lunes, 29 de agosto de 2011

EL SPA DEL HOTEL JOVELLANOS

Sin duda fue allí, sobre la blanca arena de la playa de Barayo, viendo como un montón de jovencitas lucían al mundo todos sus atributos y esperando, sin éxito, que el Presidente de la Asociación Naturista de Amigos del Principado de Asturias (ANAPA) se presentase para la reunión mensual del Grupo, como anunciaba en su último correo, cuando llegue a la conclusión que, con un poco de entrenamiento, podría presentarme, con ciertas posibilidades de obtener medalla, a la Gala de Natación Naturista a Celebrarse en Gijón el primer fin de semana de Noviembre.

Nuestro joven amigo, el Presidente, agobiado por la problemática de su próxima paternidad, el montaje del evento, pero sobre todo por intentar convencer al equipo municipal de la bondad de la Gala, ni se presento por la playa, ni respondió a un montón de correos en los que le recriminaba el hecho de agrupar, en una sola categoría, a todos los nadadores mayores de 50 años. A mis 62 estaba en franca inferioridad con rivales 12 años mas jóvenes pero en mi fuero interno pensaba que la competencia sería baja o muy baja y mis posibilidades sino altas, si  considerables. Le escribí para apuntarme en 50 libres, 50 braza y 50 espalda.

A partir de Octubre reinicié mis entrenamientos con el club de toda la vida, pues a mi nivel Master estoy, en Asturias, entre los tres primeros. A finales de mes recibí un correo y una llamada en la que me recordaba que contaban con mi presencia en la Gala deportiva y que si, como todos ellos, iría a las cenas y otras actividades relacionadas con la fiesta. Le prometí ir a las pruebas pero decline al resto; el domingo debía nadar la 1ª Jornada del Campeonato de Asturias.

La Gala, se quiera o no, fue un éxito. En fechas anteriores, determinados medios de comunicación, criticaron la conveniencia de nominar a Gijón como capital del Naturismo Europeo y del apoyo institucional a este tipo de eventos, pero como en tantos casos relacionados con el desnudo, fue más el ruido que las nueces.


El sábado 3 de Noviembre, unos 175 nadadores y 300 asistentes, todos desnuditos como vinieron al mundo, se  agolpaban, junto a los medios de comunicación que no quisieron perderse el espectáculo, en las instalaciones municipales de la piscina del Llano. Más que evento deportivo fue una manifestación seudo reivindicativa. Los Presidentes de las Federaciones naturistas asturiana y española y los de la francesa, alemana e inglesa, estaban más pendientes de salir en los medios que de la actuación de sus nadadores.  Las pruebas que, en condiciones normales, se habrían concluido en menos de dos horas, se alargaron a más de seis. Hubo que esperar la llegada de Telecinco y Antena 3, las grandes cadenas nacionales que cubrían el acto e informaban de él al resto de los españolitos. Todos, en el recinto deportivo, cámaras,  comentaristas y fotógrafos iban desnudos. Lo único que uno de ellos comento fue el porque los nadadores llevaban gorro habiendo en su cuerpo otras zonas con mas abundantes matas pilosas. Fue una fiesta. Yo gane tres medallas de plata y confraternice con dos jueces, conocidos de otras competiciones. Como excepción a la regla general, los cronometradores iban rigurosamente vestidos, aunque mis amigos, un hombre y dos mujeres me pidieron la dirección de la Asociación con la idea de participar en otras actividades, eso si, ya desnuditos.

El rebufo informativo fue breve. Siete días más tarde nadie se acordaba ni de los nadadores en pelota ni de nada. El Presidente lucía henchido de placer. La Delegación Española  había conseguido más de 25 medallas, en comparación de las 2 obtenidas en Alemania y los participantes internacionales le cursaron cientos de mensajes de felicitación. La próxima Gala se celebraría en Francia y todos estábamos invitados.

Nuestro Presidente, tan apocadito como parecía, logró, nadie sabe como, poner de su parte al Ayuntamiento, congraciarse con los medios de comunicación y evitar que la actividad dejarse de verse como algo feo y desagradable para pasar a ser normal y bonita. Hizo más. Entre sus gestiones exitosas la mas alabada fue la de conseguir que el Hotel Jovellanos, recién inaugurado,  funcionase durante esos días como estancia naturista, pudiendo, los socios de la agrupación, hacer uso de las instalaciones de relax, sin utilizar en ellas el correspondiente bañador. Como contrapartida a la promoción turística efectuada, la responsable de relaciones públicas,  ofreció a ANAPA, la posibilidad de usar el SPA del hotel la tarde de un domingo de cada mes y a precios reducidos.

La inauguración de la nueva actividad debía ser un éxito de asistencia, pues en función de ello era más que probable que el hotel ampliase tanto el horario como el número de días. En ello se centro nuestro Presidente, con tal  esmero y dedicación, que a veces pensé que no tenía otra cosa que hacer. Llamadas telefónicas, correos, compromisos, ruegos. Al final cerca de 20 socios confirmamos su presencia. Una autentica muchedumbre conociendo el comportamiento del personal.

La revolución ciudadana condiciona que muchos de sus servicios, bien por motivos económicos, por desgravaciones fiscales o por espacio y comodidad,  se desplacen hacia los polígonos industriales que, a modo  de cinturón de castidad, las circunvalan. El Hotel Jovellanos se ubica en el polígono de Porciello  y pese haber salido de Oviedo con tiempo mas que suficiente, entre la lluvia, la escasa iluminación y la nula información, llegamos a el, como otros muchos, media hora después de la fijada.

Sobre el espacioso salón de entrada fuimos agrupándonos, no tanto por un conocimiento previo, sino por puro azar o mejor dicho un puro instinto de pareja. Quienes íbamos acompañados  formamos un núcleo compacto y los independientes pululaban, como perdidos, tras el Presidente, incapaz de presentarnos a todos y lo que es peor, que luego, recordásemos cada uno de los nombres.

Las mujeres se lo montan mejor. Mª Teresa, Elvira, Luisa, Montserrat y Rosa tomaron a sus respectivos hombres, Octavio, Félix, Ángel, Rubén y yo y sin encomendarse a nadie se dirigieron al SPA. El resto siguió perdido a la espera que alguien tomara una decisión coherente.

El encargado, un tipo argentino excesivamente amanerado y pulcro, se empeño en darnos unas ideas generales sobre la utilización de los servicios, pero al igual que nos pasaba a nosotros, se vio avasallado por el empuje femenino. Nada de vestuarios separados, cada pareja  utilizaría el que quisiera y, por supuesto, todas eran expertas y no necesitaban lecciones de nadie, lo que quería decir que cada una haría lo que le diera la gana.

Mientras el Gaucho de la Pampa lidiaba con el segundo grupo, mas ordenado y modoso, Octavio, Teresa, Rosa y yo fuimos al vestuario de caballeros y el resto al de señoras. Sin duda la parejita que nos toco en suerte, era novel en lo del nudismo, mas ella que el. La situación se torno realmente curiosas, sobre todo ante un dúo malintencionado como el nuestro. Rosa esperaba, en pelotilla picada, mientras yo, con una parsimonia,  muy fuera de lo normal, ordenaba mis enseres en la taquilla. Teresa y Octavio seguían en ropa interior esperando, craso error, que saliéramos y quedarse solos.  Al final se decidió  ella y con muy mala cara se despojo de la braguita y el sujetador. Pensé, para mí, que seria la última vez que pisasen estas instalaciones, y acerté.

No fuimos, lógicamente los primeros. En la piscina hidrotermal el resto de parejas jugaba bien con los chorros de agua  bien con los surtidores de burbujas. Hacia allí fueron los tres mientras yo me enclaustraba en el baño turco, más que nada para sudar las copas del día anterior.

Cuando salí el número se usuarios se había duplicado y como sucedió a la entrada los independientes vagaban perdidos en la piscina y los emparejados se agolpaban en el jacuzzi, Teresa y Octavio, medio tapados, descansaban en la zona de relax y Rosa  con Luisa y Ángel, a quien conocía de alguno de sus múltiple trabajos, estaban en la sauna, hacia donde me dirigí para seguir  eliminando alcohol.

La tarde transcurrió muy deprisa. Como si todo el mundo estuviese de acuerdo en un momento determinado, primero las mujeres, por aquello de secarse el pelo, y luego los caballeros, nos encontramos de nuevo en el vestuario. Ahora ya hablaron o mejor dicho, fue el quien dijo ser de Oviedo y haberse hecho de ANAPA como consecuencia de la Gala. Ella, toda desnudita, se mantuvo en silencio. Nos volveremos a ver dijo Rosa al despedirse. En mi interior pensé todo lo contrario.

Segundo mes y primer domingo. Solo un breve correo recordatorio pues sin duda el Presidente había evaluado el éxito anterior y estaba seguro que la inmensa mayoría repetiríamos. Como bien deduje, todas las parejas, excepto Teresa y Octavio volvimos a compartir vestuario, ahora con menos intimidad y más confianza. Sin una razón lógica los hombres nos decantamos por la piscina y las mujeres por el jacuzzi. Fui pasando de unos chorros a otros, de una explosión de burbujas, a una serie de lancetas que masajeaban toda la extensión de isquiotibiales y gemelos, al final me aposente  sobre un surtidor dirigido a los riñones, siempre y cuando se mantuviera una posición horizontal bajo el agua. Flotaba sobre una columna liquida que me envolvía desde los glúteos a las cervicales. Estaba solo en el baño y por puro relax, cerré los ojos y me adormile.

.- Perdona oí decir a alguien que, de forma involuntaria,  tropezó con mis piernas

Abrí los ojos y vía Luisa, a escasos centímetros de mi, bajo un potente chorro vertical.

.- Tranquila, dije, no pasa nada.

Los cerré de nuevo e intente visualizar el roce. Fue la mano, la cintura o los pechos contra lo que percutí. Fue accidental o premeditado. Se repetiría o Luisa se desplazaría a otra zona de la tina. Tarde poco en aclarar mis dudas. De nuevo su cuerpo, una de sus tetitas para ser exacto, percutió contra mi muslo, y por raro que parezca, no se separo sino que pareció apoyarse. Baje las piernas y contemple su rostro bañado por decenas de hilos de agua. Daba la impresión que las aproximaciones fueron voluntarias, mas aun, que estaba encantada con ellas. Al fondo sobre una especie de cama hidrotermal Rosa y Ángel mantenían una animada conversación mientras el resto de los asistentes se habían volatilizado. Alegando  un repentino exceso de calor salí del agua no se si intrigado, asombrado o feliz. Volvimos a vernos en la sauna, donde contemplé su coñito, perfectamente depilado,  sus glúteos, redondos y duros,  su cara de niña cándida, de las que nunca ha roto un plato.

En el viaje de regreso Rosa me comento, que como a mi, también Ángel se rozo con ella aunque no supo concretar  quien tomo la iniciativa pues la fuerza del agua  y lo resbaladizo del suelo forzaban a menudo a ese tipo de contactos. Quedo todo como una anécdota  sin más y nos olvidamos.

Un nuevo mes y un nuevo primer domingo. No hubo ni llamadas ni correos, pero todos sabíamos que entre las seis y las siete nos encontraríamos en el SPA.

Mientras cubría los 26 Km. que separan Oviedo y Gijón iba analizando las reacciones que afectan a las parejas, mucho mas cuando ambas están desnudas. En cualquier playa nudista no es extraño comprobar la desaparición absoluta del pudor. En general la hembra se enseñorea  mostrando a su macho y este hace lo mismo. Van por la orilla cogidos de la mano, se besan, se acarician. Luego, bajo las sombrillas  se embadurna de crema creando un espectáculo próximo al  pornográfico. Es normal que el le sobe las tetas, le magree el culito o pierda sus dedos en su coño. Ella nunca se corta. Cuando le toca el turno el varón siente sus partes mas intimas masajeadas. Su polla es fricciona con vigor y su ano se opaca bajo una potente capa de aceite antisolar. Tenía claro que la convivencia, sin ropa, derriba un montón de tabúes y hace que cualquier trasgresión, que en otro contexto seria tachada de obscena, aquí se considere, sino normal, si aceptable. Pensaba en todo esto recordando el desparpajo de Luisa, su cara angelical, su coño simétricamente afeitado y su inocencia al restregarse contra mis piernas.

Llegamos los primeros. Tras felicitar el año a las recepcionistas nos dirigimos a la piscina. Durante unos 15 minutos imagine que, como alguna vez nos ocurrió en el Balneario de León, estaríamos solos. No fue así. Con un lento goteo fueron apareciendo el resto de asociados. El presidente, un fotógrafo amigo,  el informático y la mexicana, y por fin ellos. Luisa y Ángel achacaron su retraso a lo complicado del tráfico y la persistente lluvia.

Rosa, la pareja de Aviles y yo estábamos en jacuzzi. Desde allí vi como se perdían en la sauna. Sentí una pequeña decepción al haber idealizado una serie de juegos eróticos solo creados por mi mente. Salí y con el recuerdo de Luisa, me zambullí en la piscina y nade hasta el mismo sitio que la vez anterior.

No la oí llegar. Casi de repente unas manos, las suyas, empezaron a serpentear por mis piernas. Abrí los ojos y vi los suyos cerrados. El juego de impredecibles consecuencias, acababa de empezar. Al amparo del agua fui recorriendo su cuerpo con mis pies. Tan pronto se enlazaban con los pezones como se hundían  en su vagina. Sus dedos se enroscaron en mi pene que automáticamente empezó a tomar  largura y grosor. Bajo aquellas aguas burbujeantes la sexualidad campaba a sus anchas. Vi, sobre la cama del fondo, como Rosa y Ángel disfrutaban de sus cuerpos, ignorando a quienes, ajenos a sus enredos, los observaban.

No aguante mas y salí. Fui directo a la pileta de enfriamiento hundiéndome en sus aguas heladas. No entendía como dos parejas, casi desconocidas, podían establecer ese cortejo sexual sin que nada ni nadie los ruborizarse.

Me reencontré con ella en el área de descanso y sin mediar palabra me arrastró hasta el jacuzzi.

.-Vamos, nos están esperando, dijo como si todo estuviese premeditadamente pactado.

Azar, suerte, llamase como se quiera pero en el ovalo solo estábamos Rosa, Ángel y nosotros dos. Unos enfrente de los otros. El agua nos envolvió de nuevo bajo un manto de burbujas evitando que ni nosotros ni quienes nos rodeaban viera lo que producía en el interior.

Fue, por parejas, una fiesta de sexo. Luisa se dedicaba a recorrer mi cuerpo a excitarme, a masturbarme. Yo le pellizcaba los pechos, le acariciaba el clítoris, mezclaba los jugos de su vagina  con el agua templada. Oí sus jadeos de placer mientras el cuerpo vibraba bajo una cascada de orgasmos. Luego se centro en mi pene  hasta que exploto en un torrente de semen que, sin duda, se difumino en el agua. Nuestros compañeros no debieron dejarnos atrás, pues cuando los mire estaban exhaustos, sudorosos, relajados. Casi sin mediar palabra nos dirigimos a los vestuarios, nosotros al de caballeros y ellos al de señoras.

La vuelta fue silenciosa, sin duda pensábamos el  lo ocurrido, en el ambiente propicio al desenfreno, en la oscuridad del agua, en el conocimiento mutuo de nuestros actos, en todo lo vivido y sentido, en lo excitante del desnudo y en la carencia de pudor que ello conllevaba.

.- Donde viven, me pregunto Rosa.

.- No lo se, pero seguro que el próximo mes se lo preguntamos.



viernes, 19 de agosto de 2011

NUEVAS AMISTADES

Sudaba. Brillante y empapado mis dedos parecían pequeños grifos, mal cerrados, que constantemente goteaban. Cada cierto tiempo dejaba el baño turco y me refrescaba bajo un potente chorro de agua. A ratos observaba, tras la puerta acristalada, si alguien entraba en el balneario, pero solo las encargadas del servicio de toallas surgían entre el vapor, bien para ofrecerme una seca, o para indicarme que habían transcurrido 15 minutos y era conveniente que saliera.

Hacía cuatro meses que todos los segundos domingos de mes Rosa y yo nos desplazábamos a León  para utilizar los servicios de su balneario termal habilitado, esos días, como centro naturista. Me costo muchas llamadas telefónicas  y dos viajes a Gijón, el incluirme en la Asociación  Naturista de Amigos del Principado de Asturias (ANAPA), pagar la cuota anual correspondiente y rellenar un montón de formularios. Conocí a su presidente y, mientras tomábamos café, me enumeró las múltiples ventajas del grupo y la camaradería con la que los socios se reunían en León, al haber conseguido que su SPA fuera, un día al mes, de uso exclusivamente naturista.


Todo cuanto me desgranó debió ser una ilusión mental ya que tras mis cuatro incursiones, en la primera solo había otra pareja que se esfumo casi de inmediato, en la segunda y en la cuarta, nadie y en la tercera un señor que al aparecer nosotros salió a darse un masaje. Esta escasa participación tenía, en su favor, el que Rosa pudiera disfrutar todo el tiempo de la piscina hidrotermal y yo poder encerrarme en la sauna sin ningún tipo de agobio. Eso y que el servicio se desviviera porque nada nos faltara.

Un  Hola mi amol, como estás” rompió mi ensoñación. Me senté en la bancada y antes de contestar al saludo contemple a las dos mujeres que acababan de aparecer. Rodeadas de una nube blanca, tan desnudas como vinieron al mundo aunque algo mas creciditas, una morena y una pelirroja me miraban sonriendo. Soy Kristal y ella mi amiga Merce” dijo alguien sin duda dominicana, no tanto por el color de su piel sino por el inconfundible “Amol” mientras se sentaba a mi lado. “Nuestras parejas quedaron con Rosa en la piscina” continuo como si nos conociéramos de toda la vida y “Tu debes de ser José Luís, que siempre me escribes contándome que nunca ves por aquí ningún miembro de la Asociación. Lo soltó de corrido sin que  pudiera articular palabra ni despegar los ojos de la negra aureola de sus pezones y la espesa mata de pelo que cubría su pubis. Seguía hablando y hablando. Yo la escuchaba, la miraba y me olvidaba por completo de su acompañante que, en compensación, apenas si tenía tetitas y lucia el sexo totalmente rasurado. “Es una dicha que por fin nos conozcamos y que nuestro grupo se agrandeme decía a la par que su piel se perlaba de sudor  y la amiga abandonaba la sauna para darse una refrescante ducha fría.

De tal guisa nos conocimos: desnudos en un baño turco, y así empezamos a intimar. Antes de dirigirnos a la piscina ya sabía parte de su vida de su llegada a España, de su labor como coordinadora, secretaria y relaciones públicas de la Asociación, pero lo más importante de su deseo de conocernos. En el agua hizo las presentaciones correspondientes. José Miguel, su marido, Pedro, el de su amiga Merce. Agrupados en semicírculo nos dedicamos, por un tiempo, a gozar de los beneficios del SPA. El ruido del agua se imponía al cotilleo de Kristal pudiendo dedicarme por entero a la contemplación de los cuerpos de las tres mujeres. Rosa, exuberante de carnes, con apenas cuatro pelitos sobre su sexo, Merce lisa como una tabla y con su rajita al aire, Kristal, con la mata de pelo púbico ensortijada, las tetitas respingonas y los pezones negros, ahora duros como rocas. Todas eran una alegría para mi vista. Rosa y José Miguel salieron perdiéndose en la sauna finlandesa, Merce y Pedro entraron en el área de descanso y quedé solo con ella incomprensiblemente pegada a mí. Íbamos de un lugar a otro. El agua nos masajeaba la espalda, los riñones, las piernas. Los potentes chorros verticales nos activaban el cuello, la cabeza. Sobre las camas de agua sentí el  cosquilleo constante desde los pies a las orejas, pero siempre, al margen de estas sensaciones, la notaba muy cerca, rozándome ahora una mano, mas tarde un brazo, el pie, la rodilla siempre bajo la impunidad de cientos de burbujas. Todo se enmarcaba dentro de una camaradería exenta de pudor y de malicia. A veces hablábamos pero por lo general el  silencio nos acompaño en todo el recorrido. Al final nos reunimos todos en el área de relax. Rosa explicaba sus habilidades en la lectura del Tarot, su experiencia como masajista, lo aprendido en el curso de Técnicas Para sanitarias,  efectuado por ambos el año anterior. Describió, a continuación, y con todo tipo de detalles, el ático de la casa con su pequeña sauna y la camilla para masajes. En apenas dos horas la desnudez de nuestros cuerpos consiguió que intimásemos al máximo.

Ellos regresaron a Gijón en coche y nosotros en autocar a Oviedo. Las lógicas despedidas dieron paso a los consabidos “Hasta pronto” y  Haber cuando nos dais un masaje”. Fue un bonito domingo diferente aquellos en los que deambulábamos solos por las diferentes instalaciones.

Siempre mi ofrecimiento, en este caso el nuestro, de dar masajes y utilizar la sauna, era algo que  caía en saco roto. “Si, iremos” nos decían, pero nuca nadie respondió ni vino. Me sorprendió, por ello, que Rosa quisiera  utilizar el ático pues José Miguel la llamó para que le diera  un masaje. Les explique el encendido y apagado de la sauna y los deje solos. Si duda debió ser una experiencia agradable pues Kristal se comunicó conmigo al día siguiente. Quería, como José Miguel, recibir un masaje y probar la sauna.

Adecue las piedras y las hojas de eucalipto sobre el calderil  de vapor, prepare la camilla, seleccione los aceites, apile las toallas y espere que llegara. Como buena dominicana se demoro mucho más de la cuenta y cuando creí que no aparecería, llamó para anunciarme que aun se retrasaría un ratito más, pero que vendría.

Subimos al ático y en el se maravillo de los cuadros, muchos caribeños, del ambiente, del calorcito de la sauna, de la música. Todo le encantó.

“Cuando empezamos” dijo desprendiéndose de la chaqueta, las medias y los zapatos.  “Túmbate”  indique mientras me enfundaba en la bata blanca que utilizo en esos menesteres. Normalmente las pacientes se suelen desnudar de cintura hacia arriba quedándose en sujetador, pero Kristal era diferente, o muy diferente. En un abrir y cerrar de ojos se desnudo por completo, se sentó en la camilla y preguntó “Como me pongo”. “Boca abajo” susurre un poco cohibido. Utilizo una toalla para cubrir la parte inferior del cuerpo del paciente pero en esta ocasión el calor reinante y su desparpajo hizo que la obviase. Se acostó dejando ante mi vista la espalda, los glúteos, duros y redondos, las piernas, la hendidura de su culito. Era una estampa que, al principio, me hizo flaquear, pero que logre superar  y dedicarme, como buen profesional, a darle el mejor de los masajes. Intenté, sin éxito, seguir las instrucciones del manual pero casi de inmediato me di cuenta que en mis manos se mezclaban los movimientos terapéuticos y los  sensitivos. Friccionaba poco, lo del pulponudillar era apenas un roce, los amasamientos eran caricias, los palmoteos suaves y acariciadores, mis dedos no se centraban músculo por músculo sino que discurrían desde el cuello a los pies bajando por la espalda, rozando  apenas los glúteos, presionando los isquiotibiales y enroscándose en los suyos. Tenía su cuerpo ante mí y, de forma erótica, iba sobándolo, acariciándolo, relajándolo, excitándolo. Mis yemas viajaban por su columna y morían en el coxis, deteniéndose, apenas, en la rajita de los glúteos, o cosquilleando el interior de los muslos. Así una y otra vez sintiendo como se abandonaba, como se le erizaba el vello, como entreabría las piernas dando vía libre a mis aproximaciones. “Date la vuelta” le susurre al oído acompañando la orden con un leve cachete en su culito. “Un poco mas por delante y terminamos”. Sus pezones y la negrura del sexo hizo que desistiera de entrar en campos, sino peligrosos, si prohibidos y, alegando una excesiva temperatura exterior, propuse, sin mas, entrar en la sauna. Ni lo dudo. Bajo de la camilla, abrió la puerta y se perdió en una nube de vapor. Era feliz. La proximidad de su cuerpo provocaba que mi estomago fuera una jaula de grillos en ebullición. Hablamos, o más bien, ella lo hacía. De vez en cuando se apoyaba en mi hombro o me limpiaba la espalda. En un momento de lucidez creí conveniente ducharnos y finalizar le sesión. Fue un alivio. Tal como estábamos no se como hubiésemos terminado. Por “dicha”, no pasamos a mayores. Era tarde y debía retirarse. “Te llamo por teléfono y quedamos para cenar el sábado” fue su despedida antes de salir para Gijón. Su adiós lo recuerdo francamente mal ya que por entonces intentaba bajar mi temperatura corporal a base de un gin-tonic muy cargado.

A Kristal lo de las relaciones públicas debía dársele de miedo. No pasaron dos días cuando llamó para decirme que había contactado con Rosa y los cuatro cenaríamos el sábado en casa. Yo prepararía cualquier cosa y ellos aportarían un sabrosísimo ron dominicano.

Rosa disfrutaba. No se como fue su sesión de masaje con José Miguel, pero lo de cenar todos juntos le pareció divino. Como buen anfitrión  debía preparar la comida, ordenar la casa, disponer las bebidas: ginebra para mi, Lambrusco tinto para Rosa, coca colas y limas para los cubalibres de Kristal así como mucho hielo en previsión de lo que pudiera surgir.

Nunca, en los años que llevaba en Oviedo había tenido una cena en casa con otra pareja. Llegaron amigos, grupos de pintores, compañeros de estudios, pero una celebración como la que se avecinaba, jamás. Después de ver la casa nos servimos una copa, charlamos sobre la Asociación, sobre las playas naturistas asturianas, sobre el futuro campeonato nudista de natación a celebrarse en noviembre en Gijón, sobre el SPA de León sobre el trabajo de Rosa con el Tarot y la afición de José Miguel por lo mismo. Cenamos sin cambiar nuestros hábitos alcohólicos, oímos música, recogimos los platos y la cocina y nos servimos la última.

Era una noche especial y en vez de quedarnos donde estábamos pasamos al salón, esa estancia decimonónica que apenas se usaba. Nos repanchingamos en el sofá, pusimos el Hilo Musical bajito y seguimos charlando.

Tenía que ser Kristal quien rompiera el encuentro, o mejor dicho, quien abriera la noche a lo imprevisto, a lo original y ligeramente erótico, a lo políticamente incorrecto.

“Chicos, hagamos algo”
“José Luís, tienes por ahí una baraja”
“Venga, vamos a jugar una partidita de streptease-póker, seguro que nos divertimos”

Fueron más que ideas órdenes. En menos de 10 minutos estábamos los cuatro sentados en la mesa circular con las cartas en la mano  esperando que nuestra organizadora  indicase como continuar.

“Chicos, todos debemos vestir el mismo número de prendas, ocho en total. Los hombres: zapatos, calcetines, cinturón, camisa, pantalón y calzoncillo, y las mujeres: zapatos, medias, camisa, falda, sujetador y bragas. Cada mano perdida nos despojamos de una, en el orden indicado y al quedar totalmente desnudos  abandonamos la partida”.

Estuvimos de acuerdo, rellenamos los vasos y empezamos.  Rosa no sabía jugar, yo, un poco, José Miguel, algo, y Kristal era una experta. Pero en el juego, y más en el propuesto, el azar era quien mandaba.

A pesar de que todos nos habíamos visto desnudos el hecho de llegar a ese punto lentamente y al compás del destino de las cartas, era algo que no dejaba de tener un morbo especial. Por no existir dinero sobre la mesa Kristal propuso ser ella quien repartiera siempre dando las cartas boca arriba y perdiendo la jugada menor.

Empecé mal. A la quinta ronda no tenía ni zapatos ni calcetines ni cinturón. Luego fui mejorando, algo bastante lógico, pasando a perder ropa el resto de participantes. En la jugada 20 me mantenía con camisa y calzoncillos, Rosa con camisa, sujetador y bragas, José Miguel con pantalones, camisa y calzoncillos y Kristal únicamente había perdido cuatro prendas. En la 25 yo seguía igual, Rosa y Kristal en bragas y sujetador y José Miguel en calzoncillos. Lentamente el juego llegaba al final. Perdí prenda, Kristal se despojo del sujetador quedando sus tetitas al aire, José Miguel ya totalmente desnudo abandono. En las siguientes manos Rosa terminó desnudita y lo acompañó en el sofá. Perdí yo. Kristal resulto ganadora, pero en un rasgo de compañerismo se despojo de su mini tanga y se sentó con nosotros. Estábamos desnudos, contentos y ligeramente ebrios.

Rosa se amártelo conmigo y Kristal se volcó sobre su pareja comiéndoselo a besos. Baje la luz, casi por inercia los cuatro nos pusimos a bailar  al compás de la música melodiosa que a esas horas de la noche emitía el Hilo Musical. Al menos yo estaba cerca del cielo. Acariciaba su espalda, jugueteaba con su culito, con sus tetas. Mientras su mano envolvía mi sexo y nuestras lenguas se enroscaban como serpientes. Nuestros amigos, por lo que fugazmente veía, hacían lo mismo. Los cuatro nos encontrábamos en un estado de máximo erotismo en el que todo podía ser imaginado y tal vez realizado. Deje de mirar, de pensar  y deje que mi cuerpo sintiera, viviera.

“Chicos, cambio de pareja”. De nuevo la voz autoritaria de Kristal  rompió el encanto. Sin tiempo a reaccionar se interpuso entre nosotros pasando de tener contra mi pecho los mullidos senos de Rosa a sentir los duros pezones de Kristal, mientras mi pareja se perdía, entre los brazos de José Miguel, en el rincón mas oscuro del salón.

De entrada me corté. Una cosa era bailar en porretas con Rosa y otra muy diferente hacerlo con Kristal a quien casi no conocía. A ella parecía no importarle. Se pegaba como una lapa. Sus pechos se fundieron con mis costillas y una de sus piernas se acopló entre las mías. Era como si bailáramos el más “requemado” de los merengues. Su mejilla en la mía, su lengua en la comisura de mis labios, sus manos descendiendo por la espalda hasta acoplarse sobre los glúteos. Ahí me perdí. Bueno, mejor dicho, empecé hacer lo que ella inició y lo que, pese a la escasa luz reinante, estaban haciendo Rosa y José Miguel. La lujuria de la noche hacía su aparición  sin que nadie la hubiese invitado.

Pase de la complacencia al ataque, al descubrimiento del cuerpo moreno, calido y fibroso que se me ofrecía. Me deleite con su espalda, con su culito abierto a la curiosidad de mis caricias, bese sus pechos, relamí los pezones, baje hasta la oscura sombra que cubría su coñito hoy, por cierto, mas escasa y perfectamente recortada que otras veces. Me empape de su humedad, sentí la invitación a que mis dedos, ávidos de emociones,  se perdieran en su interior. Oí quejidos de placer, de abandono, de permisión a cuanto le hacía. Su ataque inicial dejaba paso a mi iniciativa  y admitía, gozosa, todos mis atrevimientos.

La música, la escasísima luz y la peligrosa situación lograron que mi mente, embotada por el alcohol y la novedad, despertara de golpe. Que fuera consciente  de lo que ejecutábamos. Que se centrara en Rosa y José Miguel dedicados a su placer, al disfrute de sus cuerpos. El la tumbó sobre el sofá y su lengua degusto su boca, sus senos, su cintura, su sexo. Rosa presionaba su polla, la friccionaba, se la acercaba a los labios, se la comía como un enorme pirulí. Caí sobre Kristal y continué con lo mío.

El salón olía a sexo y los gemidos de placer se entremezclaban con la música de fondo. No aguantaba más. Deseaba poseerla y ese afán desmesurado hizo que se rompiera el encanto del momento. Me levante de golpe, junte de nuevo a Kristal y José Miguel, los acompañe a uno de los dormitorios del fondo  mientras Rosa y yo íbamos al nuestro.

Tenía el sexo humadísimo. Me montó e inició una cabalgada divina corriéndose una y otra vez mientras recordaba todo lo vivido, lo tantas veces imaginado, lo que siempre nos excitaba al máximo. Nos dormimos exhaustos, desnudos, pero eso si, muy felices.

Me levante temprano. Compre bollos para desayunar, arregle la casa y espere que fueran apareciendo. Primero Rosa, luego Kristal y finalmente José Miguel. Habían pasado por la ducha y se mostraban frescos y hablantines, como si la noche anterior no hubiese existido o como si lo entonces vivido fuera de lo más natural del mundo. Kristal volvió a tomar la palabra y alabó la casa, el gabinete de masaje, nuestra hospitalidad. Nos invitó a Gijón, programó el próximo viaje a León e hizo planes para visitar, en verano, las playas asturianas. Entre besos y abrazos se despidieron

Regresamos a la cama a continuar la batalla sexual inacabada. Con mi sexo en su coñito enumeramos cada una de nuestras hazañas nocturnas. Rosa se excitó al recordar como fue tocada, acariciada, penetrada. Como masturbó a su pareja con las manos y la boca. Como se corrió este entre sus pechitos. Con solo pensarlo una cascada de orgasmos  le recorrieron su cuerpo. Se durmió idealizando aquella bonita reunión con nuestros nuevos  amigos que empezó como un juego de cartas y terminó como  desvarío sexual. Soñó con todo eso y más, con todo lo que a partir de ahora podríamos experimentar, vivir, gozar, sentir.


sábado, 13 de agosto de 2011

EL COLCHON

 Porque no le haría caso. Casi tres años diciéndome lo mismo, no desde el primer día pero si en cuanto tuvo un poco de confianza y empezó a pasar los fines de semana en casa: “José Luís, este colchón esta hecho un desastre, deberíamos comprar otro nuevo “, comentaba tras nuestra cotidiana ración de sexo. Yo daba largas  a la idea

Cada dos o tres meses visitábamos algún gran almacén  y perdíamos varias horas viendo todo lo novedoso de la sección “Dormitorios”, pero bien los modelos no nos gustaban o, lo más normal, yo posponía la compra alegando cualquier problemilla.

Soy un divorciado que dentro de dos semanas cumpliré 63 y desde hace siete, pertenezco al glorioso grupo de los prejubilados, o lo que es lo mismo, ni debo trabajar ni alejarme de la ciudad en que vivo pues así lo ordena la reglamentación laboral de mi antigua empresa. Hasta hace dos años vivía, comía y dormía solo, leía mucho, hacía ejercicio, salía con mis amigos, tomábamos, diariamente, unas ginebras con tónica, discutíamos de fútbol, política o mujeres y por la noche me acurrucaba en esa cama grande, casi tan veterana como yo, incluida, como otras muchas cosas, en la casa que vivo, me hundía en su parte central, muy deteriorada por el uso y allí dormía el sueño de los justos.

Todo hasta un  16 de Octubre en que, para celebrar la finalización de un curso de masaje en el que me había apuntado,  caí en los brazos de Rosa y como conclusión, sobre los muelles de la vetusta cama. 

El primer lance, fue desastroso. Las muchas copas, la novedad de la acción, ya casi olvidada, la agresividad de la dama y la poca consistencia del lecho, condicionaron un fallo estrepitoso, pero eso no impidió su loca idea inicial de repetirlo. Por la mañana mejoré, y por la tarde casi regrese a mis mejores días.

De aquella extraña noche surgió un amor desigual, ella con 38 años y yo, como dije, con muchos mas, una pasión desenfrenada guiada por nuestra sexualidad desbordante y el deseo de poseernos en cualquier momento y a toda hora del día.

En mis tiempos juveniles no había sitio que no fuera bueno para un revolcón aceptable, pero con los años, aunque no perdí el deseo si mejoré en comodidad Podía ser  el sofá, la alfombra del salón, o la tumbona de la terraza, pero la cama, y sobre todo la mía, modelo extra grande, no tenía rival. Bueno  tenía el inconvenientes de estar desfondada y el engorro que ello condicionaba, por estar los listeros laterales algo más elevados que el colchón solíamos golpearnos, al salir,  las rodillas,  los brazos, o la espalda.
   
   
.- José Luís, deberíamos comprar uno nuevo.

Cada trimestre la misma cantinela  e idéntico  recorrido por las diferentes tiendas especializadas. Que si es muy duro, o muy blando, que si es de látex  o de muelles o mixto, que porque no lo dejamos para la primavera, o el otoño, o las rebajas. Nunca estábamos de acuerdo. Un mal día se planto.
      
 .- José Luís me dijo, o lo compramos ya o no vuelvo a dormir contigo  en esta porquería.

Era un ultimátum serio. El fin de semana salimos y a las 10, cuando el Corte Ingles abría sus puertas, en vez de, como siempre, ir al departamento de libros, fuimos al de colchones, yo, de mal humor, ella, pletórica. Se puso más cuando el dependiente resulto ser un antiguo amigo suyo.

Perdí la cuenta de cuantos vimos, de sus ventajas, sus cualidades, sus precios. Su solicito amigo allanaba cualquier pequeño problema. Que ellos mismos se harían cargo del antiguo, que en menos de dos semanas lo tendríamos en casa, que podríamos pagarlo en cómodos plazos y sin recargo, que era una suerte haberla visto de nuevo después de tantos años, que.... O sea, que lo compre.

Había que celebrarlo, primero con una excelente comida y luego con una digna despedida sobre aquel que, tantas veces había resistido el envite de nuestro desafuero sexual.

Aterrizamos sobre su maltrecha estructura como llegamos al mundo e iniciamos un ritual erótico de lo más salvaje y agresivo. Que si yo sobre ella, que si ella sobre mi, que si yo por detrás. Lo que más le gustaba era cabalgarme, llegando, en ciertas noches de pasión, a desplazar medio metro la cama de la pared cabecera. Ese día estaba violenta. Los riñones empujaban su cuerpo sobre el mío y los pechos se balanceaban ante mis ojos,  estábamos  al borde del orgasmo.

No llegamos. Cuando ella dio un chillido de placer,  yo lance otro de dolor. Uno de los innumerables muelles tuvo a bien romperse en aquel momento, atravesó la parte superior  y se clavó sobre mi glúteo derecho. A  parte de la caída en picado de mi sexo  lo peor fue una mancha rojiza y viscosa que lentamente fue extendiéndose y penetrando sobre el querido colchón, certificando así  su ya real defunción.

Me llevaron, desnudo y ensangrentado, al Hospital Central donde, entre risas y  bromas del personal femenino,   tuve que explicar  la curiosidad de la herida,  sufrir una dolorosa intervención de limpieza y cosido, pero lo peor, enterarme, por terceros,  que Rosa me había dejado por el dependiente, antiguo amigo suyo, o mas.

Estoy otra vez solo, tengo una fea  cicatriz en el culo, y  lo más importante,  en mi dormitorio hay ya, por fin,  un colcho nuevo.

viernes, 15 de julio de 2011

PRINCESS GARDEN. HOTEL NUDISTA

Tardamos en llegar, pero llegamos. Con calor, hambre, tras haber viajado 10 horas desde Oviedo hasta Alicante y perder otra más en el pueblo de Alfaz del Pi, preguntando a guardias, peatones y taxistas donde estaba el Hotel Princess Garden, por fin, rumiando un cabreo monstruoso por mi parte, nos plantamos ante la reja de entrada, rezando a todos los santos del cielo, que fuese allí donde iba a celebrarse la 30 Asamblea Anual de la Federación Española de Naturismo.
Aun hoy, pasado más de un mes, y de nuevo recluido en las montañas brumosas de Asturias, no tengo muy claro el porque acepte representar ANAPA, asociación naturista a la que pertenezco, al citado evento. Hasta ese día era un socio mas, alguien que desde hacía siete años pagaba religiosamente la cuota y que, de tarde en tarde, asistía, a los SPA´s nudistas que, casi como única actividad, se celebraban en el rimbombante Palacio de las Nieves, hotel de La Felguera que para tal fin nos cedía sus instalaciones, pagando, eso si.
La realidad fue que, por expresa petición del Vicepresidente, con el informe del año 2010, francamente desfavorable y sin nada positivo que exponer, Rosa y yo íbamos a penetrar en un mundillo naturista del que, siendo realistas, apenas nada conocíamos, y cuyos participante, a excepción del Presidente y su mujer, no sabían nada de nosotros. Pero, como mas tarde comprobamos en el transcurso de las diferentes reuniones, si conocían sobradamente ANAPA y nos creían, craso error por su parte, dignos representantes de la misma.

Un morenito abrió la cancela, nos indico donde aparcar el coche y, como si nos conociera de toda la vida, ya que solo nos pidió los nombre, pero ningún otro tipo de documento de identidad ni tarjeta de crédito, nos dio una llave y canturreo algo así como: “Su cuarto es el número 6, justo al fondo de la piscina, que lo disfruten”.
Mi cabreo inicial iba en aumento. Al calor, al sudor y al hambre, había que sumar el arrastre de las maletas, las bolsas de viaje y el portátil, todo ello buscando la cabina nº 6. Rosa, detrás de mi, ahora ya mas contenta, no acarreaba mas que un bolsito pequeño con sus móviles y una botella de agua mineral fría, recién comprada en el pueblo mientras yo luchaba por saber donde se ubicaba el susodicho hotel.
El ver la piscina hexagonal, con un minarete-tobogán en el centro, fue menos sorpresivo que observar como Suca, una de las muchas nudistas que placidamente tomaban los últimos rayos de sol de la tarde, mujer de Ismael, Presidente de la FEN, se levantaba, como impulsada por un resorte, llegaba hasta mi, me echaba los brazos al cuello y en su castellano-filipino de lo mas peculiar, empezaba a preguntarme por el viaje, lo fácil de la llegada, el donde había dejado a Rosa, el porque no me bañaba. La rápida intervención de Ismael y mi subsiguiente presentación al resto de los miembros de la Junta Directiva, suavizo mi entrada en el mundo nudista y, como por arte de magia, hizo que mi mal humor, se evaporara.
Llegamos a la cabaña nº 6, nos despelotamos y en menos de un minuto ambos estábamos refrescándonos en la piscina. “La cena es a las 9,00“oímos de lejos a Suca, refiriéndose a los rezagados que, como nosotros, seguíamos en remojo.
¿Se cena desnudo o vestido? Fue nuestra primera duda antes de salir al comedor. “Mejor vestidos” sugerí. Casi acerté. Menos una pareja que empezó la cena en pelotillas y la termino envueltas en sendos pareos, el resto de los participantes iban vestidos de forma casual. “Mañana el desayuno es a las 9,00 y la reunión empieza a las 10,00” nos recordó Suca cuando alegando el cansancio propio del viaje, nos despedimos antes de irnos a la cama.
Por aquello de la novedad a las 7,00 estaba en pie y cinco minutos mas tarde hacía largos en la piscina. No era el único madrugador. Media docena de congresistas se desperezaba, o estiraba, haciendo una sesión de Tai-Chi matinal. A las 9,00 todos empezamos a conocernos durante el desayuno. No éramos los únicos primerizos. Los representantes del Fenoll, los murcianos y los andaluces también eran nuevos en este tipo de eventos.
Empezó el Congreso y, salvo por el hecho de estar todos desnudos, se desarrollaba como si fuera uno de Geología del Jurasico Medio. Tomo la palabra el Presidente, luego el Vicepresidente, el Secretario y por último el Tesorero. Hubo, como no, un “Coffe time”, y a continuación un turno de preguntas, ruegos y sugerencias. Se hizo un alto para refrescarse y comer para así, por la tarde poder cerrar todas las cuestiones pendientes. La cena fue ese día mas relajante, entre otras cosas porque ya todos nos conocíamos y porque durante las reuniones no surgió ningún tema conflictivo. Como dijo la murciana, “Ha sido Congreso de consenso, donde todo se aprobó a mano alzada.”
El día siguiente lo dedicamos a ratificar lo ya aprobado y a certificarlo con una excelente paella alicantina y unas brevas con jamón serrano. Tras ello la gente se fue desgranando, en función de la lejanía de su punto de destino, de su trabajo o de sus necesidades familiares. Rosa y yo nos quedamos tres días más en el hotel, yo por estar jubilado y ella por haber pedido esa semana de vacaciones.
La mañana del lunes comprobamos que el Princess Garden sería, algún día, un populoso hotel nudista pero ahora era solo un lujoso centro de recreo para seis clientes. Un par de holandeses, dos tortolitos sevillanos y nosotros. Los andaluces desaparecieron tras la comida y todo quedo para uso exclusivo de los nórdicos, que por vivir en la cabina nº21, se situaban al Norte de la piscina y nosotros, dueños absolutos del Sur. A media mañana, y procedente de una de las dos torres que enmarcan la zona de baño, surgió, con su hijo, Candela, Candy para los amigos, mujer de Jorge, Gerente del Complejo, nacido en Holanda pero recriado durante muchos años en Gran Canaria, lugar de nacimiento de Candy. Se situó, a modo de frontera, entre el personal nórdico y el castellano, se despeloto, como todos, se embarduno de crema y se repantingo en una hamaca.


Comimos solos. Esto siempre invita a la confraternización. Daisy, la única camarera, era de origen búlgaro y hablaba, al margen de su idioma natal, castellano, ingles, alemán y holandés, su pareja, Johnny, dominicano hacia todas las labores duras del Resort, al margen de manejar el bar y servir las bebidas. El cuarteto se completaba con Paula, cocinera nacida en Cangas de Narcea y Merche ama de llaves y encargada de limpieza, nacida, por aquello de cambiar, en Benidorm. Al termino del almuerzo ya sabíamos que los des holandeses se llamaban Katherine y Frederick, eran representantes de dos grupos de operadores holandeses especializados en turismo naturista y solo chapurreaban algo el castellano. No comían en el hotel y se dedicaban a conocer la zona y sus posibilidades. Si cenaban y solían tomar algunas copas, o muchas, por la noche.
Como nos habían dicho llegaron a cenar muy pronto, muy vertidos y repartiendo sonrisas. A la distancia brindaron con nosotros y al despedirse nos saludaron con un macarrónico “Buenas Noches”. Cuando dos horas después nos fuimos a la cama los encontramos junto a la piscina tomándose dos copas irreconocibles a la distancia y, de nuevo, la levantaron a modo de saludo y amistad.
El martes fue un calco casi perfecto del día anterior: sol, baño, sombrilla, hamaca y mucha paz. Los holandeses al norte, Candy y su hijo en el centro y nosotros al sur. Las tres mujeres, embadurnadas de crema, ampliaban su bronceado integral sobre sendas tumbonas, yo, bajo la sombrilla, leía una novela policiaca y Frederick, con su inseparable jarra de cerveza en la mano, daba vueltas a la piscina. Eso sí, cada vez que se cruzaba con nosotros levantaba su vaso y sonreía ampliamente. Al final acerco una silla junto a Rosa e inicio con ella, nadie sabe en qué idioma, una charla mímica monosilábica. Tras su desaparición vespertina, la pareja, como el día anterior, se presento a la cena de punta en blanco, levantando una y otra vez sus copas cada vez que nos cruzábamos las miradas.
Nuestro último día éramos dos náufragos en la piscina. Ni los holandeses ni Candy ni nadie vino a turbar nuestra soledad. Por la noche, al llegar al comedor-terraza vimos a los nórdicos comiéndose una suculenta, y enorme, paella. No fue lo único ya que a continuación atacaron una ensalada mixta aderezándola con una nueva botella de vino. Al terminar pidieron sendas copas de licor y viendo que nosotros, ya más frugalmente cenados, iniciábamos la retirada, llamaron a Daisy para decirle que nos invitaban a otra copa con ellos. Aceptamos.
En un inglés macarrónico, con muchas muecas e infinitos gestos, mal que bien fuimos comunicándonos. Todo muy bonito, muy tranquilo, mucho calor. Por quedar bien invite a una segunda copa. Katherine y Frederick sudaban a chorros. Nosotros no, ya que a diferencia de ellos solo vestíamos un pareo que, a esas alturas de la noche, teníamos ya arrollado en la cintura. Creo que fue Katherine, enorme como era, quien propuso ir a tomarla en la piscina, y allí fuimos. Tal vez por cercanía al restaurante ocupamos una mesa en la zona norte, próxima a su cabaña; en un abrir y cerrar de ojos, ambos desaparecieron para surgir, de inmediato, desnuditos y sentarse en la mesa a beber todos juntos.

Siempre opine, contra la inmensa mayoría de los naturistas que hasta hace unos días nos acompañaban, que el desnudo aboca a la sexualidad, que dos cuerpos desnudos se atraen, mas si son pareja, pero siempre surge entre ellos, aunque sean desconocidos, una corriente de deseo que termina juntándolos. Desconocedores de mis ideas, pero confirmándolas, Rosa y Frederick se sentaron en un extremo de la mesa, Katherine y yo en el opuesto. No sé que hablaban los otros, nosotros de nada, nos mirábamos, sonreíamos, bebíamos y yo me extasiaba antes sus grandes y hermosas tetas. Esa fijación hizo que no me enterara cuando ellos se levantaron y se metieron en el agua y solo cuando Katherine me cogió de la mano y me arrastro a la piscina.
Las noches anteriores, bien por el cansancio y los nervios de las primeras, bien por la soledad de las últimas, nunca me percate ni del entorno ni de la iluminación, tanto externa como interna de la pileta. Ahora, arrastrado por la potente holandesa, me perdía en un agua verde azulada en un recinto lleno de recovecos y con un techo en partes estrellado y en otras oculto por el ramaje de las palmeras. Mi frenesí poético desapareció casi de inmediato pues Katherine, sin mediar palabra, me sujeto contra el borde, me abrazo, metió una de sus piernas entre las mías, junto nuestras bocas y, sin oposición por mi parte, nuestras lenguas se enrollaron como serpientes. Eran besos cálidos, húmedos, sobre todo húmedos, roces provocativos caricias directas. Me olvide de Rosa, que sin duda hacía lo mismo que nosotros y me centre al aquellas tetas orondas, morenas, carnosas, en su coño rasurado y abierto, en su espalda, en su culo casi abierto para mí. Igual que me arrastro al agua me saco de ella. Sin hablar, me tomo de la mano y chorreando agua entramos en nuestra cabina.
No sé si nos secamos, pero si que llegamos a la cama y cayó de espaldas sobre ella abriendo a tope las piernas. En ellas me amorré. El sabor a sexo y a cloro se mezclo en mi boca con el gusto amargo de la ginebra. Una serie de ruidos guturales y dos fuertes golpes de cadera dieron paso a una serie de orgasmos en cascada aderezados por un líquido vaginal caliente y ligero. Cayó a mi lado como muerta, pero no, sin apenas descanso se volcó sobre mi pene y usándolo a modo de piruleta consiguió que aquel guiñapo, medio atrofiado por los años, las ginebras y la noche, resucitara, convirtiéndose en una fuente de la que fluía abundante y espeso semen. Nos derrumbamos y nos dormimos.
Al despertarme era Rosa quien dormía plácidamente a mi lado. Salí hacer unos largos en la piscina y volver la encontré, como si nada, haciendo las maletas. Fuimos a desayunar, nos despedimos de todo el personal del hotel, prometimos regresar al año próximo y partimos hacia Oviedo. Nuestras mini vacaciones-congreso habían finalizado.
Conduzco casi por inercia. Ante mi casi 900 kilómetros, 10 horas al volante, calor y mucho tráfico. Rosa dormita en el asiento del copiloto, casi la noto sonreír. Sueña sin duda con la noche pasada. Recuerda como el enorme y tatuado holandés, sin decir palabra ni acabar su bebida, la alzo de la silla y la introdujo en la piscina. Allí la acaricio, le sobo las tetas, metió sus dedos en el coño. Ella, a la vez, enarbolo su pene que, como por arte de magia, crecía y crecía entre sus dedos. Con el mismo ritual que a la entrada, la extrajo ahora del agua, y como si fuera una pluma la llevo en volandas hasta su cabina, mejor aun hasta su habitación, hasta su cama. Estaba muy húmeda, muy caliente. Ni cuenta se dio cuando Frederick la ensarto e inicio una serie de movimientos de elevación y descenso sintiendo cada vez más rico y profundo el poder de su falo. No recuerda cuando se levanto, dejo su habitación y amaneció en la suya. Rememora la noche como un sueño lujurioso, emocionante e irrepetible. Algo que solo puede darse una vez en la vida cuando se unen, por azar o designio divino, el desnudo, el calor, el sexo, un deseo irrefrenable de placer y un entorno paradisiaco que mezcle todos y cada uno de los anteriores ingredientes.

El sol y el cielo azul que nos vienen acompañando desde Alicante desaparecen al pasar el Negrón. Hemos llegado Asturias y las nubes nos saludan de nuevo como viejas conocidas. Entramos en otro mundo. No tan diametralmente diferente como el que describía Clarín en La Regenta, pero si distinto al vivido en el Sur la última semana. Sera un hito a repetir, aunque sin duda la próxima vez no encontraremos una pareja de holandeses que nos ofrezcan un fin de fiesta como el ya vivido.

viernes, 7 de enero de 2011

TANTRA PARA PRINCIPIANTES

Llovía. Es mas, el agua iba acompañada de un viento frío que hacía casi imposible protegerse de ella. Para colmo la entrada a Gijón estaba colapsada por una manifestación laboral que, a base de neumáticos quemados, desdibujaba la decoración navideña de las calles. Era 21 de Diciembre, la víspera de mi viaje a Madrid y, en vez de estar preparando plácidamente las maletas viendo un partido de fútbol y saboreando un gin-tónic helado, paseaba con Rosa a la espera que el reloj marcase las 8 y asistir, a esa hora, a la fiesta de entrada del Solsticio de Invierno que iba a celebrarse en casa de su amiga Marina. Como broche de oro, no podría beber ya que el festejo era medio naturista y por ley debía conducir sobrio hasta Oviedo una vez el evento finalizase.
En el centro de una mesa circular, profusamente iluminada por velas, una gran tartera de barro esperaba que la veintena de personas que se arremolinaba en la sala fueran quemando, y depositando en su interior, los buenos deseos para el 2005.
Tras un breve período de meditación y unas palabras de salutación de la anfitriona, fuimos arrojando, hechas pedazos, nuestras aspiraciones para el año entrante, a la vez que expresábamos, de forma verbal, algún pensamiento de paz y amor. Luego, los asistentes, como en cualquier fiesta navideña, nos congregamos alrededor de dos mesas llenas de aperitivos y bebidas.
Yo no era el centro de atención, pero casi. Acompañaba a Rosa y no pertenecía al entorno de los allí presentes. Era un extraño de la adivinación, el Tarot o el esoterismo, alguien llegado del mundo exterior y del que todos, o mejor dicho todas, querían saber. ¿Cómo conocí a Rosa?, ¿A que me dedicaba?, ¿Si me aburría o no en aquel ambiente peculiar?
El no beber, el orientar las conversaciones hacía temas culinarios y el ofrecerme como camarero desinteresado, llevando comida y bebida hasta los más alejados del buffet, hizo que en poco tiempo los reconociera y que, como conclusión, finalizara la noche en el grupo de los amigos predilectos de Rosa. Tanto ella como Mamen, Marina y un tal Manuel, dedicado a la quiromancia pero que en un momento de descuido apareció con dos botellas de vino de Toro y en otro medio me leyó la mano prometiéndome un estudio más completo en otra ocasión, hablaban de sus cosas, su trabajo y sus proyectos futuros. Yo asentía de forma profesional como si de verdad estuviese metido en el tema.

.- Deberíamos hacerlo, oí como Manuel comentaba algo a Mamen.
.- Si, intervino Rosa. José Luis conoce a una chica, cerca de Oviedo, que acaba de asistir a un curso de Tantra, tal vez pueda asesorarnos.
Sus miradas se dirigieron a mí y yo, con una cara de absoluta candidez, prometí que, a mi regreso de Madrid, contactaría con Mónica y en la capital compraría algún libro para poder ir conociendo los entresijos del tema.
.- Con cuatro parejas será suficiente, explicaba Manuel. Rosa, José Luis tu y yo, decía dirigiéndose a Mamen, Marina, con alguien más y Mónica con un compañero.
.- Bueno y también podemos cambiar de pareja comentó Mamen mirándome a los ojos.
La conversación, que empezaba a ser prometedora, finalizó de golpe con la llegada de una de las invitadas. Nos avisaba que ya era tarde y había dejado de llover. Con una serie de besos, buenos deseos y espíritu de reencuentro a mi regreso, salí con el convencimiento de haber asistido a la entrada del invierno de la forma menos convencional posible.
Hacía muchísimo frío. Corría por la Universitaria intentando eliminar las muchas copas de Nochebuena y Navidad cuando aquel comentario de Manuel, apoyado por Mamen, sobre la sesión de Tantra, me vino a la mente. Por lo general cuando troto pienso en cosas rarísimas que jamás llegan a concretarse pero evitan el aburrimiento del ejercicio monótono y repetitivo. Son situaciones cambiantes, de cortísima duración y siempre con una elevada dosis de sexualidad. “Debo comprar algún libro” me decía y seguro que después lo hablado en casa de Marina se hace realidad. Poco a poco el frío fue desapareciendo, empecé a sudar, llegué a casa, me duche, pero la idea de sesión de Tantra se mantuvo en mi mente.
Gaste unos días recorriendo librerías, consultando anaqueles, viendo la gran cantidad de libros existentes sobre el tema. Al final, me decidí por dos y, pese a lo elevado del precio, los compré. Seguro, pensé, el grupito estará encantado con mi adquisición. Al ir adentrándome en su lectura iba dándome cuenta que el Tantra tenía un transfondo filosófico de lo más erótico. Si lo que explicaba uno de ellos lo llevábamos a la práctica, la sesión podría alcanzar grados de sexualidad difíciles de controlar. Bueno, supuse, tal vez sea eso lo que quieren. La idea repentina, la compra y el conocimiento aplacaron mi curiosidad. La inminente llegada de los Reyes Magos hizo que mi cabeza se orientase hacía otros derroteros y así, mi estancia en Madrid finalizó. Rosa me esperaba en la Plaza de la Gesta. Como la vez anterior con comida para un regimiento y unas ganas locas de recuperar el tiempo perdido. Pasamos la tarde en la cama y lamentamos que el fin de semana debiera dedicarlo a mis clases de osteopatía pero con la ilusión de tener para nosotros las noches y en ellas, aparte de hacer el amor, comentar lo hecho durante nuestra larga separación.

Marina se nos adelantó. Apenas si llevaba una semana en Oviedo cuando contactó con Rosa para, como acordamos en Diciembre, reunirnos. En principio para celebrar su pasado cumpleaños, y luego para continuar y mejorar la fiesta de la entrada del invierno. No fue difícil convencerla de que la reunión, en vez de en Gijón, se celebrara en mi casa. Yo aportaría la comida y el “trago duro” y el resto llevaría refrescos y aperitivos. Los invitados correrían de su cuenta y Rosa nos coordinaría. Fuimos casi los mismos y, como suele suceder, al final terminamos juntos los de siempre. Rosa, Mamen, Manuel, un tal Alberto, que yo desconocía y acompañaba a Marina, y dos amigas suyas también venezolanas. Lo que se inició con bebidas suaves y jugos naturales estaba acabando con vino de Toro, gin-tónics y sidra El Gaitero.
Fue Manuel quien sacó el tema.
.- ¿Qué pasa con la sesión de Tantra? ¿Contactaste con aquella chica que hizo un curso en Gredos durante el puente de la Constitución?. ¿Lo hacemos o no? Comento mirándonos a todos.
Eran preguntas hechas al hilo de un dialogo distendido que captaron la atención de los contertulios. Yo, salvo los libros hojeados por encima, apenas si tenía respuestas que aportar. Los restantes, al igual que sucedió un mes antes, se entusiasmaron con el tema.
.- Venga, José Luis, móntalo y que te ayude Rosa, dijo Mamen, además tienes mucho tiempo.Marina puede aportar su casa. Participaríamos todos nosotros y Mónica la chica del curso.
Salvo las dos venezolanas el resto aceptó, y yo quede nominado para preparar una sesión de Tantra coincidiendo, como no podía ser de otro modo, con la llegada del Carnaval. Cuando hable con Mónica ya había leído “El Arte del Tantra”. Por una de esas casualidades de la vida resultó que Guillermo Ferrara, su autor, fue quien le dio el seminario en Diciembre. Quedo claro, entre ambos, que sin un conductor experimentado, deberíamos preparar una sesión más ligera, en la que se desarrollaran técnicas preliminares y no se entrase en actuaciones muy especificas. Me encargue de elaborar un pequeño guión que más adelante puliríamos y ella montaría un CD con la música y la voz en Of. conductora de los tiempos. La sesión cubriría un día entero en periodos de mañana y tarde. De esta forma cada pareja tendría dos horas uno y dos el otro para poder completar el ejercicio, e idénticos periodos, pero cambiando de pareja, para por la tarde. Como se acordó, Marina se ocuparía del local, la decoración, bebidas y comidas. Los gastos de repartirían entre todos.
Mi trabajo fue muy simple. Con ligeras variantes venía descrito en el libro de Ferrara en lo que se definía como “Ritual Mizithuna”, si bien la última parte, por indicación de Mónica, y falta de tiempo, se eliminó. Empezaríamos con una “Purificación del Cuerpo” a base de baño y aceites, luego en la sala común tendríamos un primer periodo de “Respiración Relajante”, mas adelante una “Preparación Sensorial” y por último un “Conocimiento Corporal”. Cada periodo concluiría con la repetición del Matra OM y un breve tiempo de relajación. Por comodidad decidimos que la única vestimenta sería un pareo. Las mujeres se lo ceñirían al cuello y los hombres a la cintura. De esta forma podría ser fácilmente eliminado en la Fase del Despertar de Sentidos y en la del Conocimiento Corporal.
El día señalado amaneció gris, lluvioso y sombrío. Las semanas anteriores fueron un continuo ir y venir de los diferentes participantes a mi casa, un querer conocer lo que, sobre el papel, sucedería, un concienciarse, de antemano, de todo lo referente al Ritual Tantra, un eliminar los pudores y miedos que el desnudo integral podría ocasionarles.
Marina se lució. El salón estaba diáfano. Ocho colchonetas cubrían el suelo, múltiples gasas caían del techo y disimulaban las ventanas. Una treintena de velones daba al recinto una luz cálida y ambarina.
Hubiese sido perfecto tener un amplio aseo donde podernos bañar y cubrirnos de aceite, pero debimos contentarnos con el servicio de hombres y el de mujeres. Como siempre fui el primero en salir. Limpio, brillante y envuelto en mi pareo negro floreado, llegue a la sala y aguarde que fueran apareciendo el resto de los integrantes. Uno a uno los hombres se situaron frente a las colchonetas. Las mujeres llegaron juntas, muy elegantes bajo sus pareos coloristas. Los emparejamientos estaban cantados. Rosa y yo, Mamen y Manuel, Marina y Alberto, Mónica y Tomas. Me situé en uno de los extremos con Mamen a mi derecha, Marina detrás y Mónica en diagonal, junto al aparato reproductor. “Tumbémonos”, dijo esta al tiempo que se iniciaba una mezcla de música y palabras en la que estaríamos embebidos el resto del día.
.- Respirad conscientemente. Tomar aire por la nariz y expulsarlo por la boca. Se oía entre la música
.- Dejad vagar la mente. Concentrarla en cada parte de vuestro cuerpo.
La voz se perdió dejando que cada uno siguiese sus propios impulsos. La música de fondo lo envolvía todo.
.- Sentaos por parejas. Uno frente al otro y unciros de aceite las manos.
Quede frente a Rosa que, como de costumbre, sonreía maliciosamente.
.- Haced ahora que vuestras manos conozcan el cuerpo de vuestra pareja. Empezad por los dedos, las manos, los brazos, el cuello, la cara, los hombros, el pecho.
Sentí las suyas entre las mías, note como recorrían mi cuerpo, como se recreaban sobre mi piel. Hice lo mismo. Al principio abarque las zonas de carne libres del pareo pero, poco a poco, se fueron sumergiendo por debajo comprobando la turgencia de su pecho, la erección de sus pezones. Nos mirábamos a los ojos mientras nos acariciábamos. De reojo observé al resto de las parejas. Todas hacían lo mismo. Todas vibraban al son de aquel ambiente sugerente y enrarecido por la música.
.- Tumbaos. Uno boca arriba mientras el otro, a su lado, inicia la fase del masaje o del Conocimiento Corporal.
Obedecimos al mandato de la voz. Rosa se acostó sobre la colchoneta al tiempo que deshacía el nudo del pareo bajándoselo hasta la cintura. Mamen hizo lo mismo y yo quede absorto ante aquellos pechos que se me ofrecían a la vista. Unos grandes, potentes, otros pequeños y juguetones. Fui distribuyendo aceite. Al contrario que en otras ocasiones, en las que le había dado masaje, ahora mis manos era instrumentos de placer y su cuerpo solo deseaba recibirlo. Vi como sus pezones se contraían, como ligeros espasmos la sacudían, como se abría al roce de mis dedos. El clímax subía con la música. Cada uno se iba olvidando de quienes le rodeaban dedicándose en exclusiva a quien tenía ante él.
Sin prisa, con delicadeza, separé por completo el pareo de su cuerpo dejándola totalmente desnuda. No dijo nada. No se movió. Mis caricias iban ahora desde la base de la cara hasta la planta de los pies. Recorrían el interior de los muslos, se perdían entre su pelo púbico, rozaban, a penas, los labios mayores de su vagina. Mire a mí alrededor y comprobé que el resto de las parejas estaban como nosotros. Mas aun, Mónica, que era quien daba el masaje, se había desprendido a su vez del pareo. Volví a comparar los cuerpos de Rosa y Mamen. La cintura de una y de la otra. La negra frondosidad que rodeaba el sexo de Mamen junto a la impúdica ausencia del de Rosa, apenas cubierto por una pelusilla.
Desaté y eliminé mi pareo mientras le presionaba el Segundo Chacra, el del placer y el manejo de la energía sexual, situado 8 centímetros por debajo del ombligo. Fue un acto reflejo, incontrolado. De ahí baje hasta su sexo. Estaba húmedo, caliente, palpitante y mis dedos se perdieron en su interior. Vi como se retorcía de gusto, como una serie de orgasmos en cadena recorrían su cuerpo y un torrente de flujo vaginal inundaba mis manos. Se ha corrido en presencia de todos, pensé, como siempre dijo que le gustaría hacerlo.
.- La primera parte del Ritual Mizithuna a finalizado. Repitamos 7 veces el Mantra MO y entremos en una fase de relajación.
La voz rompió nuestro ensueño indicándonos que aquella fase había concluido.
A estas alturas del ritual los ocho participantes nos veíamos desnudos y, lo que era mejor, relajados y contentos.
.- Descansemos un poco, dijo Mónica, bebamos algo antes de continuar.
Unos como estaban y otros con el pareo por la cintura, nos acercamos a una mesita supletoria. Nadie comentaba lo vivido.
.- Sigamos, dijo Mónica, y que ahora de masaje quien lo recibió.
Me tumbé ante Rosa quien, sin ningún pudor, me despojó del pareo y se quitó el suyo, lo mismo hicieron los restantes. Miraba, desde el suelo, a Rosa y a Mamen, tan distintas e iguales, las dos dispuestas a dar placer a quien antes se lo había regalado. A pesar de que la voz en Of. y la música eran idénticas a las de la primera parte, Rosa empezó a saltarse, casi desde el principio, el ritmo indicado. Bueno, ella y los demás. Se centro sobre mi sexo, lo acarició, masajeó, friccionó. Vio como empezaba a crecer, a revivir. Como emergía inhiesto entre la maraña de pelos que lo adornaban. No sé el tiempo que paso pero si que mi órgano vibraba e intentaba no desparramar el semen que contenía. Al final, como le pasó a Rosa, no pudo más y explotó. Un líquido blanco, caliente y viscoso se extendió entre sus dedos.
.- Relajaos y descansad.
Oí de repente mientras Rosa se tendía a mi lado.Eran más de las tres. Llevábamos juntos unas cinco horas y nos parecía que el tiempo se había detenido.
.- Comamos algo, sugirió Mónica. Por la tarde continuaremos.
Informalmente, cubiertos por los pareos nos sentamos a consumir unos emparedados vegetales, algo de fruta y zumos naturales. Hablamos poco, todos deseábamos continuar.
.- Cambiemos de pareja, dijo Mónica.
Era algo previamente pactado y a nadie le extrañó. Quede con Mamen y Manuel con Rosa. Como por la mañana unos al lado de los otros. El ritual, la música, la voz en off, volvieron a ser los mismos, salvo que ahora, quien recibía el masaje estaba boca a bajo.
Mamen se situó a mis pies y, con la misma delicadeza que utilicé con Rosa, le desprendí del pareo. La contemple desnudita, muy delgada, con un culito respingón y unas piernas larguísimas. Fui extendiendo el aceite con lentitud, procurando apenas rozarla, deslizando mis manos por su espalda, sus glúteos, sus pantorrillas, sus pies. A la derecha Rosa ofrecía su opulencia a un Manuel laborioso al principio y entregado después.
Como me ocurrió anteriormente, termine concentrándome en la parte inferior. Bajo el roce de mis caricias sus glúteos se estremecían, se erizaban. Al recorrerle la grieta sagrada se medio abrió ofreciéndome un ano oscuro y palpitante, brindándomelo para el roce de mis dedos traviesos. Casi ni la conocía. Siguiendo el ritual de la voz empecé a presionarle el Primer Chacra, entre el ano y los genitales, y noté que la humedad sexual la invadía. Como a Rosa la excitación la estaba poseyendo. No sabía si seguir o detenerme. Continué acariciándola, sentí sus jadeos, la vibración de su cuerpo. Ahí me detuve. No la penetré ni la masturbé, aunque ella debió sentir sensaciones similares. A Rosa le ocurría lo mismo. La observé con las piernas abiertas y el culo en pompa dejándose acariciar, sobar, penetrar por las ya experimentadas manos de Manuel. Lo que estábamos haciendo era casi una orgía.

.- Relajaos.
La voz detuvo la sesión e indicó el cambio de posición de las parejas.Quedé desnudo y boca abajo. Mi espíritu observador perdía así gran parte de sus posibilidades.
Sentí como Mamen distribuía el aceite sobre mi cuerpo y, al igual que Rosa, casi de entrada se centró de entrada en mi culo. Presionó los glúteos, movió sus dedos por la raja central, los subió luego por el interior de las piernas, por último, como yo le había hecho, empezó a presionarme el Segundo Chacra. Me abrí al máximo ofreciéndole mis genitales a sus caprichos y hacia ellos dirigió su empeño. Los sobo, los apretó, toco mi polla hasta que la notó dura, jugo con mi ano embadurnándolo de aceite introduciendo luego los dedos en él. No pudo masturbarme por la posición, pero gocé y gocé como nunca. Rosa, su alma gemela, estaba aplicando idéntica terapia al bueno de Manuel y creo que este, mas joven y dispuesto, eyaculó bajo sus caricias
.- El Ritual Mizithuna ha finalizado. Repitamos el Mantra OM. Relajémonos y meditemos.
Mamen se tumbó a mi lado, ambos boca arriba. Nos cubrimos con los pareos y dejamos volar la imaginación. Al fondo, la música iba muriendo lentamente.
Sin un orden establecido pero si con las parejas iniciales, nos fuimos retirando
.- Debemos repetirlo y comentar la experiencia, dijo Mónica. Es lo más positivo de todo y, además, podría dar pie a entrar en el 2º grado del Ritual Mizithuna.
Todos nos encontrábamos poseídos de una energía sexual muy fuera de lo corriente. Salimos de la casa con la ilusión de de concretar, mas adelante, lo que Mónica decía.
El viaje a Oviedo fue silencioso. Al llegar a casa nos desmadramos. Caímos en la cama y fueron nuestros cuerpos quienes dijeron lo que sentían.
Por la mañana, mientras leíamos “El Arte del Tantra”, pensamos que debiéramos continuarlo, llegar al Ritual del Sol y la Luna Nueva, al de la Prosperidad y la Abundancia, al del Kundalini, al de la Diosa Kali, al del Espejo, y por último al Circulo Mágico Chacra Puja, pero esos eran otros horizontes aún lejanos. Lo que de verdad había que hacer, antes del Solsticio de Verano, era el 2º grado del Ritual Mizithuna, o lo que era lo mismo, ejecutar durante el ritual lo que por la noche hicimos en la cama.