.
En el centro de una mesa circular, profusamente iluminada por velas, una gran tartera de barro esperaba que la veintena de personas que se arremolinaba en la sala fueran quemando, y depositando en su interior, los buenos deseos para el 2005.
Tras un breve período de meditación y unas palabras de salutación de la anfitriona, fuimos arrojando, hechas pedazos, nuestras aspiraciones para el año entrante, a la vez que expresábamos, de forma verbal, algún pensamiento de paz y amor. Luego, los asistentes, como en cualquier fiesta navideña, nos congregamos alrededor de dos mesas llenas de aperitivos y bebidas.
Yo no era el centro de atención, pero casi. Acompañaba a Rosa y no pertenecía al entorno de los allí presentes. Era un extraño de la adivinación, el Tarot o el esoterismo, alguien llegado del mundo exterior y del que todos, o mejor dicho todas, querían saber. ¿Cómo conocí a Rosa?, ¿A que me dedicaba?, ¿Si me aburría o no en aquel ambiente peculiar?
El no beber, el orientar las conversaciones hacía temas culinarios y el ofrecerme como camarero desinteresado, llevando comida y bebida hasta los más alejados del buffet, hizo que en poco tiempo los reconociera y que, como conclusión, finalizara la noche en el grupo de los amigos predilectos de Rosa. Tanto ella como Mamen, Marina y un tal Manuel, dedicado a la quiromancia pero que en un momento de descuido apareció con dos botellas de vino de Toro y en otro medio me leyó la mano prometiéndome un estudio más completo en otra ocasión, hablaban de sus cosas, su trabajo y sus proyectos futuros. Yo asentía de forma profesional como si de verdad estuviese metido en el tema.

.- Deberíamos hacerlo, oí como Manuel comentaba algo a Mamen.
.- Si, intervino Rosa. José Luis conoce a una chica, cerca de Oviedo, que acaba de asistir a un curso de Tantra, tal vez pueda asesorarnos.
Sus miradas se dirigieron a mí y yo, con una cara de absoluta candidez, prometí que, a mi regreso de Madrid, contactaría con Mónica y en la capital compraría algún libro para poder ir conociendo los entresijos del tema.
.- Con cuatro parejas será suficiente, explicaba Manuel. Rosa, José Luis tu y yo, decía dirigiéndose a Mamen, Marina, con alguien más y Mónica con un compañero.
.- Bueno y también podemos cambiar de pareja comentó Mamen mirándome a los ojos.
La conversación, que empezaba a ser prometedora, finalizó de golpe con la llegada de una de las invitadas. Nos avisaba que ya era tarde y había dejado de llover. Con una serie de besos, buenos deseos y espíritu de reencuentro a mi regreso, salí con el convencimiento de haber asistido a la entrada del invierno de la forma menos convencional posible.
Hacía muchísimo frío. Corría por la Universitaria intentando eliminar las muchas copas de Nochebuena y Navidad cuando aquel comentario de Manuel, apoyado por Mamen, sobre la sesión de Tantra, me vino a la mente. Por lo general cuando troto pienso en cosas rarísimas que jamás llegan a concretarse pero evitan el aburrimiento del ejercicio monótono y repetitivo. Son situaciones cambiantes, de cortísima duración y siempre con una elevada dosis de sexualidad. “Debo comprar algún libro” me decía y seguro que después lo hablado en casa de Marina se hace realidad. Poco a poco el frío fue desapareciendo, empecé a sudar, llegué a casa, me duche, pero la idea de sesión de Tantra se mantuvo en mi mente.
Gaste unos días recorriendo librerías, consultando anaqueles, viendo la gran cantidad de libros existentes sobre el tema. Al final, me decidí por dos y, pese a lo elevado del precio, los compré. Seguro, pensé, el grupito estará encantado con mi adquisición. Al ir adentrándome en su lectura iba dándome cuenta que el Tantra tenía un transfondo filosófico de lo más erótico. Si lo que explicaba uno de ellos lo llevábamos a la práctica, la sesión podría alcanzar grados de sexualidad difíciles de controlar. Bueno, supuse, tal vez sea eso lo que quieren. La idea repentina, la compra y el conocimiento aplacaron mi curiosidad. La inminente llegada de los Reyes Magos hizo que mi cabeza se orientase hacía otros derroteros y así, mi estancia en Madrid finalizó. Rosa me esperaba en la Plaza de la Gesta. Como la vez anterior con comida para un regimiento y unas ganas locas de recuperar el tiempo perdido. Pasamos la tarde en la cama y lamentamos que el fin de semana debiera dedicarlo a mis clases de osteopatía pero con la ilusión de tener para nosotros las noches y en ellas, aparte de hacer el amor, comentar lo hecho durante nuestra larga separación.

Marina se nos adelantó. Apenas si llevaba una semana en Oviedo cuando contactó con Rosa para, como acordamos en Diciembre, reunirnos. En principio para celebrar su pasado cumpleaños, y luego para continuar y mejorar la fiesta de la entrada del invierno. No fue difícil convencerla de que la reunión, en vez de en Gijón, se celebrara en mi casa. Yo aportaría la comida y el “trago duro” y el resto llevaría refrescos y aperitivos. Los invitados correrían de su cuenta y Rosa nos coordinaría. Fuimos casi los mismos y, como suele suceder, al final terminamos juntos los de siempre. Rosa, Mamen, Manuel, un tal Alberto, que yo desconocía y acompañaba a Marina, y dos amigas suyas también venezolanas. Lo que se inició con bebidas suaves y jugos naturales estaba acabando con vino de Toro, gin-tónics y sidra El Gaitero.
Fue Manuel quien sacó el tema.
.- ¿Qué pasa con la sesión de Tantra? ¿Contactaste con aquella chica que hizo un curso en Gredos durante el puente de la Constitución?. ¿Lo hacemos o no? Comento mirándonos a todos.
Eran preguntas hechas al hilo de un dialogo distendido que captaron la atención de los contertulios. Yo, salvo los libros hojeados por encima, apenas si tenía respuestas que aportar. Los restantes, al igual que sucedió un mes antes, se entusiasmaron con el tema.
.- Venga, José Luis, móntalo y que te ayude Rosa, dijo Mamen, además tienes mucho tiempo.Marina puede aportar su casa. Participaríamos todos nosotros y Mónica la chica del curso.
Salvo las dos venezolanas el resto aceptó, y yo quede nominado para preparar una sesión de Tantra coincidiendo, como no podía ser de otro modo, con la llegada del Carnaval. Cuando hable con Mónica ya había leído “El Arte del Tantra”. Por una de esas casualidades de la vida resultó que Guillermo Ferrara, su autor, fue quien le dio el seminario en Diciembre. Quedo claro, entre ambos, que sin un conductor experimentado, deberíamos preparar una sesión más ligera, en la que se desarrollaran técnicas preliminares y no se entrase en actuaciones muy especificas. Me encargue de elaborar un pequeño guión que más adelante puliríamos y ella montaría un CD con la música y la voz en Of. conductora de los tiempos. La sesión cubriría un día entero en periodos de mañana y tarde. De esta forma cada pareja tendría dos horas uno y dos el otro para poder completar el ejercicio, e idénticos periodos, pero cambiando de pareja, para por la tarde. Como se acordó, Marina se ocuparía del local, la decoración, bebidas y comidas. Los gastos de repartirían entre todos.
Mi trabajo fue muy simple. Con ligeras variantes venía descrito en el libro de Ferrara en lo que se definía como “Ritual Mizithuna”, si bien la última parte, por indicación de Mónica, y falta de tiempo, se eliminó. Empezaríamos con una “Purificación del Cuerpo” a base de baño y aceites, luego en la sala común tendríamos un primer periodo de “Respiración Relajante”, mas adelante una “Preparación Sensorial” y por último un “Conocimiento Corporal”. Cada periodo concluiría con la repetición del Matra OM y un breve tiempo de relajación. Por comodidad decidimos que la única vestimenta sería un pareo. Las mujeres se lo ceñirían al cuello y los hombres a la cintura. De esta forma podría ser fácilmente eliminado en la Fase del Despertar de Sentidos y en la del Conocimiento Corporal.
El día señalado amaneció gris, lluvioso y sombrío. Las semanas anteriores fueron un continuo ir y venir de los diferentes participantes a mi casa, un querer conocer lo que, sobre el papel, sucedería, un concienciarse, de antemano, de todo lo referente al Ritual Tantra, un eliminar los pudores y miedos que el desnudo integral podría ocasionarles.
Marina se lució. El salón estaba diáfano. Ocho colchonetas cubrían el suelo, múltiples gasas caían del techo y disimulaban las ventanas. Una treintena de velones daba al recinto una luz cálida y ambarina.
Hubiese sido perfecto tener un amplio aseo donde podernos bañar y cubrirnos de aceite, pero debimos contentarnos con el servicio de hombres y el de mujeres. Como siempre fui el primero en salir. Limpio, brillante y envuelto en mi pareo negro floreado, llegue a la sala y aguarde que fueran apareciendo el resto de los integrantes. Uno a uno los hombres se situaron frente a las colchonetas. Las mujeres llegaron juntas, muy elegantes bajo sus pareos coloristas. Los emparejamientos estaban cantados. Rosa y yo, Mamen y Manuel, Marina y Alberto, Mónica y Tomas. Me situé en uno de los extremos con Mamen a mi derecha, Marina detrás y Mónica en diagonal, junto al aparato reproductor. “Tumbémonos”, dijo esta al tiempo que se iniciaba una mezcla de música y palabras en la que estaríamos embebidos el resto del día.
.- Respirad conscientemente. Tomar aire por la nariz y expulsarlo por la boca. Se oía entre la música
.- Dejad vagar la mente. Concentrarla en cada parte de vuestro cuerpo.
La voz se perdió dejando que cada uno siguiese sus propios impulsos. La música de fondo lo envolvía todo.
.- Sentaos por parejas. Uno frente al otro y unciros de aceite las manos.
Quede frente a Rosa que, como de costumbre, sonreía maliciosamente.
.- Haced ahora que vuestras manos conozcan el cuerpo de vuestra pareja. Empezad por los dedos, las manos, los brazos, el cuello, la cara, los hombros, el pecho.
Sentí las suyas entre las mías, note como recorrían mi cuerpo, como se recreaban sobre mi piel. Hice lo mismo. Al principio abarque las zonas de carne libres del pareo pero, poco a poco, se fueron sumergiendo por debajo comprobando la turgencia de su pecho, la erección de sus pezones. Nos mirábamos a los ojos mientras nos acariciábamos. De reojo observé al resto de las parejas. Todas hacían lo mismo. Todas vibraban al son de aquel ambiente sugerente y enrarecido por la música.
.- Tumbaos. Uno boca arriba mientras el otro, a su lado, inicia la fase del masaje o del Conocimiento Corporal.
Obedecimos al mandato de la voz. Rosa se acostó sobre la colchoneta al tiempo que deshacía el nudo del pareo bajándoselo hasta la cintura. Mamen hizo lo mismo y yo quede absorto ante aquellos pechos que se me ofrecían a la vista. Unos grandes, potentes, otros pequeños y juguetones. Fui distribuyendo aceite. Al contrario que en otras ocasiones, en las que le había dado masaje, ahora mis manos era instrumentos de placer y su cuerpo solo deseaba recibirlo. Vi como sus pezones se contraían, como ligeros espasmos la sacudían, como se abría al roce de mis dedos. El clímax subía con la música. Cada uno se iba olvidando de quienes le rodeaban dedicándose en exclusiva a quien tenía ante él.
Sin prisa, con delicadeza, separé por completo el pareo de su cuerpo dejándola totalmente desnuda. No dijo nada. No se movió. Mis caricias iban ahora desde la base de la cara hasta la planta de los pies. Recorrían el interior de los muslos, se perdían entre su pelo púbico, rozaban, a penas, los labios mayores de su vagina. Mire a mí alrededor y comprobé que el resto de las parejas estaban como nosotros. Mas aun, Mónica, que era quien daba el masaje, se había desprendido a su vez del pareo. Volví a comparar los cuerpos de Rosa y Mamen. La cintura de una y de la otra. La negra frondosidad que rodeaba el sexo de Mamen junto a la impúdica ausencia del de Rosa, apenas cubierto por una pelusilla.
Desaté y eliminé mi pareo mientras le presionaba el Segundo Chacra, el del placer y el manejo de la energía sexual, situado 8 centímetros por debajo del ombligo. Fue un acto reflejo, incontrolado. De ahí baje hasta su sexo. Estaba húmedo, caliente, palpitante y mis dedos se perdieron en su interior. Vi como se retorcía de gusto, como una serie de orgasmos en cadena recorrían su cuerpo y un torrente de flujo vaginal inundaba mis manos. Se ha corrido en presencia de todos, pensé, como siempre dijo que le gustaría hacerlo.
.- La primera parte del Ritual Mizithuna a finalizado. Repitamos 7 veces el Mantra MO y entremos en una fase de relajación.
La voz rompió nuestro ensueño indicándonos que aquella fase había concluido.
A estas alturas del ritual los ocho participantes nos veíamos desnudos y, lo que era mejor, relajados y contentos.
.- Descansemos un poco, dijo Mónica, bebamos algo antes de continuar.
Unos como estaban y otros con el pareo por la cintura, nos acercamos a una mesita supletoria. Nadie comentaba lo vivido.
.- Sigamos, dijo Mónica, y que ahora de masaje quien lo recibió.
Me tumbé ante Rosa quien, sin ningún pudor, me despojó del pareo y se quitó el suyo, lo mismo hicieron los restantes. Miraba, desde el suelo, a Rosa y a Mamen, tan distintas e iguales, las dos dispuestas a dar placer a quien antes se lo había regalado. A pesar de que la voz en Of. y la música eran idénticas a las de la primera parte, Rosa empezó a saltarse, casi desde el principio, el ritmo indicado. Bueno, ella y los demás. Se centro sobre mi sexo, lo acarició, masajeó, friccionó. Vio como empezaba a crecer, a revivir. Como emergía inhiesto entre la maraña de pelos que lo adornaban. No sé el tiempo que paso pero si que mi órgano vibraba e intentaba no desparramar el semen que contenía. Al final, como le pasó a Rosa, no pudo más y explotó. Un líquido blanco, caliente y viscoso se extendió entre sus dedos.
.- Relajaos y descansad.
Oí de repente mientras Rosa se tendía a mi lado.Eran más de las tres. Llevábamos juntos unas cinco horas y nos parecía que el tiempo se había detenido.
.- Comamos algo, sugirió Mónica. Por la tarde continuaremos.
Informalmente, cubiertos por los pareos nos sentamos a consumir unos emparedados vegetales, algo de fruta y zumos naturales. Hablamos poco, todos deseábamos continuar.
.- Cambiemos de pareja, dijo Mónica.
Era algo previamente pactado y a nadie le extrañó. Quede con Mamen y Manuel con Rosa. Como por la mañana unos al lado de los otros. El ritual, la música, la voz en off, volvieron a ser los mismos, salvo que ahora, quien recibía el masaje estaba boca a bajo.
Mamen se situó a mis pies y, con la misma delicadeza que utilicé con Rosa, le desprendí del pareo. La contemple desnudita, muy delgada, con un culito respingón y unas piernas larguísimas. Fui extendiendo el aceite con lentitud, procurando apenas rozarla, deslizando mis manos por su espalda, sus glúteos, sus pantorrillas, sus pies. A la derecha Rosa ofrecía su opulencia a un Manuel laborioso al principio y entregado después.
Como me ocurrió anteriormente, termine concentrándome en la parte inferior. Bajo el roce de mis caricias sus glúteos se estremecían, se erizaban. Al recorrerle la grieta sagrada se medio abrió ofreciéndome un ano oscuro y palpitante, brindándomelo para el roce de mis dedos traviesos. Casi ni la conocía. Siguiendo el ritual de la voz empecé a presionarle el Primer Chacra, entre el ano y los genitales, y noté que la humedad sexual la invadía. Como a Rosa la excitación la estaba poseyendo. No sabía si seguir o detenerme. Continué acariciándola, sentí sus jadeos, la vibración de su cuerpo. Ahí me detuve. No la penetré ni la masturbé, aunque ella debió sentir sensaciones similares. A Rosa le ocurría lo mismo. La observé con las piernas abiertas y el culo en pompa dejándose acariciar, sobar, penetrar por las ya experimentadas manos de Manuel. Lo que estábamos haciendo era casi una orgía.

.- Relajaos.
La voz detuvo la sesión e indicó el cambio de posición de las parejas.Quedé desnudo y boca abajo. Mi espíritu observador perdía así gran parte de sus posibilidades.
Sentí como Mamen distribuía el aceite sobre mi cuerpo y, al igual que Rosa, casi de entrada se centró de entrada en mi culo. Presionó los glúteos, movió sus dedos por la raja central, los subió luego por el interior de las piernas, por último, como yo le había hecho, empezó a presionarme el Segundo Chacra. Me abrí al máximo ofreciéndole mis genitales a sus caprichos y hacia ellos dirigió su empeño. Los sobo, los apretó, toco mi polla hasta que la notó dura, jugo con mi ano embadurnándolo de aceite introduciendo luego los dedos en él. No pudo masturbarme por la posición, pero gocé y gocé como nunca. Rosa, su alma gemela, estaba aplicando idéntica terapia al bueno de Manuel y creo que este, mas joven y dispuesto, eyaculó bajo sus caricias
.- El Ritual Mizithuna ha finalizado. Repitamos el Mantra OM. Relajémonos y meditemos.
Mamen se tumbó a mi lado, ambos boca arriba. Nos cubrimos con los pareos y dejamos volar la imaginación. Al fondo, la música iba muriendo lentamente.
Sin un orden establecido pero si con las parejas iniciales, nos fuimos retirando
.- Debemos repetirlo y comentar la experiencia, dijo Mónica. Es lo más positivo de todo y, además, podría dar pie a entrar en el 2º grado del Ritual Mizithuna.
Todos nos encontrábamos poseídos de una energía sexual muy fuera de lo corriente. Salimos de la casa con la ilusión de de concretar, mas adelante, lo que Mónica decía.
El viaje a Oviedo fue silencioso. Al llegar a casa nos desmadramos. Caímos en la cama y fueron nuestros cuerpos quienes dijeron lo que sentían.
Por la mañana, mientras leíamos “El Arte del Tantra”, pensamos que debiéramos continuarlo, llegar al Ritual del Sol y la Luna Nueva, al de la Prosperidad y la Abundancia, al del Kundalini, al de la Diosa Kali, al del Espejo, y por último al Circulo Mágico Chacra Puja, pero esos eran otros horizontes aún lejanos. Lo que de verdad había que hacer, antes del Solsticio de Verano, era el 2º grado del Ritual Mizithuna, o lo que era lo mismo, ejecutar durante el ritual lo que por la noche hicimos en la cama.

domingo, 15 de julio de 2007

SEXO EN ESTADO PURO

La vida no debería repetirse. Sin embargo, lo hace. Cuando en Junio del 2003 salí de Centroamérica con el alma, la mente y el cuerpo destrozados por una sinrazón, pensé que había vivido lo suficiente, que había gozado, experimentado y sentido todo lo que al nacer, alguien, por encima de mí, me había asignado. Durante meses tuve el convencimiento de que mis sueños, mis quimeras, mis ilusiones tenían la bonita cifra de caducidad de los 60 años. Por aquellos días, para evitar que la lujuria ablandase mi cerebro eche mano de uno, dos, tres o cuatro gin-tonics con los que sustituía mi sexualidad por una apacible borrachera. Era mi droga nocturna, una pócima que cada mañana eliminaba a base de ejercicio, ejercicio y más ejercicio. Así pasaba los meses. Bueno, y estudiando un bonito curso de masaje con el que creí relajarme pero que, a la larga, me hizo aprender un montón de anatomía, estiramientos, elongaciones y no sé cuantas técnicas mas. Todo para cubrir una retahíla de horas muertas de un aburrido prejubilado.
Sería injusto decir que el curso fue solo eso. Lo fue y algo más. Fue un conocer gente joven, lucirme a base de comentarios jocosos e inventarme historias fantásticas con alguna de mis compañeritas. Fue un curioso test de invierno para un desengañado de la vida.
Para colmo, el sexo. El motor de mi existencia pareció esfumarse. Bien sabe Dios que lo intenté, pero siempre termino en un tremendo fracaso. Con el tiempo llegue al convencimiento de que, que las asturianas era, sino frígidas, si algo despegadas de todo lo relacionado con el placer carnal, o que yo, y por ende mi pajarito, habíamos entrado en un lamentable estado de apatía total. Pensé hacerme trapense o franciscano de clausura, pero las señoras seguían obsesionándome y eso me preocupaba. Me atraían sus caras, sus ojos, me perdía en la profundidad de sus pechos, paladeaba mentalmente la turgencia de sus pezones, buceaba entre sus muslos buscando el pececillo travieso que cantaba Juan Luis Guerra, erizaba la redondez de sus glúteos y caderas con el roce áspero y mojado de mi lengua, en fin que les deseaba, mas aun que la fría celda de cualquier monje dedicado a la contemplación divina.

.- Lo lamento, estoy muy borracho. Primero lo pensé, después lo dije.
.- No te preocupes, estamos muy bien.
Con cualquier otra mujer aquello habría sido el principio del fin. Con ella no. Lo que mi sexo no pudo cumplir si lo hicieron mi lengua y mis dedos. Al amanecer las sabanas mostraban los restos de sus múltiples orgasmos y mi cuerpo las huellas resecas de su flujo vaginal que, de forma casi constante expulsaba. Rosa era alguien muy por encima de lo normal, a lo que se añadía el ser mas de 20 años más joven que yo.
La vi por primera vez en unas prácticas de masaje. No pertenecía a mi grupo pero el azar nos colocó en camillas contiguas, es mas, el destino hizo que aquel día frivolizase sobre el libro de Tarot que llevaba y de lo poco fiable que era su profesión o su hoby. Pasaron meses hasta que, en otras de las clases de recuperación y sin apenas conocerme, me dijo que, hasta que no arrojara de mi corazón la imagen de una mujer, ninguna otra podría ocuparlo. Mas que gracia eso me impacto; entre otras razones, porque era verdad. Después todo fue rápido, quizás demasiado rápido. Fuimos juntos a un seminario a León, donde bailamos como peonzas hasta altas horas de la madrugada. Yo me emborrache y ella deambula como loca buscando un hombre para su cama vacía. Volvimos a encontrarnos en el Congreso de Técnicas Parasanitárias celebrado en Madrid durante el cual sus amigas empezaron hacer gracias sobre nuestra, hasta entonces, inexistente amistad. Por último, en la cena de entrega de los títulos del curso, nos sentamos juntos, me beso en la boca y terminamos en la cama. Yo, como dije, borrachito del todo.
Prometí no beber más. El sexo aun estaba muy por encima del alcohol. La segunda vez fue un maratón de orgasmos para ella y un éxito para mi. Le había prometido un masaje y, de verdad, que así fue. Después entramos, púdicamente, en la sauna. El calor nos excitó. Nos desnudamos y sin salir del cubículo la masturbe. Mas tarde ella hizo lo mismo conmigo. Bajamos desnudos a casa, nos duchamos y pasamos las siguientes horas dándonos placer en la cama. La habitación olía a semen, a fluidos vaginales, a feromonas, como ella decía, a sudor. Al amanecer, nos dormimos.
La opinión, que hasta entonces tenía de la mujer asturiana, cambio por completo. Rosa era, y lo sigue siendo, diferente. El animal sexual más perfecto con el que tropezado a lo largo de mi vida.
El protocolo masaje-sauna-cama volvió a repetirse y con idénticos resultados Las horas de sexo no tenían principio ni final. Siempre estaba dispuesta, caliente, húmeda. Le daba lo mismo mi sexo que mi lengua que mis dedos. Todos sus huecos: boca, vagina y ano, eran depositarios de mis cuidados, mis caricias, mis penetraciones. Una noche empezaron las fantasías. Las suyas, las mías, las de ambos.
Primero fuero las playas nudistas. Su ilusión de pasear desnuda por la arena, de tomar el sol como vino al mundo, de que le esparciera crema solar sobre su cuerpo y, como quien no quisiera la cosa, terminase masturbándola al calor del astro rey. Luego la fotografía. Deseaba que le hiciera fotos sin ropa, muy maquillada, con joyas, collares, en posturas provocativas. Hacérmelas ella a mí. Suspiraba con que nos las hicieran mientras la poseía. Entraba entonces la tercera persona: el fotógrafo. En otro momento la pasión se recreó en el hecho de que, cuando la penetraba, alguien: el mirón, le acariciase los pechos. De ahí paso al erotismo del jacuzzi. Bañarnos, con otra serie de parejas, en un centro de relax y, como no, todos en pelotas. Tras una cena con amigos se obsesionó en salir, la próxima vez, sin ropa interior de modo que pudiese acariciarle el coñito entre plato y plato. Al final soñó con el sexo compartido, hacerlo con una pareja de negros o mulatos de forma que él la trabajase a ella y la negrita a mí.

Eran todos deseos oscuros de la mente fruto de la pasión del momento y que, tras el acto sexual, se desvanecían.
.- Lo harías alguna vez, le pregunte un día.
.- No lo sé, me respondió, tal vez sí.
Yo, cegado por la lujuria y ante la lejanía del verano y sus playas nudistas, empecé a buscar información sobre clubes liberales, centros de relax naturistas, fotógrafos y mirones que se ofrecían por una mínima cantidad de dinero. Me obsesioné con la provocación, con el riesgo, con su cuerpo, sus tetas, sus orgasmos, sus sueños.
Y si lo hiciéramos, me preguntaba. Lo disfrutaríamos, nos cortaríamos. Eran preguntas sin respuesta, interrogantes que solo ella podía descifrar.
Tras dos meses de sexo salvaje viaje a Madrid por Navidad. La excitación me acompañó. La soñaba, la deseaba, me masturbaba con su recuerdo. En cierta ocasión lo hicimos mientras hablábamos por teléfono. Al comunicarnos siempre estaba dispuesta a vivir sus fantasías, deseaba mas, me azuzaba a que escribiera, a que volcase mi erotismo en el papel.
Faltan apenas unos días para el reencuentro. Ese volcán que tiene entre las piernas será, seguro, el primero en darme la bienvenida y todo lo que la imaginación ha ido desgranando sé ira, día a día, llevando a la práctica. Serán las fotos, los desnudos, los baños relax, el sexo en público. Será lo que ella quiera.
Pienso que nadie la detendrá. Que el año entrante transgrediremos todo lo políticamente correcto, todo lo que a ambos nos enseñaron de pequeñitos en nuestros respectivos colegios religiosos.

lunes, 2 de julio de 2007

VERBENA NOCTURNA EN FELECHOSA

Puede que sino hubiera comprado una cómoda con cajones y no hubiese hecho reorganización general de cuanto tenía distribuido por una serie de armarios, nunca llegara a imaginar que, lo que yo creí un hermoso sueño de verano, fue, en su día, una realidad.
Todo lo bueno y lo malo de aquel verano del año 2001 estaba condicionado por lo que quería mi amigo Manolo. Él fue, a golpe de digo y ordeno, quien altero lo que normalmente era una velada tranquila convirtiéndola en una noche de viajes, copas y encuentros si deseados.
Carmen, él y yo, tomábamos una o dos copas en algún bar de la zona, luego yo subía a casa y preparaba la cena, y él se retiraba a dormir y nosotros nos enfrascábamos en alguna discusión intrascendente al calor de otro güisqui y otra ginebra. Aquel glorioso día de San Joaquín empezó igual, hasta creo recordar que comimos arroz con frijoles; la cosa empezó a complicarse cuando Manolo, en vez de hacer el consabido “mutis por el foro”, se sirvió otra copa y nos pregunto, con la mejor de sus sonrisas, si conocíamos al grupo folclórico Las Gaviotas, que por cierto, esa noche, actuaban en Felechosa y alguien le comentó que eran excelentes. Yo no sabía donde estaba Felechosa, a esas alturas de la noche iba por la cuarta ginebra, con lo que el conducir era un suicidio, y lo del concierto era mas que dudoso pues el cielo estaba encapotado y cada poco caían algunas gotas.
A pesar de nuestra oposición frontal el no se amilano, alguien podría llevarnos y traernos. Tendría que ser abstemio, conocer la carretera y conducir de noche con soltura. Ángel amigo, con derecho a roce, de Carmen, fue el elegido. En un abrir y cerrar de ojos se le llamo por teléfono, se le levanto de la cama y se le hizo venir a recogernos. Mientras lo esperábamos Manolo sé confeso. No era el grupo musical, ni su rubia vocalista, lo que le interesaba, era la mama de la cantante a quien quería sorprender asistiendo a la actuación de la niña. Tal vez se anule el concierto por el agua, le decíamos, o la madre no aparezca, o llegue con el padre. No hubo forma el se empeñó en ir.

Llegó el conductor, tomo una recena, nos montamos en su Audi y salimos hacía Felechosa. Para quien no lo conozca, el pueblecito esta como en el culo del mundo, o mejor, en el cielo ya que se llega a él a través de una carretera sinuosa de montaña y sin apenas visibilidad. Su agresiva conducción hacía que Carmen y yo, en el asiento posterior, nos moviéramos como muñecos intentando evitar que, en cada curva, uno cayera sobre el otro. Al fin llegamos y ahí empezaron nuestros males. Las aldeas perdidas no suelen tener aparcamientos y los coches, a medida que llegan van arrimándose al arcén formándose una larga serpiente multicolor. En nuestro caso por ser aun temprano, apenas si teníamos que recorrer un kilómetro. Salimos bien, bueno no tan bien, pues Manolo presa del nerviosismo y de la oscuridad reinante hundió su pie derecho en un lodazal. Protestó, se cagó en todo lo cagable, pero como el causante de la romería era él, pidió un trapo y mal que bien se limpio el zapato. “Al llegar a Oviedo lo tiraré” le oímos decir a cola del pelotón que lentamente ascendía hacia la pradera donde iba a celebrarse la verbena.
Éramos de lo menos duchos en ese tipo de celebraciones así que, pese a los imprevistos e improvisaciones, llegamos muy temprano. Tampoco fue eso. Los últimos en lo relativo al servicio de cocina y los primeros en lo concerniente a las copas y el baile. Bajo un enorme entoldado tapizado de mesas, aun correteaban los niños a la espera de que sus padres los llevaran, a las 12, a la cama. En uno de los laterales, una cuadrilla de desaliñados camareros ordenaban vasos, bebidas alcohólicas, refrescos, hielo y limones a la espera de futuros consumidores. Rompimos el fuego, para mi una ginebra con tónica y dos güisquis para Carmen y Manolo. Ángel, agua.
Al concluir la primera ronda la pradera empezó a poblarse, en una esquina se ilumino un escenario, de lo más rústico, y alguien manipulo el equipo de sonido subiendo a limites inalcanzables el grado de decibelios. Hasta entonces ni el presentador ni el grupo musical y mucho menos la amiga de Manolo habían dado señales de vida. Carmen y yo, pedimos otras copas y nos mezclamos con las parejas que ya ocupaban la pista. Bueno, eso de la pista era un eufemismo. Ocupamos un prado inclinado, algo mojado y con una fina capa de hierba. Ahora, quien sufrió los efectos de la vida rural fue la buena de Carmen; en un abrir y cerrar de ojos desgracio sus zapatos, se embarró los bajos de la falda y derramó su copa sobre una señora que la sujetó para evitar que se cayera.

Al reagruparnos Manolo estaba radiante. Habían llegado. Como a 50 metros de nosotros la familia al completo nos daba la espalda. La niña, con un beso se separó de la madre y subió al escenario. El trío se presento y encadeno una tras otra una serie de melodías pegadizas y populares. El publico fue, lentamente, animándose, el prado se pobló de parejas, y Manolo no sabía como hacerse notar. Salid a bailar, a ver si por fin se da cuenta de ti, te reconoce y nos saluda.
Claro que se dio cuenta, tanto ella como los casi cincuenta bailarines que nos rodeaban. Las copas, el suelo húmedo, la pendiente del prado se conjuraron para que, en uno de mis giros rápidos, perdiera pie, me soltara de Carmen, trastabillara y cayera, cuan largo era, sobre el barro de la pista. La música se detuvo, la gente se arremolino sobre el caído, o sea, yo, Carmen intentó levantarme, hincándose, al hacerlo, de rodillas y estropeando aun más su ya deteriorado traje, y como no, la amiga de Manolo me vio, se acerco, nos saludo y se lamento de mi maltrecha estampa.
Mientras me medio lavaba, Manolo explicaba con todo tipo de detalles, su presencia en el lugar, achacándonos la salida nocturna y nuestro gusto por la música y el baile. Cumplida su misión, se despidió y nos encaminamos de nuevo al coche.
Ángel, algo dormido pero sobrio y Manolo contento por el desenlace de la gira, volvieron a ocupar los asientos delantero, Carmen y yo, bastante borrachos, nos repantigamos detrás. Si la subida había sido movidita, la bajada fue un autentico carrusel. El coche serpenteaba violentamente y ambos nos desplazábamos a su compás de izquierda a derecha. Ella caía sobre mi y yo sobre ella. Tan pronto su mano se aferraba a mi rodilla como nuestras mejillas se rozaban. En momentos nos abrazábamos como tiernos enamorados y en otros nos distanciábamos como enemigos irreconciliables, pero, por lo general hicimos todo el recorrido pegados el uno al otro, muy pegados.
Lo correcto hubiese sido llegar a Oviedo y retirarse cada mochuelo a su olivo, pero de nuevo Manolo, aun eufórico, por el encuentro, se empeñó en invitarnos a otra copa. El local era oscuro, con una serie de peldaños a la entrada, las mesas muy bajas, los sillones excesivamente blandos y la concurrencia nula. Éramos los únicos clientes. Sentarnos fue fácil y agradable, levantarnos, un suplicio. Ángel tuvo que ayudar a Manolo. Yo me golpeé con la mesa volcando el vaso vacío de Carmen.
Salimos. Ángel se ofreció a llevar a Manolo a casa en su coche y yo acompañé a Carmen al garaje a recoger el suyo. Todos nos despedimos.
Este pudo haber sido el final correcto de la noche, pero no lo fue. La coquetería es innata en la mujer aun el los peores momentos. Carmen me rogó ir a casa a lavarse la cara y maquillarse un poquito. Ese ruego, tan natural, termino de marcar el día. Subimos, dejo el bolso y la rebeca en una silla de la cocina y, en vez de entrar en el cuarto de baño, se abalanzó sobre mí. Fue un golpe bajo e imprevisto. Note sus labios sobre los míos, su lengua pugnado por entrar en mi boca y sus brazos entrelazados a mi espalda. Ahí me descontrole, o mejor dicho, pase a tomar el control. Los besos se hicieron mutuos, las caricias surgieron de improviso, las manos empezaron a buscar la carne escondida y deseada. No podía creerlo. Ella, la dama pudorosa, tímida y recatada, se estaba transformando en la mujer agresiva, sexual y desinhibida con la que sueña cualquier hombre. No sé cuando dejamos la cocina y llegamos al dormitorio, tampoco como fuimos quitándonos la ropa, ni cuando caímos desnudos sobre la cama.
Fue un cortejo lento. Tenia media noche por delante y los efectos del alcohol casi habían desaparecido. La fui acariciando, le bese los pechos, duros y pequeños, mordisque sus pezones. Mi lengua, con su cuerpo por delante, inicio un recorrido descendente, se perdió el la cintura, lentamente buceó en la humedad de su sexo, ensalivo sus muslos, sus pies, sus dedos. Estaba inerte, lo admitía todo. Subí hacía su cara y, desgraciadamente, estaba traspuesta. La tape y a pelo, como estábamos, nos dormimos. Mañana por la mañana terminaremos pensé mientras el sueño me envolvía.

Me confundí. Al despertarme había desaparecido. Ni un adiós, ni una nota, nada que hiciera referencia a la noche pasada.
Al día siguiente de nuevo la vi. No dijo nada, tomo su güisqui, yo mi ginebra, Manolo hizo algunos chistes sobre la experiencia nocturna, cenamos y nos despedimos. Paso el verano, un año, otros muchos años. Lo que aquel día ocurrió empezó a desvanecerse en mi mente como un sueño querido y deseado, nunca real. Hasta ayer cuando por un azar del destino, reorganice mis armarios.
Mañana, cuando Carmen y el grupo de amigos que a veces leen mis fantasías eróticas, vean esta, sin duda será la primera en decir. “José Luis, que cosas escribes, todo esto es una gran mentira” y en una primera aproximación tendrá razón, pero cuando, cual avezado prestidigitador, extraiga de mi bolsillo unas braguitas y un sujetador, su ropa interior que por las prisas dejo olvidadas bajo la cama y que mas tarde la señora de la limpieza lavó y guardo en uno de mis cajones, tendrá que admitir que fue real, que entre el alcohol y el deseo, tuvimos una experiencia sexual nunca concluida. Yo seguiré viendo, ahora con absoluta certeza, su cuerpo desnudo, su piel blanca, casi transparente, su sexo escasamente poblado, sus pechitos.
Estas cosas pasan cuando uno hace, un mal día, limpieza general. Pueden aparecer recuerdos vividos que dormían el sueño de los justos y que muchas veces creímos que eran fantasías.
“Carmen, verdad que son tuyos” preguntaré ante el asombro general y solo el silencio, como respuesta, inundará el bar en el que cada día tomamos una copa.

jueves, 28 de junio de 2007

MI ENFERMERA PARTICULAR

Mis pacientes llegan a la consulta aduciendo problemas entre las piernas,
pero al salir, comprendo que donde
realmente los tienen es en la cabeza.                                                             Pilar

La conocí hace años. Entonces se anunciaba en el apartado de contactos en el periódico local como “Enfermera Particular”. Hoy no se llama así y podría ser, con el tiempo, mi paciente favorita.
Si la memoria no me falla fue en Julio del 2000, concretamente el jueves 20; una tarde anodina, ni lluviosa ni excesivamente caliente, un día normal del verano asturiano. En Enero, la Administración tuvo a bien el prejubilarme y yo, cegado por la pasión, salí hacia Centroamérica pensando que allí podría finalizar mis días. Como en otras ocasiones, me confundí. Regresé con el amargo regusto de que algo, en mi vida, no iba del todo bien.
Un antiguo refrán español reza: “Cuando el diablo esta ocioso, con el rabo mata moscas”. Tenía ilusiones, pero sin la fuerza mental para llevarlas acabo, deseaba mujeres pero mi timidez impedía que las abordara. En ese momento, por una rara concatenación de soledades encontré su anuncio de lo más atrayente:
Pilar, tu enfermera particular. Masajes sensitivos y relajantes.
Llámame, no te arrepentirás.
Telf. : 985 202434

Lo leí muchos días y en dos o tres ocasiones marque el número y colgué antes o en el momento en que contestaban. Aquel día debía estar muy mal o excesivamente eufórico. Llamé, alguien contestó y casi sin mediar palabra me citó en un céntrico piso a las cinco de la tarde, como en los toros.
Me abrió la puerta una rubia vestida con bata de enfermera y sin mediar palabra, me introdujo en una habitación amueblada con una mesa de masajes y una cama.
.- ¿Cómo te llamas?, ¿Es la primera vez?. Desnúdate y acuéstate boca abajo en la camilla. Relájate. Fueron preguntas y ordenes que escuchaba mientras ella salía del cuarto y cerraba la puerta.
Hice lo que dijo. Me tumbé y aguarde que regresara. Extendió sobre la espalda y glúteos una fina capa de aceite, ni vegetal ni aromático, simplemente de Jhonson para niños, e inicio su tarea. Me centre en el ir y venir de sus manos, en sus movimientos suaves, monocordes, repetitivos que terminaban en una especie de caricia, un roce, sobre las zonas más sensibles de mi anatomía.

.- Estas muy relajado, la oí comentar, para ser la primera vez.
Pero estaba tenso, intentando descifrar el siguiente de sus movimientos, o saber como finalizaría su actuación.
.- Date la vuelta.
Me la di y ahí se acabo el masaje para entrar en juego el sexo encubierto.
Sin un calentamiento previo, sin un preámbulo, sin nada, sus manos se acoplaron a mis genitales en un vano intento de despertar mi animalito dormido.
.- No lo conseguirá, pensaba, viendo como se esforzaba para que mi sexo, a base de fricciones y estiramientos alcanzase primero una erección y luego una eyaculación. Mi mente no cooperaba, pensaba en otras cosas. Ella seguía a lo suyo y yo deseaba descifrar que estaría pasando por su rubia cabecita (tal vez cosas como estas).
.- Menudo viejo, ni se le levanta, voy a perder una hora de trabajo y, total, para nada.
.- Tócame, susurro de pronto.
Una de mis manos se apoyo sobre su pecho, bajo lentamente la cremallera de la bata e intento, sin éxito, desabrocharle el sujetador, cosa que al final termino haciéndolo ella, y descanso sobre una teta grande, blanca, caída, generosa, coronada por un botón rosado y redondito. La rodeo, amasó, estrujó, acaricio, sintió como se erectaban los pezones. Estaba excitado pero no quería correrme, anhelaba seguir con aquella teta para mi solo. Fue imposible.
.- No puedo mas dije al sentir explotar mi semen entre sus dedos.
Me limpio y se inclino sobre mí como cobijándome.
.- Descansa, murmuro.
Pasó un minuto, tal vez dos, pero para mí fueron entrañables, sin duda los que se grabaron en mi mente.
Salí con una sola idea. “Debía volver”, regresar y conocer mas de aquella “Enfermera particular” que el destino hizo surgir de la Sección de Contactos de La Nueva España. Aguante una semana. La llamé y volvimos a quedar a las cinco. El proceso fue idéntico al de la primera vez salvo que ahora no llevaba sujetador y había en su voz un pelín mas de confianza. Entre toqueteo y toqueteo me contó algo de su vida, muy poco.
No la vi de nuevo hasta Septiembre, al regresar de mi clásico veraneo en Oliete. Lo que más me sorprendió fue que se acordase de mí. Ante mi estúpida pregunta: ¿Sabes quien soy?, ella sin dudarlo respondió: José Luis. Me dio seis masajes aparentemente iguales, salvo que entre nosotros había mas intimidad, mas dialogo. Supe que, como yo, era abuela, que tenía dos hijas, que estaba separada, que de tarde en tarde, su carácter se tornaba ligeramente agresivo, que envolvía en un manto de silencio su vida privada, y poco mas.
Tarde mas de un año en verla de nuevo pero como la primera vez no le fallo la memoria. Supo quien era al descolgar el teléfono y como si nos hubiésemos visto el día anterior comentó, “Como siempre, a las cinco”.
Todo se mantenía igual: La camilla, el cuadro sobre la pared, la luz, opaca y rojiza, la cama, pero el proceso cambio, o mejor dicho, lo altere yo. Al concluir la correspondiente sesión de masaje y cuando debería darme la vuelta, le pedí que lo finalizáramos en la cama. No dijo nada. Salió, se lavo y regreso con la misma tranquilidad y parsimonia de quien esta haciendo algo de lo más natural del mundo. Retiramos la colcha, me tumbe sobre una sabana con florcitas y luego, con el mejor de los propósitos empezó a juguetear con mi cuerpo. Era algo inútil. Mi mente volvía a estar en otro mundo y por mas que lo intentaba, mi sexo seguía flácido y marchito. Le pedí un cambio, sería yo quien tomase la iniciativa. Algo mejore, pero poco. Puede decirse que aquel, mi primer contacto sexual fue un completo fracaso. Creo recordar que me corrí cuando ella me estaba colocando el preservativo. Meses mas tarde me comento que era muy torpe en la cama y encima la tenía muy pequeñita.
Durante los meses que la visite, dos o tres al año y siempre coincidiendo con la estación estival, mi comportamiento sexual apenas si mejoro. El juego inicial, los preámbulos y la culminación fueron perfeccionándose, pero aun ahora, tras el tiempo trascurrido pienso que nunca hice bien el amor con mi “Enfermera Particular”. Entre que no participaba, no se integraba en la excitación mutua, existían en su cuerpo algunos puntos erógenos vedados a mis caricias, el ceremonioso proceso de colocación del preservativo y su consiguiente retirada nada mas finalizar el acto y alguna otra lindeza que ahora no recuerdo, debo admitir que nunca la hice sentir bien como mujer y siempre me considero como un patán sexual.
Esa torpeza dio paso a un mutuo y amplio conocimiento humano. Después de cada pifia nos sentábamos en la cama y hablaba ella y hablaba yo. Supe mas de su vida, de sus problemas charlábamos de tiendas, de comidas.
Nunca conocí su historia personal ni le pregunte como había terminado en esta vieja profesión, la más antigua de la historia. Ante cualquiera de mis insinuaciones cortaba por lo sano: “ El sexo es para mi un trabajo, no un placer”, dijo una vez, sin saber a ciencia cierta el porque, o “ Tu no podrías salir conmigo ni a tomar un café, sabiendo a que me dedico” me soltó al poco de conocerla. La veía como una amiga y ella a mí como a un imbécil, pacifico, agradable y poco conflictivo.
Cada año, al regresar de Centroamérica y marcar su teléfono, pensaba, ¿Seguirá ahí? , ¿Se habrá perdido paro siempre?. En este punto tuve suerte. Fue ella quien un día me dijo que lo dejaba todo y que no volveríamos a vernos. Me aclaró que no se llamaba Pilar, que no vivía en Oviedo y un montón de cosas más.
Lo sentí. Casi me había adaptado a su cuerpo, a la opulencia de sus pechos, a su indiferencia en la cama, a su falta de orgasmos, a su inhibición, a su poco pudor, a su sexo húmedo y tupido, a su cajita de preservativos, a sus ojos cerrados, a su boca. Me había acostumbrado a su forma de ser, a sus conversaciones, a sus silencios, a ella como mujer.
Una mala tarde de un día gris, Pilar, “Mi Enfermera Particular”, desapareció, se perdió entre la fría neblina asturiana. Mucho tiempo después, otra mañana lluviosa, supe su verdadero nombre. Soñé que tal vez, otro día, la encontraría en cualquier calle y con el tiempo, ya no sería su torpe enfermo sexual, sino que ella pasaría a ser mi paciente favorita, pues sin duda sus vivencias debieron dejarle hondas cicatrices.
Pero, como escribió un célebre cuentista, esta es otra historia y su protagonista otra mujer.

miércoles, 13 de junio de 2007

MI CURSO DE MASAJE

Finalizó. A toda prisa, con chaquetas, corbatas y togas prestadas nos fotografiamos para la orla. Sin saber exactamente el por qué, tras pagar los 6 euros del retrato, me emborraché a base de rosados fríos. No comí, se me esponjó el alma de pena y me puse a escribir, a mal contar, desde mi visión subjetiva, lo que inicié a finales de Octubre como una terapia de choque con la que eliminar un amor de mi corazón y una mujer de mi cabeza. Sólo quería eso. Ni un título, ni un certificado, nada. Al final conseguí unas buenas amigas y una historia que contar. Las primeras me definieron, el primer día, y tal vez lo sigan pensando, como “el más viejo de los tontos y el más tonto de los viejos”. El cuento es parte de mi vida. En algunos puntos se ciñe a la realidad, el resto,…. es pura fantasía.

*** *** ***

Subí con un moreno enfundado en chándal azul y rojo sobre el que resaltaba en letras blancas “CUBA”. Más tarde supe que se llamaba Humberto, jugaba a balonmano, acababa de fichar por el Naranco y hacía años abandonó, como otros muchos, la isla de Fidel.
Accedimos a una sala demasiado pequeña para la veintena de personas que se amontonaban en la puerta y me acomodé en el extremo más alejado de ella. Casi al instante desconecté y empecé a observar a quienes en los próximos meses serían mis compañeros de estudio. Taponando la entrada un grupo de jóvenes de ambos sexos charlaban como si se conocieran de toda la vida. El resto, a modo de islas perdidas en el océano, esperábamos incómodos que alguien iniciara la clase.
“Vamos a conocernos”, oí decir. Y por riguroso orden de colocación fuimos presentándonos: Lorena, Silvia, Rebeca, Aitor, Xoxé, otra Lorena, María, Vanesa, otro Aitor, Merce, Celia, César, Humberto, José Antonio, otra Lorena, Susana, Marcos, Inma, Ana, Montse, Raúl, Fernando y yo. No asocié ninguna cara con el correspondiente nombre. Pensé que eran dificilísimos, que las únicas mujeres con más de 35 años eran quienes ostentaban los más facilitos: María, Ana e Inma, que Humberto estaba a mi derecha y José Antonio a mi izquierda y que las posibilidades de entablar algún tipo de comunicación, si no nulas, eran bastante complicadas. De entre todos, la llamada Inma era, para mí, la mejor, igual que la más inaccesible. Al salir sudaba a chorros pensando que me había embarcado en una aventura, como poco, absurda para mi edad y complicada para mi mente.

Lo que es la fuerza de la costumbre. El segundo día, primero de clase práctica, nos situamos casi de idéntica forma al de la presentación. El grupo juvenil cubriendo la entrada, los solitarios en el centro y los más raritos, entre ellos yo, al fondo. Inma, mi musa secreta, ocupó el centro, dos camillas por delante y a la izquierda. Montse se emparejó conmigo. De forma no dictada, y pese a las indicaciones de Aquilino, nuestro tutor, sobre que deberíamos cambiar de pareja, la distribución de ese día se mantuvo durante el primer trimestre y en algunos casos todo el año.
Tuve suerte. Montse, que concluyó siendo una de las mejores, no era el cuerpo más explosivo, pero carecía de pudor, tenía ilusión, deseaba aprender, hablaba, preguntaba, se interesaba por todo. Pensé, y ahora lo confirmo, que sería de los pocos que sacaría beneficio del curso. Desde mi privilegiada posición al pie de la ventana, más que aprender, miraba. A mi derecha Rebeca y Raúl, a la izquierda dos de las Lorenas, por delante Aitor y Xoxé. En el centro Ana que fue la primera en romper los emparejamientos preestablecidos. Un poco más lejos Inma y Marcos, Merce y una chica gallega que, por motivos geográficos nos dejó al poco de empezar. Más lejos el resto: Vanesa y César, Silvia y Lorena la rubia, Humberto y José Antonio, María y Celia, Fernando y Aitor…., más o menos así.
Ya dije que lo mío era estudiar a las personas, no la anatomía ni las manipulaciones, las fricciones o los amasamientos. Era mirarlas, analizarlas casi sin hablarles, razón por la cual muchas veces me confundía y metía la pata, pero así soy. Pensé que Rebeca y una de las Lorenas tenían vergüenza de sus cuerpos, más bien de sus tetas; que otra Lorena era un encanto de chiquilla capaz de romper mis mas férreas convicciones sobre la diferencia de edad. Merce solitaria con cierta aversión hacia los hombres, Inma mi diosa inalcanzable, Vanesa y Celia mis ojitos derechos, Silvia y Lorena la rubia , mi juventud incomprendida, Susana un pozo de problemas físicos y mentales, por último, María y Ana, más próximas a mi en edad, dos seres sin dobleces, con vidas estables y ordenadas. De los hombres apenas si opiné. He de confesar que lo mío son las mujeres. Seguro que estoy mal hecho.
El rápido bosquejo de mis compañeritos tenía la bondad del primer golpe de vista y el error del no conocimiento personal. Fue bueno, pese a no atenerse a la realidad. Hoy, tras un año, algo ha cambiado, muy poco.
Pasaron los meses. El invierno discurrió bajo el calor confortable de aquella aula estrecha y caldeada con clases de anatomía y masaje, iniciándose las veinte horas obligatorias de prácticas.
El destino se burló de mi presente. Tenía todo el tiempo del mundo y generosamente lo ofrecí. Sólo Inma lo tomó en serio. Así me la encontré, la aciaga tarde del 17 de diciembre, tumbada en la camilla esperando que mis manos empezaran a recorrer su espalda. Ví sus rizos dorados, su piel moteada con mil pecas, la marca triangular del tanga intentando dibujar los agujeros del sacro; la observé ausente y distendida e inicié aquel primer quiromasaje espinal de la forma más relajada posible. Otra vez mi mente se disoció de las manos y revoloteó por la sala. Estábamos Vanesa y Celia con sus respectivos novios, Lorena con alguien que no recuerdo, las tres, mis alegrías espirituales. A fondo otra masajista en ciernes, desconocida por pertenecer al grupo de los sábados, que meses después se integraría en nuestro grupo: Rosa.
Que fracaso, qué tremendo fracaso. Al llegar al último movimiento, los clásicos neurocutáneos, me di cuenta de que la adorable Inma estaba profundamente dormida. Desconocía si había pasado una mala noche, si tenía una bajada brusca de tensión o si la torpeza de mis dedos la había transportado al reino de Morfeo. La cubrí con la toalla y masajeé su maraña de pelo aguardando que, bajo la atenta mirada de Aquilino, regresase al mundo de los vivos.

Salí preocupado, no entendí cómo pudo dormirse. Repasé el proceso, el tipo, la presión, la cadencia, los itinerarios de las manos. Nada, todo parecía correcto, pero….se había transpuesto. Más adelante me tranquilicé. Siempre que volví a darle un masaje se dormía. Igual sucedió con María y con una de mis pacientes particulares. En su opinión transmitía tranquilidad. Me vino a la mente una película de mis tiempos juveniles “Centauros del desierto”; en ella la protagonista femenina, Bárbara Ruth, se acostaba junto a Jhon Wayne no por deseo sexual, sino por su calor y protección. Algo similar debía sucederme. Los hados volvían a mofarse: Inma, sobre la que el primer día se centraron mis ojos, la que consideré objeto oscuro del deseo, encima imposible, al despedirse tras aquel nefasto día, me dio un par de besos en la mejilla. Vanesa hizo lo mismo y ambas me desearon Felices Navidades. Sin duda los Reyes Magos llegaban este año con bastante antelación.
Pasaron los meses y el grupo se compartimentó. Hubo alguna baja, muy pocas, y una toma de posiciones. Quedé en medio de todos como flotando en la nada. Hacía prácticas con Inma y Merce que amablemente cuidaban de mis piernas antes y después de cada prueba de natación. Iba inventando, entre suspiros, nuevas vivencias, debí estudiar mucho para hacer el ridículo en el primer examen de Marzo, falté al seminario de Valencia de don Juan en Semana Santa por una imprevisión monetaria y entre unas risas y otras llegó el 4 de Mayo.
Un mal día, no desde el punto de vista climatológico, pues lucía un sol tibio y acaramelado, si, bajo mi prisma sentimental. Hasta entonces al salir de clase caminábamos hablando uno un poco de la escuela y otro de nuestras vidas. El destino, el cruel destino nos detuvo en La Paloma. No fueron los vinos, sino los recuerdos quienes alteraron mi alma. El 4 era el cumpleaños de María y para mi desgracia también el de Sonia. Cuando lo supe se me humedecieron los ojos y al llegar a casa bebí hasta caer ebrio sobre la cama. Entonces Inma y María supieron que también los hombres sufrimos por amor y yo percibí que los tres teníamos una historia de desamor, razón por la cual nos habíamos inscrito en aquel curso de masaje. Aquel día nos hicimos un poco más amigos.
Los meses volaban. El grupo se consolidó, conoció, intimó. Las mujeres, no todas, perdieron su pudor inicial y yo pasé de “señor” a “José Luis”. En Junio quise dejarlo. Me era imposible asimilar lo que estudiaba y cuando lo lograba mi memoria semejaba a un cesto de mimbre por donde se escurría lo aprendido. Añoraba mis tiempos juveniles cuando con apenas una lectura era capaz de recordar casi todo. Echaba de menos la fuerza de voluntad necesaria para estar horas y horas sentado frente a un libro. Envidiaba al resto de compañeros que dominaban la anatomía y eran capaces de diferenciar lesiones, diagnosticar, curar.
Julio fue una retahíla de clases de recuperación. Mi ego cayó por los suelos al comprender que tras más de 10 meses de estudio y muchas horas de practicas, era un inculto total. “¿Con lo que te gustaba el masaje, me decía, cómo es posible que estés como estás?”. Me animaba pensando que era un prejubilado, que nunca ejercería, que lo hacía por diversión, que…. Durante esas semanas solo las incondicionales Inma, María y Ana me animaron. Bueno, ellas y las dos clientas-amigas que venían todas las semanas a casa para recibir un masaje de relajación. Eran mujeres con problemas. Una familiares, la otra, laborales. La primera se pasaba el tiempo hablando, contándome su vida; yo la escuchaba y ella terminaba encantadísima. La otra, como Inma , se dormía entre mis manos. Para una sabía escuchar, para la otra “daba tranquilidad”. Al finalizar el mes poseía una exigua clientela y el convencimiento de que si entonces se convocara el examen final, yo sería el único suspenso.
El verano pasó y, como canta Sabina, Septiembre volvió a reunirnos de nuevo. Gaste Agosto entre mis nietos, nadando travesías, con los libros de masaje y anatomía abiertos sobre la mesa; lo viví inquieto sabiendo que necesitaba estudiar y no lo hacía, convenciéndome de que solo era un hobby, durmiendo mal y escuchando a mis pacientes agobiadas ahora por una inapreciable ganancia de peso y un leve aumento de la celulitis en las caderas.
El último fin de semana fue un suplicio. Mirando el libro de anatomía y en especial el capítulo de estiramientos, creí volverme loco. Leía y no visualizaba nada, los músculos se me diluían, era incapaz de saber dónde se insertaban, qué hacían y cómo reaccionaban. “Necesito un modelo vivo”, pensé, alguien sobre quien poder practicar la anatomía palpada. Fue una idea clarificadora. Solo María se encontraba disponible. La llamé y nos reunimos, en principio, a estudiar. Pasamos el primer día contándonos nuestras penas. Ninguno había abierto los libros durante el mes de vacaciones. Ella estaba muy preocupada pero salió de casa convencida de que aun había tiempo para aprobar. Fueron 15 días, con Inma y Ana, en los que se entrelazó el estudio, las conversaciones personales y el diálogo emocional.
La mañana del 20 de septiembre nos examinamos. Terminé muy rápido y me marché sin hablar con nadie. Por la tarde los tres tomamos un café en casa. “Estoy seguro de que aprobaremos”, dije. Ellas no estaban del todo convencidas.
El día 21 salí para Madrid al Congreso Hispano-Luso de Masaje. Asistieron mil especialistas, de los cuales solo 8 pertenecíamos a la escuela de Oviedo. Rosa y Jesús del grupo de los sábados, Montse, Ana, Celia, María, Inma y yo del semanal. Dijeron que todos nosotros habíamos aprobado; sólo María e Inma quedaron descontentas. No por la nota, si por el modo de concluir su examen práctico y por la poca valoración de la asistencia a las clases. Por más que intenté convencerlas que lo importante era el resultado ninguna lo admitió. Seis días antes lo hubiesen firmado, ahora, en Madrid, se sentían desilusionadas, cansadas. Inma con problemas emocionales y las dos inadaptadas al horario extremo del Congreso. Las despedí con pena. Me quedaba una semana más en la capital y hasta mediados de Octubre no volveríamos a vernos. ¿Cómo estaría entonces?, ¿Cómo se encontraría Rosa, a quien empezaba a conocer, a saber de sus vivencias y necesidades?, e Inma, cuya mirada de tristeza me encogía el corazón.
Tengo la orla entre las manos. Estamos todos, o casi todos. Los ausentes los imagino los veo con la mente. La magia del retrato, las corbatas, las chaquetas y los escotes han hecho que los jóvenes parezcan más adultos, más serios.
Están Marcos y Fernando. Ambos trabajan en tareas relacionadas con la salud y sin duda el curso sera una palanca para su carrera. Tambien Humberto, César, Xoxé y Aitor, los deportistas, los que día a día aplicaban lo estudiado al análisis de sus músculos, sus lesiones, su rendimiento. Está José Antonio, curioso de la vida, propietario de un sex-shop, para quien lo aprendido supondrá un eslabón más en su carrera empresarial. No veo ni Aitor II, ni Raúl; el primero dejó las clases por un empleo fijo en informática; el segundo sin duda llegó, como casi siempre, tarde a la entrega de la foto. Pero sobre todo están ellas. Como escondidas Rebeca, Lorena II y Silvia, las pudorosas. Sobre la última me confundí. Tal vez no esta muy de acuerdo con su cuerpo, por otro lado espléndido en textura y volumen, pero es una jovencita encantadora, demasiada mujer para mí. Miró a Susana, un cúmulo de problemas, al principio asombró con sus amplios conocimientos de anatomía, fruto de su labor como monitora de aerobic. Contemplo con envidia a Vanesa, Celia y Lorena I, mujercitas de ensueño en cuerpo de armiño, a las que día a día admiré como Venus vivientes. Me recreo con Celia, la número uno de la promoción y a la que felicito en secreto, entre otras cosas porque además, cocina riquísimo. Busco a Lorena III , Fresita para sus amigos. Nunca la centré. Sin duda hubiese sido la fijación de mi hijo Pepe. Sobre la izquierda, como si el diseñador gráfico las conociese, Montse y Merce. Ambas me impresionaron muchísimo. Merce, a sus 27 años, vivía sola, sin familia; en sus ratos libres practicaba la danza del vientre. Llegó odiando a los hombres y terminó de lo más integrada en el grupo. Para ella el curso será, con el tiempo, su modus vivendi. Creo que lo conseguirá. Montse se le asemeja algo, pero es más fuerte, más decidida, más dura con la vida, con una idea clarísima de lo que hara en sus años venideros. En mi escala personal la consideré la segunda de la clase. En el centro mis grandes soportes: Maria, Ana e Inma. Puede que sin ellas hace mucho tiempo hubiera cambiado el masaje por la encuadernación. La alegría pegajosa de Ana, la tristeza en los ojos de Inma, el brillo pícaro, sexual y ligeramente erótico de María. Todo eso y más se refleja en la foto, o simplemente era mi mente quien lo detectaba. Fuera del grupo, en una esquina, la sonrisa maliciosa de Rosa bajo la que se esconde una vida cuajada de desarreglos físicos con un futuro abierto a lo sensualmente indecible, impensable o simplemente deseable.
Colocaron mi foto al final de la última hilera. Alguien quiso evitar que lo que durante tantos meses hice: mirar, observar, analizar y no estudiar, no pudiera hacerlo de nuevo desde la orla de la promoción 2003/2004. Era un justo castigo a mi perversa ociosidad.

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PARA:
Inma, María, Ana, Rosa, Montse, Merce, Celia, Vanesa, Silvia, Lorena I, Lorena II, Lorena III, Susana, Rebeca, Humberto, Marcos, César, Xoxé, José Antonio, Aitor I, Aitor II, Fernando, Raúl, y Aquilino. Compañeros y profesor del curso 2003/2004 de masaje

EPÍLOGO.
Si esto fuese como una película estadounidense, tras los títulos de crédito aparecería la foto de cada integrante del grupo con un comentario de este tipo:
“Veinte años más tarde, José Antonio se convirtió en un próspero empresario; pasó del sex-shop a una cadena de establecimientos orientada al sexo, de ahí a la publicación de una revista y más tarde a la creación de una productora. Nunca siguió con el masaje. Humberto, aprovechando la muerte de Castro, regresó a Cuba y en la actualidad dirige la selección de balonmano del país. Sus conocimientos de masaje simplemente los utilizó para tratar algún desgarro muscular cuando estaba en activo. Fernando regresó a Paraguay y dirige una clínica de rehabilitación, solo cuando vivió en España hizo prácticas con lo aprendido en el curso. Silvia y Lorena I, tras unos años de devaneos amorosos, se convirtieron en celosas madres de familia; una tiene 4 hijos y la otra 5. Del masaje se olvidaron en el segundo embarazo. Rebeca y Raúl pasaron a dirigir los negocios familiares; ella regenta una cadena de herbolarios y él una de restaurantes. Vanesa dejó el masaje y la moda, coordinando la actividad artesanal cerámista del Principado de Asturias. Lorena II, desengañada de la anatomía y los estiramientos se orientó hacia la ganadería, produciendo, sus empresas casi el 100% del chorizo y la morcilla asturiana. Rosa debe vivir en el Caribe, ya que manejando las cartas acertó una primitiva de 30 millones de euros y desapareció. César regresó a Madrid. En la actualidad es el coordinador jefe del INEF. Celia es ministra de sanidad del Gobierno del Principado. Monse, Merce y Lorena III continúan impartiendo masajes, en distintas especialidades. Abrieron diversos centros para niños, personas mayores, deportistas y gente implicada en el mundo de la droga. Susana, Xoxé y Aitor trabajan en gimnasios y SPAS repartidos por Avilés, Oviedo y la Cuenca Minera. Para la primera y el último el masaje fue su tabla de salvación emocional. Aitor II imparte clases de informática en la Universidad de Oviedo. Marcos, pese a su oposición al matrimonio, terminó emparejándose con una rica terrateniente de la Cuenca Minera. Se le conoce por su habilidad manual para aliviar cualquier tipo de dolencia: física, moral o espiritual. Aquilino y el resto de profesores consiguieron que la utilización de la medicina tradicional china fuese reconocida por las instituciones médicas y la Seguridad Social. Regenta un centro médico de Medicina Alternativa.
Inma, María y Ana consiguieron, con el paso de los años, lo que siempre desearon: Ser Felices. Ana lo alcanzó con facilidad. Siguió con su vida de siempre en la complicada ciudad de Oviedo. Maria se estabilizó emocionalmente. Se volcó hacia su hija y su sexualidad exuberante hizo el resto. Inma lucho contra su entorno, su familia y la sociedad, pero al final triunfo (las mujeres, por lo general, suelen ganar siempre). Las tres, en sus ratos libres, pocos a mi entender, siguen cuidándome, intentando que, a mis 80 años, no me apunte a un curso de vuelo sin motor o de parapente en caída libre, pero sobre todo que en un alarde de imaginación tome un avión y vuele al Caribe, solo para recordar años, vivencias o relaciones mejores.
El narrador se mantiene tan loco como siempre, quejándose de ser feo, bajito, con mal humor, olvidadizo y mas viejo que nunca. Continúa deseando a las mujeres, pensando que solo ellas son capaces de ablandar el corazón y la cabeza de los hombres aunque para ello, generalmente, primero les vuelvan locos.
Aquel curso de masaje nos marcó a todos y, bien pensado, nos ayudo a seguir viviendo.

Preambulo
Debo aclarar, para aquellos lectores demasiado crédulos, que todo lo descrito en este blog es fruto de mi lujuriosa imaginacion; que tanto las personas, como sus apelativos y las situaciones en las que se desenvuelven son hijos de mi fantasía, eso si algunos lugares existen en la relidad y solo son el complemento perfecto para lo que este mal escribano soño vivir en ellos.

Hubiese sido bonito, como dijo un gran autor de teatro, que, "En esta vida, todo lo imaginado puede ser pensado y todo lo pensado puede ser realizado" , pero en mi caso, alevin de escritor, no fue verdad, solo fantasia .....pero erótica .
Advertencia usual
Como de costumbre, los lugares y personas que aparecen en estos relatos, están inspirados, con cierta libertad, en lugares reales. Algún personaje y algún hecho narrados, se inspiran también en seres reales, pero con idéntica libertad en su recreación. Los relatos que siguen han de considerarse, por tanto, fruto de la invención del novelista y no deben inducir a atribuir conductas, acciones o palabras concretas a ninguna persona existente o que haya existido en la realidad
Un hombre fascinado por las mujeres esta siempre interesado
por ellas y, a menudo, se enamora de alguna de ellas de verdad.
                                                                                            JLPP.
El escritor siempre acaba contando su propia historia
                                                                       Rosa Regas.