lunes, 20 de abril de 2015

FUTBOL, MUJERES Y POLITICA

Pienso que debió ganar el Atlético —oí al entrar en Monte Naranco, bar al que bajo todos los días a tomar uno o dos vinos antes de comer.
Acodado al final de la barra, compagino las noticias “rosa” de TV, con los comentarios deportivos y políticos, siempre actualizados, de cinco o seis asiduos contertulios que, como yo, esperan entre copas la hora del almuerzo.
Hoy, de entrada, toca futbol. Julián, jubilado de HUNOSA, no estaba de acuerdo.
—Si no hubiese sido por Oblak habríamos metido tres goles en la primera parte.
—Menos lobos —le respondía Eugenio, forofo del Gijón y por tanto defensor del Barcelona y el Atlético—. Y el codazo a Mandzukic, de expulsión directa, y la entrada al “Niño” Torres, penalti clarísimo. El árbitro estaba comprado, debía clasificarse el Madrid, son cosas del Gobierno.
Oblak
Felipe, tercero de los jubilados, más proclive al ciclismo y defensor a muerte de Samuel Sánchez, apenas si hablaba. Termino su cosechero y pidió otro.
—No seáis plastas, dentro de quince días sabremos el resultado; fíjate que si al final, como el año pasado, resulta que el eliminado es el Real, entonces le pasó lo mismo al Barcelona.
La conversación, con sus altibajos emocionales, el As y el Marca sobre el mostrador para dar constancia de los hechos y una nueva ronda de cosecheros ante cada uno, por momentos desaparecía y de inmediato volvía a tomar calor.
—Y el entradón de Sergio Ramos a Raúl García.
—Falta de preparación física.
—Mala leche, diría yo
—Pues el de negro tampoco pitó nada.
—Sí, que le sacase tarjeta y no pudiese jugar el partido de vuelta. ¿A eso le llamas justicia?
—Son todos unos pringados.
A mi espalda y bastante baja, la TV seguía con su rollo cotidiano. Inés Ballester con sus tertulianas de “Amigas y conocidas” comentaban las curiosidades nacionales e internacionales del día; sin decantarse por ninguna ni por nadie, casi como yo en mi blog “La prensa canallesca de la mañana” en el que, como escribo en el subtitulo, “Leo lo que otros escriben, copio lo mas divertido y así paso la mañana”, trabajo habitual de los prejubilados que se precien, eso y tomar vinos. Nadie sabía de qué hablaban pero al pie de la imagen y con gruesos caracteres se leía,  “Una alemana de sesenta y cinco años, que ya es madre de trece hijos, se queda embarazada, por fecundación artificial, de cuatrillizos”.
 Annegret Raunigk
— Cris, sube la tele —oí gritar a Felipe—, eso me interesa.
Todos callamos.
—Menuda chorva, debe estar loca.
—O ser una cabrona, matizó Julián, los pobres niños, si llegan a los quince años, lo más probable es que sean huérfanos de madre y del padre ni te cuento.
—Para que luego hablen de la sanidad española —gritaba el partidario del Atlético y de la ley del aborto—. Aquí no se hubiese permitido.
—Ni allí tampoco —tercio un listillo del fondo—. Se lo hicieron en Inglaterra. La Merkel lo tiene prohibido.
—Así y todo sigue siendo una putada para los niños.
Cris, única fémina del grupo se unió a los contertulios.
—Yo a mi edad, casi la mitad que ella, lo paso fatal para cuidar al mío, y eso que están por medio mi suegra y mi madre, que no sabéis lo que ayudan—. Los rapaces tampoco tendrán abuelos, remacho Cris.
Era un cruce de ideas sabroso. Desde mi punto de vista todos tenían razón. Sin duda, la señora Raunigk y el equipo médico que la atendió pensaban mas en el tumulto internacional que el experimento traería consigo, que en los niños fruto del mismo.
—Toda la culpa la tienen Podemos y Ciudadanos —reflexionó Eugenio—. Si no nos tocan las pensiones podremos estar contentos. Mucha “Marcha blanca de la sanidad”, mucho llenarse la boca de que cuando ganen todo lo pagaran los ricos, pero nadie dice de dónde sacarán los euros para financiar ese todo. Que el dinero no llueve del cielo.
—Como mucho el maná. —De nuevo el intruso del fondo.
—No te quemes, hombre, peores momentos pasamos en el 60-61 con las huelgas mineras y Franco fondeado frente a Gijón en el Azor. Yo era un chaval —decía Julián—, y aun recuerdo las cargas de los “grises” por Mieres. Pon los últimos, Cris.
Pedí otro y esperé. En menos de una hora gresca deportiva, razonamientos sociales y análisis políticos. Hubo sangre que no llego al río, se defendieron verdades como puños y cada uno de los asistentes termino su “trago” antes de irse a comer.
Los vi despedirse con un “Hasta mañana” generalizado, sin acordarse del empate del Atlético, lo mas importante de la noche anterior, pero pensando ya en el Barcelona - PSG. En él todos serían del Barsa, que perdieran los franceses, para soñar que, de nuevo la semifinal fuese entre dos equipos españoles.
Me quedé con la idea de haber intervenido. Los conocía de vista, eran casi de mi edad y por lo oído pensábamos lo mismo.
¿Qué hubiesen dicho del tatuaje de Cristina Cifuentes justo por encima de la rabadilla?, ¿o la afortunada intervención de Albert Rivera a favor de legalizar la prostitución? Sin duda pondrían a parir a Rato, por la colocación de su dinero en paraísos fiscales fuera de España, como en su día lo hicieron con Álvarez Cascos por picaflor. Con este último se hubiesen explayado más ya que sigue aquí comandando un partido del que solo se escuchan líos y líos.

Cristina Cifuentes
Los del aperitivo de la una habían desaparecido y las mesas se habían llenado de comensales. La barra estaba vacía y en TV los diferentes telediarios daban al local una música monótona y repetitiva. Sin duda por eso ya sé por qué la sección “El tiempo” es lo mas vista de los mismos, es la única que cambia, en este país, por mucho que Pablo Iglesias nos intente hacer creer lo contrario.

domingo, 12 de abril de 2015

CIERRE EMPRESARIAL

“Acuarios” no estaba como lo recordaba, aunque se le daba cierto aire. Los treinta años pasados habían hecho estragos en todo, hasta en el Pub donde tantas copas tomamos y en el que pasamos, por cierto, el asalto de Tejero al Congreso de los Diputados.
Como en ella, en mí, en nuestras vidas el cambio era evidente. Ese año fue la primera vez, en todo ese tiempo, que se olvidó de mi santo, que me llamó una semana después y quiso hablar conmigo aquí, en nuestro bar de siempre. Pilar, mi musa, mi amor platónico, lógicamente inalcanzable, la mejor de mis creaciones. 
   Hola José Luis 
   Hola (dos besos al aire) 
   Tienes que decirme como haces para conservarte tan bien y como se las arregla uno cuando se jubila. A mí, con las normas actuales, me toca el próximo año. 
   Tú sí que lo estás. No sé como aun no te casaste, o a lo mejor es que no me has invitado a tu boda. 
   Tan tonto como siempre. 
   Sigues con tu cava, yo fiel al gin-tónica. 
La conocí con quince años. Trabajamos juntos casi veinte. Al llegar Felipe González al poder, la empresa de geología de la que vivíamos, primero dejo de cobrar y luego se le cancelaron los contratos. Al final quebró. 
   No sé si te acordaras, pero este año hace treinta que Ibergesa cerro. 
   Me acuerdo y eso que estaba en Ecuador. El último trabajador de una empresa en concurso de acreedores. Solo el Presidente y yo, el Peñita grande y el chico. 
   Cómo pasa el tiempo. 
   Ni me lo digas. Según me comentaron fuiste, junto a Severiano, quienes cerrasteis. 
   Y tú en América. 
   Allí me quede otros veinte años: Ecuador, Colombia, Chile, Costa Rica, Republica Dominicana. Al final HUNOSA, en Asturias. 
   No lo viviste, pero fue muy duro. El pionero José María. ¿Te acuerdas? 
   Cómo no, tu primer novio. Fíjate que antes de irme intentó convencerme para que no fuese. Decía que las serpientes caían de los árboles y se te metían entre la camisa y la carne. 
   Murió al poco de salir, no aguanto el paro, los líos políticos, los cambios. Después partieron los sindicalistas, los de UGT, los de CCOO, todos con trabajo. Luego quienes tenían contactos en las Autonomías, Pancho por Alianza Popular gallega y Juanito por el PSOE valenciano. Quedamos los de Madrid y tú en Quito. 
   No te quejes, creo que has sido la única que nunca te apuntaste al paro. Pero bueno, háblame de ti, ya casi jubilada y soltera, pero no virgen, supongo. 
   Eres un pesado, siempre con lo mismo.
Pilar hubiese sido la esposa perfecta; fue la matriarca que se quedo en hermana y cuidadora de su madre. No tuvo suerte con el amor ni con los hombres. Mientras la conocí de cerca remodeló a varios y todos la dejaron. Hubiese deseado saber de su vida sexual, de sus desvaríos. Solo fue mi niña mimada y la secretaria ejecutiva de dirección de la empresa de la que yo era el técnico más competente. 
   Curioso, solo curioso 
   Fuiste el único a quien, en principio, no afecto la crisis laboral de los ochenta. 
   Estuve tres veces apuntado en el paro. 
   Pero poco tiempo. Los de la empresa sí que lo pasamos mal. Las mujeres, a excepción de Rosa, ¿la recuerdas?, y yo, todas dejaron de trabajar. Muchas ya nunca se reinsertaron en el mundo laboral. Más de la mitad de los hombres, como tú, rompieron sus matrimonios. Tres terminaron alcohólicos. Recuerdas a Manolín. Acabó en Santander, en una empresa familiar vendiendo jabones. Solo tu equipo, salvo tú, su jefe, se acoplo al trabajo de investigación minera en Madrid y vivió de eso hasta jubilarse. 
   Bueno, a mí me prejubilaron primero, también con el PSOE, seguro que para no ampliar la crisis laboral del 2008. 
   José Luis, la de ahora es diferente. Afortunadamente no la has vivido, pero sus efectos son infinitamente peores que los que pasamos. 
   No me hables de entonces, ni de ahora. Cómo estás tú. Sigues con tus coches de cine. 
   Sigo. Ahora tengo un Mercedes. Sin su carrocería en estos momentos estaría muerta. 
   Yo tengo el mismo de antes, el “Calabaza”. Pero ¿serás rica? 
   En la sociedad en que vivimos sí. Compré la casa de mis padres en Madrid, otra en el Jarama y hace poco un adosado en Gandía, para los veranos. 
   Como sigas así pediré tu mano. Yo aún de alquiler 
   Tú has vivido como Dios, no te quejes.
Siempre pensé que terminaríamos en la cama. José lo quería y a mí me comía la curiosidad. Estábamos más tiempo juntos que él con su mujer. Nuca se insinuó. Ni conmigo ni con ninguna de las chicas de la empresa. Recuerdo que, la primera vez que regresó de Sudamérica por su cuarenta cumpleaños, le hicimos una fiesta importante. Veinte mujeres y él. Terminó con su santa esposa que, al poco, con la crisis, lo abandonó. Ya es tarde, como él dice sin sentido, perdimos nuestra oportunidad y solo yo lo lamento. 
   Porque nos reunimos solos y casi en secreto. Ten en cuenta que ya no soy el que era, soy muy viejito, pienso despacio y no veo más allá de la punta de mi nariz. 
   No seas cazurro, no van por ahí los tiros. 
   Tú dirás. 
   Este año hace treinta que Ibergesa desapareció y aunque alguna vez que otra las féminas nos reunimos, hemos pensado hacer un cena con el máximo número de ex trabajadores, para conmemorarlo. 
   Muy simpática y yo, en esa lista, ya soy en número uno próximo a fenecer. El Presidente murió, el Gerente también, el Consejero Delegado lo mismo. 
   No seas imbécil. Es por vernos, hablar, recordar. Ver cómo nos ha tratado la vida. Cuántos sois abuelos. Hasta puede que te explique por qué sigo soltera. 
   Si es así cuenta conmigo. Bromas aparte intentare venir. Dame con tiempo la fecha. 
   ¿Por qué no regresas a Madrid? ¿Qué se te ha perdido en Asturias? 
   Morriña, mujeres, un cardiólogo de confianza, no sé. La vida nos lleva, a veces, sin nosotros quererlo. 
   Espero que en otro de tus viajes me llames y hablemos de otras cosas.
Salimos de noche, ella hacía Cuatro Caminos yo a Princesa. Siempre me gustó darle algunas de las muchas frases que entresaco de libros. La que entonces le ofrecí “Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos” no sé dónde estaba escrita, creo que en un poema de Neruda, pero cuadraba con la situación. En mi subconsciente la asocio a una película española de la transición con el desnudo integral de Amparo Muñoz, nuestra única Mis Mundo a quien la vida solo  dio belleza y la droga se encargo de destruirla.

viernes, 27 de marzo de 2015

EL RIO SECO

No es un río, ni un arroyo ni un viejo cauce fluvial abandonado, es la salida natural de las aguas provenientes del páramo sur del Moncayo que, en épocas de grandes tormentas, se encauzan por ese fondo de valle que confluye con el río Martín. Siempre está seco y cuando no, es que algo grave ha ocurrido o está a punto de suceder.
Soy, por parte de padre, oriundo de Oliete, un pequeño pueblecito del Bajo Aragón, situado al sur de desierto de los Monegros y a cien kilómetros del norte de Teruel, la capital. A principios del siglo pasado era un lugar floreciente acostado sobre la vega del Martín que, con la llegada de las comunicaciones y la inmigración masiva hacía Zaragoza y Barcelona, perdió población y vitalidad hasta convertirse en lo que es hoy: un punto verde rodeado de mesetas estériles, secas, polvorientas y antiguas explotaciones de lignito que la globalización y la tecnología rapiñó y abandono en los últimos cien años.
En el hice la Primera Comunión, cuando vivían mis abuelos, y paso casi todos los veranos. Para sus habitantes es un lugar de ensueño. Tiene el Pantano de Cueva Foradada, construido durante la Dictadura de Primo de Ribera; la Sima de San Pedro, una oquedad natural de trescientos metros de profundidad y quinientos de anchura  bajo la que discurre una corriente subterránea que, según algún experto local, termina en el Mediterráneo; el Malvin con sus 450 metros, el pico más alto del contorno; un comedero de buitres, la mejor chopera del entorno con cientos de pasillos de árboles desde el río a la montaña, un frontón, una piscina municipal y poco más. Como digo a mis amigos, allí ni se venden patatas fritas ni llegan los periódicos. 
Por razones climatológicas difíciles de entender los veranos oscilan entre muy calurosos y tremendamente calurosos y las prolongadas sequías son algo normal que a nadie extraña y solo sirven para aumentar esos bulos urbanos que pasan de generación en generación
“Recuerdo el año en que el pantano se secó y los barbos podían cogerse con la mano”
“Sí, cuando al Pelón se le atascó la caballeriza en el barrizal del fondo del pantano y debió subir el ejército a sacarla.”
“Y aquella en que la Pilarín se perdió bajando desde Alcaine y el pueblo se movilizo hasta encontrarla.”
Todos recordamos alguna y no hay niño en el pueblo que no haya visto el fondo arcilloso seco y resquebrajado moteado de espinas de pescado fruto de muchos meses sin llover.
-José Luis, este año se seca
Fue la bienvenida que recibí de mi primo Adolfo al llegar. Casi un año sin llover y no parece que vaya a cambiar.
Hasta entonces Rosa nunca había venido al pueblo y por lo que se decía mi decisión se consideraba poco afortunada. Si en un año normal era agradable por las tardes pasear y recorrer los siete kilómetros de chopera para terminar merendando en el Barranco de las Estacas, este no. El sol hacía sentir su poder a partir del mediodía y el pueblo se guarecía en las casas, muchas de ellas de adobe, durmiendo esa saludable siesta aragonesa a la espera de la llegada de la noche. Sacaban entonces mesas y sillas a las calles o a las bancadas de los huertos y esperaban el anochecer tomando jamón y bebiendo vino, mirando absortos el vuelo bajo de los murciélagos que, eso sí, eliminaban del ambiente moscas y mosquitos. El cielo volvía a ponerse rojizo y los chopos asemejaban enormes abanicos verdes que intentaban, sin éxito, enfriar el ambiente.
Recuerdo, de niño, reunirme con mis primos a la orilla del río para ver las constelaciones y, en la noche del de 10 de Agosto, contemplar la llegada de “Las lágrimas de San Lorenzo” con cientos de estrellas fugaces surcando los cielos.
-Rosa, mañana de excursión al Río Seco, así conocerás algo de los alrededores. Saldremos prontito para evitar el calor de la subida. 
Una fiambrera con tortilla de patatas, varios tomates, lonjas de jamón, pan y agua ocupaban parte de la mochila junto a bañadores, toallas y dos sombreros de paja. La fruta, ciertamente necesaria, la recogeríamos durante el trayecto.
El inicio de la subida es agradable. Las múltiples riadas han ido depositando una capa de grada fina y cascajos, especie de delta fluvial en su unión al río, que facilita el paso. En esos ochocientos metros las piernas se calientan y los excursionistas se acostumbran a caminar sobre rocas pulidas de diferentes tamaños. A izquierda y derecha niveles de yesos cristalizados, surgidos de la extrusión del Triásico bajo la presión del Jurásico cabalgante, jalonan de manchas blancas el sendero y generan con los primeros calores del día reflejos brillantes y molestos. La morfología, en ascensión, se mantiene y complica. Los tamaños de las rocas crecen, sus superficies se tornan más pulidas y la calidad de los yesos mejora. En esa zona no es difícil encontrar maclas yesíferas perfectamente cristalizadas. Tras una hora de camino aparece una cobertura cuaternaria formada por un conglomerado calizo, descompuesto por los años, sobre el que empiezan a verse inicios de humedad. Es una zona casi llana donde, hace años, una serie de casetas agrícolas certificaban el fin de los terrenos salinos y el comienzo de tierras húmedas y fértiles.
Hoy solo son ruinas pero en mi juventud, o al final de la infancia, esos restos eran el espacio preferido para juegos, travesuras o, simplemente, el inicio de nuestros despertares eróticos.   
Cómo no recordar aquel curioso juego del “Cambio de prendas” en el que una pareja, chico y chica, entrábamos en aquel cuchitril y debíamos salir cada uno con toda la ropa del otro. No era lo peor, luego el resto de amigos y amigas preguntaban luego sobre la rapidez o lentitud del proceso y constataban si el cambio fue completo o si se hizo trampa. A mí, una vez, me tocó entrar con Carmen, la del Pesador, y tras el cambio total y absoluto de vestimenta tuve que admitir que apenas si vislumbré el punto oscuro de uno de sus pezones; los nervios, el pudor y más que nada la poca luz interior hicieron el resto. Más tarde las bromas, las risas y los mordaces comentarios.
“Pues sí que los tiene pequeños”, “Esas braguitas no te sientan nada bien” o “Carmen, qué diría tu madre si te ve con esos calzoncillos tan sucios”
Al final, juegos, pan con una porción de chocolate de merienda y regreso.
Reiniciamos el último tramo del ascenso sobre un piso de caliza gris blanquecina, muy fosilífera y con escasa vegetación. La meseta, o mejor el estrecho valle entre montañas, donde moría el camino, era el premio para los sufridos montañeros. Lo recordaba mal o tal vez el paso de los años cambio mi visión juvenil y primitiva. El enorme rastrojo por el que se movían  conejos y perdices era una plantación de esparto reseca y agresiva. Los olivos centenarios existentes en la conjunción de las rocas y el llano mantenían sus formas retorcidas y fantasmagóricas. Eso sí, el entorno se notaba vivido. Donde recordaba un hato para recoger los rebaños de ovejas ahora existían dos cabañas, una anexa al viejo hato y otra, de reciente construcción, para guardar los aperos de labranza, algunas balas de paja como alimento invernal del ganado, y un jergón sobre una estructura de madera a nivel del suelo. El techo, como todos los de la zona, de ramas de chopo resecas, atadas y entrelazadas a las vigas superiores. Nada más. El espacio interior fresco y relativamente limpio
En el exterior sí se percibía el paso de los años y el trabajo del hombre. A partir de la guerra surgieron en Aragón una serie de localidades que aprovechaban sus aguas subterráneas para el tratamiento de algún tipo de dolencias, sobre todo reumáticas. Primero fue el Monasterio de Piedra, en Zaragoza, y luego los de Baños de Segura y Segura de Baños en Teruel. Eran aguas gaseosas, muy carbonatadas, con una temperatura no por encima de los 25ºC. En el pueblo siempre se pensó que, en algún momento, ese tipo de bien aparecería y así debió ocurrir.
Junto a la cabaña una alberca artesanal de unos tres metros de diámetro daba fe de que en los últimos años alguien detectó la existencia de las mismas y construyo una pileta para uso y disfrute de quienes se aventurasen al paseo.
Apenas sí lo pensamos. En un abrir y cerrar de ojos nos despojamos de la ropa y nos zambullimos en el líquido. Quietos sobre el fondo sentíamos cómo el cuerpo se cubría de burbujas  gaseosas que nos masajeaban relajándonos por completo. Sobre nuestras cabezas el cielo azul, el sol y el vuelo regio de algunos buitres que oteaban desde la altura posibles presas nos acompañaban en el baño. Siempre pienso que lugares semidesérticos como este, playas solitarias o entornos cálidos en donde la naturaleza se sobrepone al hombre, incitan al nudismo. Y así, como venimos al mundo,  pasamos la mañana y de tal guisa nos resguardamos en la cabaña a sobrellevar las horas más tórridas de la tarde. Comimos, nos acurrucamos sobre un colchón de toallas y entre unas cosas y otras terminamos amándonos y poseyéndonos mientras el calor hacía crepitar las hojas y resquebrajaba el suelo arcilloso, ahora seco, que bordeaba la pileta.
El cielo, o mejor dicho, el tejado se nos vino encima. No fue un movimiento del terreno ya que entre el polvo, la paja y las hojas secas que flotaban en el aire, dos niñas, como de doce años, salieron corriendo, llegaron al camino y desaparecieron de nuestra vista. Una, la nieta del Pesador, la hija de Carmen, la otra, una amiga. Estaba claro que la antigua costumbre de ocupar las cabañas para juegos inocentes, ahora mejoraba con el voyeurismo condicionado por el uso nudista de las albercas, seguía perpetuándose con el paso de los años.
Volvimos al agua y envueltos por miles de burbujas de anhídrido carbónico esperamos que el sol desapareciese tras la mole del Malvín y el camino de descenso se tapizase de sombras.
Al llegar al Martín, el cielo se tiño de rojo. “Rojo al poniente, bueno al siguiente”, diría mi padre. Mañana el sol, la sequía, las siestas eternas, seguirían siendo la enseña de este Aragón perdido, desconocido y maravilloso de nuestra España Profunda.

miércoles, 18 de marzo de 2015

SONIA SILENCIOSA

Sonia
“Un viejo amigo, que soñaba con ser mas que eso, me dijo en cierta ocasión  que yo rea la mujer mas silenciosa y elocuente que había conocido. Sonia Silenciosa, me bautizo antes de irse una madrugada con varias copas de mas y demasiadas lagrimas de menos. Decía, y sin duda exageraba porque sus sentimientos eran mas poderosos que sus razones, que bastaba con mirarme para hurgar en mis heridas e intuir lo que escondía en ellas. Quizás su inmadurez crónica de poeta frustrado y frustrante le hacía ver mujeres misteriosas y trágicas cuando su inspiración caía en picado. No me considero misteriosa. Como mucho esquiva.
Tampoco soy trágica. Me conformo con ser levemente melancólica, o más bien nostálgicas. Nostálgicas de los sueños que poco a poco he ido abandonando en las tranquilas aguas de la resignación. Silenciosa sí. Ahí acertó de pleno en mi zona mas vulnerable.  Odio la palabra inútil, la cháchara que solo sirve para ocultar la falta de sentimientos, el blablablá que no es mas que calderilla con la que comprar la indeferencia ajena. Me gusta escuchar el sonido de las palabras que no es necesario pronunciar, paladear cada uno de los verbos que sirven para conjugar emociones que se resisten a ser envasadas al vacío de de los compromisos vanos, los intereses banales y las mentiras comunes.
Me gusta la gente que calla para no otorgar, la gente que no se mete en los abrevaderos donde la música es sustituida por huracanes de sonidos atroces, la gente que no levanta la voz para sentirse mas segura de si misma, la gente que puede detenerse frente a un horizonte y cerrar los ojos y dejar que el silencio llene de significados los huecos de su soledad.”
José Luis
Siempre luchó, siempre ganó y ahora está sola. Primero perdió la familia, luego los amantes, más tarde los amigos y por último su entorno político. Quiso salvar al mundo sin creer en nada. En estos momentos, sin anclajes afectivos, ve como la maquinaria política en la que está inmersa la tritura.
La llamaban “Negrita”, yo “Mi novia morena”. Vivió a remolque de su generación. Se casó por un hijo, fruto de una noche de porros, con alguien a quien repudió y hoy es tan infeliz como yo; fue la primera arquitecta de su país y jamás ejerció, pasó de hombre en hombre  no por vicio, creo que por soledad. Amó y ama el dinero con la idea de que con él solucionará sus problemas, lleva años confundida. Solo fue feliz cuando no lo tuvo, pero nunca lo entendió.
Sonia
Mis únicos hombres, uno, el padre de mis hijos y otro con quien pase los mejores años de mi vida, están lejos. El primero, en mi propio país, el otro en España. A los dos los eché de mi lado, ambos, a regañadientes, se marcharon, los dos aún me añoran, no me olvidan pero sé que ninguno volverá.
Al primero lo cambie por un doctorado en arquitectura, al segundo por la alcaldía de mi municipalidad. Sin ellos ambos objetivos habrían sido ilusiones, con su apoyo y dinero, lo conseguí.
Estoy en la Asamblea General de mi partido, el PAC (Partido de Acción Ciudadana), elegimos la Secretaría General, que no seré yo; a mi alrededor, nadie, tres sillas vacías a mi derecha y cinco a mi izquierda. Soy la más honesta, la más rara, la útil pero no querida, ese ser que por la noche solo habla con su almohada y a veces relee algún correo electrónico de alguno de sus hombres que nunca contestará.
José Luis
Han pasado muchos años y aún no sé por qué me expulsó de su lado. Hubiese admitido una sustitución, un cansancio, la incomprensión fruto de la edad, pero no. En mis noches de insomnio me pregunto el porqué y no lo encuentro. Tal vez su dinero futuro que no deseaba compartir, quizás el querer regresar a los treinta, ser libre y vivir de nuevo otra vida. Está sola. Morirá sola sin pedir ayuda, creyendo, convencida, que todo lo ha hecho bien, pensando que su labor política redimirá a los pobres, eliminara a los ricos y este mundo será un mundo feliz.
Es atea y contra esa creencia choca constantemente. Con los años sus hijos sí creen, su sociedad también, y quienes piensan como ella se han ido lentamente apartándose de su lado.
Sonia
Otra noche más sin nadie con quien tomar un vino y discutir la erupción del volcán Turrialba. Ni eso ni celebrar la elección de mi amiga Margarita Bolaños como Secretaria del PAC.
Este año debería estar jubilada, disfrutando de mis nietos, leyendo, viajando de nuevo a Madrid, no será factible, es imposible reencontrarme con el pasado, lo quise así y no daré mi brazo a torcer.
Sería hermoso reeditar aquellos mese de mayo, antes de entrar la estación lluviosa del trópico, viendo el atardecer sobre el Pacífico, contemplando el sol, enorme, sobre el horizonte con alguien amigo a mi lado; lo sería, pero ya nunca lo será, lo dejé partir, mejor dicho, lo eché de mi lado.
Pronto empezarán las lluvias, los canalones se llenarán de hojas y las orquídeas iniciarán su floración. El Primero de Mayo iré al Congreso y, con suerte, veré al Presidente en el cóctel. Salvo José Luis que, en la distancia, sigue leyendo la prensa local, nadie de mi entorno me recordará, ese día, que soy la Jerarca del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo y lo que es peor, que el día 4 será mi 65 cumpleaños.

sábado, 14 de marzo de 2015

EL GORRILLA

Ahmed, el gorrilla, es nuestro guarda coches particular. Apenas si recuerdo cuando aprecio por el barrio y hasta que un buen día mi hijo Roberto nos pidió algo de ropa para entregársela, nada sabía de su existencia. Era de algún lugar de la franja subsahariana, huérfano, con una hermana en suiza y un físico de corredor maratoniano.  Muy alto, delgado, de piel cetrina siempre con una gorra de béisbol, de ahí su apodo. Aparecía sobre las 8 de la mañana y hasta el anochecer recorría las aceras buscando aparcamientos, ordenando el tráfico, cobrando por ello alguna propinilla, ayudando a los niños a cruzar la calle, socorriendo a las amas de casa supercargazas, en fin, haciendo pequeñas obras de caridad. Al principio paso desapercibido, con el tiempo se convirtió en algo intrínsico del barrio, como el supermercado, el buzón de correos, los parquímetros.
Un mal día el gorrilla desapareció. Me lo dijo Roberto. Lleva dos días sin vérsele,deberíamos avisar a la policía.
Fue ella quien nos informó. Sin una denuncia concreta, sin algún problema específico, el gorrilla estaba en las dependencias policiales acusado de algo inconcreto por alguien desconocido.
Todos lo sentimos y nos preguntamos los motivos de tan extraña decisión.
Un hombre mata de un puñetazo a otro por grabar a su hija en local en Cádiz. Leí la noticia y la recorté para mí archivo, ese blog anónimo que nadie lee y yo recolecto: La prensa canallesca de la mañana.
La Guardia Civil detuvo a un ciudadano británico como presunto autor de la muerte de otro, alemán, por haber grabado a su hija en una tableta digital en la urbanización de Sotogrande en San Roque. El pobre inglés lo tenía todo a favor: defendió a su hija pequeña, atacó a un pedófilo que, sin su autorización, la estaba grabando, Dios sabe con qué intenciones, y tuvo la mala fortuna de que del golpe, el agresor murió. El alemán, reincidente, acababa de salir de prisión por orden judicial, ¿qué pensaría ahora el juez de habérsela dado?, la tableta era robada y en ella aparecía una amplia y continuada grabación de la niña a lo largo de todo el día.
El inglés, como nuestro amigo el gorrilla, paso la noche entre rejas a la espera de una disposición judicial, sin duda de acuerdo con la ley, pero incomprensible para el hombre de la calle.
Leo la prensa de atrás hacia delante: el tiempo, la primitiva, los deportes, sucesos, noticias internacionales, nacionales y locales, por ello, cuando llego a las páginas de la "corrupción generalizada”, o bien estoy relajado, pues el Atlético ganó, o pienso que su racha exitosa acaba de fenecer, razón por la cual siempre afloran en mi mente ideas malignas. La trama Gurtel, los Ere de Andalucía, las tarjetas negras de Bankia, el caso Bárcenas, el de los Pujol, la Infanta Cristina y Urdangarín o, por último, pero no el último, la Operación Púnica, y todos en la calle, algunos hasta han pedido unos días de asueto para poder ir de vacaciones. No obstante el gorrilla y el inglés entre rejas.
Qué peculiar es la justicia con el pobre y qué justa con el rico, el poderoso o el influyente.
En la calle todos gritan contra la corrupción y todos deberían saber que este mal es endémico a la naturaleza humana y que ya hace muchos años Maquiavelo escribió: "El poder corrompe y, el poder absoluto, corrompe absolutamente”, hecho que hoy está de moda y que seguirá estándolo gobierne quien gobierne. "El cielo”, como decía mi abuela, "no es de este mundo”.
- Papá, papá, Ahmed ya está en la calle, dijo Roberto gritando.
- Ya lo sé, acabo de dejarle las llaves para que me aparque el coche. Lávate las manos que hay que comer.

miércoles, 11 de marzo de 2015

LA NEVADA

 —Ya no me quieres.
No era una pregunta, ni una afirmación, ni la constatación de un hecho. Era una petición
Cuando mi santa esposa me sorprende con algo parecido es que quiere algo.
—He visto en Grupalia una oferta buenísima para pasar tres días en Taramundi. ¿No te apetecería? De cualquier forma ya la he pedido. Si quieres la anulas, pero podríamos celebrar allí San Valentín y…
Maldad femenina. A estas alturas de la misa quién se atreve a cambiar un viaje romántico al occidente asturiano por un bolsito, una cena o un ramo de flores.
Hice de tripas corazón, anulé mis inexistentes compromisos y desoyendo las previsiones de todos los hombres del tiempo salimos, un nuboso día de Febrero, hacía el reino de las navajas.
Antes de inaugurarse la Autovía del Cantábrico el viaje hubiese sido de locos, hoy no. Es molesto por el tráfico y la lluvia pero nada que no aguantase este viejo jubilado.
Desayunamos en el puerto pesquero de Tapia de Casariego, si por mí hubiese sido allí nos habríamos quedado: buenos hoteles, excelentes vistas, chigres  marineros con todo tipo de marisco, una delicia; pero no había que ir a Taramundi, ya lo habíamos pagado.
La Rectoral fue un excelente hotel en las años ochenta edificado sobre las ruinas de una vieja casona del siglo XVIII y conocido entonces como la “Posada del PSOE” por ser este partido quien lo promocionó con la impagable propaganda de “El País” en sus páginas gastronómicas, subiéndolo a lo más alto del ranking nacional.
Seguía  como antes. La Rectoral mantenía su cartel rustico de madera a la entrada  y, en conjunto, daba la impresión de que los años no habían pasado por ella. Muy pocos huéspedes, sin ser fatalista éramos los únicos. Habitación superior con terracita cubierta y vistas a la montaña, conexión hi-fi, excelente calefacción y cama matrimonial con almohada adicional, como pedimos al hacer la reserva. Era retroceder diez años en el tiempo. Pero no, algo estaba de más. En lugar del viejo gimnasio y ocupando su vieja situación, un hermoso spa con piscina hidrotermal, jacuzzi, saunas y área de relax nos ofrecía un aliciente antaño desconocido; algo nuevo para un viejo San Valentín.
Muy abrigados nos acercamos a la quesería, luego a saludar al más veterano de los artesanos locales en la elaboración de las famosas navalles de Taramundi, Díaz y Bermúdez, y comprar algunas de sus piezas, al final el frío nos condujo al hotel.  Pasamos la tarde al confortable calor del Spa, cómo no, solos,  perdidos en la inmensidad de la pileta.
San Valentín amaneció soleado, aburrido. Ni al amor o el sexo podían eliminar el cielo gris, el aguanieve que empezaba a cubrir las calles, el viento glacial del norte. Los generosos vinos, el queso o el chorizo tampoco ayudaron.
—Hoy tienen compañía  —dijo  la recepcionista del Spa cuando nos vio llegar.
Desde el vestuario vimos dos cabezas, hombre y mujer, sobresaliendo del agua.
—Mira, están completamente desnudos —dijo de repente Rosa con un grito entre exclamación y sorpresa. Salieron del agua y en pelotilla picada, entraron en la sauna.
— Qué hacemos —pregunto de nuevo.
—Lo que ellos —contesté despojándome del bañador. Hizo lo mismo y, como vinimos al mundo, entramos en el Spa.
Estábamos solos, pero no; totalmente desnudos y sumergidos en las burbujeantes aguas del jacuzzi vimos cómo salían de la finlandesa y, sin ningún pudor, nos acompañaban en el baño.
Loyda y Arkin eran noruegos, bueno, ella no, llegó al país, desde Costa Rica, en un intercambio de estudiantes y allí se quedó. Trabajaba como intérprete para refugiados políticos y, lógicamente, su castellano era correctísimo. Él, funcionario, llevaba las oficinas del COI noruego en su ciudad natal, Lillehammer, a ciento ochenta kilómetros al norte de Oslo, donde se celebraron las Olimpiadas de Invierno de 1994, y solo chapurreaba, muy bien, nuestro idioma.
Su vivienda y la casa de campo donde iban en verano sobre los fiordos de Bergen poseían sauna comunitaria y lo de convivir desnudos era para ellos de lo más normal. Pasé la tarde contemplando las dos mujeres que, a sus anchas, se pavoneaban por el Spa. Los pechos, amplios y algo caídos, de la española contra los dos pequeños limones de la tica, los glúteos robustos de ambas y su desparpajo entrando y saliendo de los chorros de agua. Como fin de fiesta de San Valentín no había estado mal, nada  mal.
Desayunamos juntos y nos despedimos. Ellos hacía Lugo, nosotros a Oviedo. El agua nieve que caía en Taramundi nos acompañó por el valle, cambiándose a nieve según ascendíamos la Sierra de Ouroso, de 1033 metros. En la cima la nevada era espectacular. Afortunadamente un camión quitanieves esperaba algún incauto, como nosotros, para acompañarlo en el descenso. La bajada fue dantesca, el coche, más que  rodar se deslizaba, cada poco nos salíamos de la rodada y terminábamos en el arcén, la visibilidad nula. Rosa hecha un mar de lágrimas rezando a todos los santos para que aquello acabase, jurando que el próximo San Valentín solo en el Caribe o en casa. Por fin llegamos a la confluencia con la autovía Vegadeo-Oviedo y la nieve, por encanto, desapareció.
En Tapia paramos a comer. Unos tentáculos de pulpo a la plancha con aguacate, ventresca y vinagreta de lima de entrada y fritos de pixín con tres salsas del Cantábrico sirvieron para hacernos olvidar la nieve, el frío y la conducción. Es raro, decía el hombre del tiempo en televisión,  después de tener el año más seco del siglo, ahora tenemos la nevada mayor, sin duda, pensé yo, por aquello tan manido del cambio climático.
En el sofá, con una ginebra, muy cargada, con abundante hielo y una rajita de limón, recuerdo lo pasado, sobre todo aquella tarde en la sauna con la pareja noruega, y el descenso hacía el infierno de la Sierra de Ouroso. Sin duda, como comenta el periódico, un ramillete de gardenias blancas, de exquisito aroma y profundo simbolismo, un será mejor regalo por San Valentín, el año próximo, que un viaje al más allá, a Taramundi.

martes, 18 de marzo de 2014

REALIDADES DE LA TERCERA EDAD

En el mes de junio próximo llego a cumplir 69 años de existencia, e inicio mi año número 70, bastante bien –digo yo- a pesar de las manifestaciones de desgaste físico propias de un cuerpo que se deteriora sistemáticamente con el transcurrir de los años, y del desgaste mental propio de los viejos: pérdida de memoria inmediata, quedarse durmiendo largas siestas, repetir los mismos temas varias veces a una audiencia cada vez menos paciente, y ser medio majadero con las pequeñas rutinas diarias.
Lo que no reconocen la mayoría de los libros que tratan sobre la tercera edad, que abundan sobre tópicos fisiológicos y mentales, es que la vejez trae consigo una considerable dosis de aburrimiento, sobre todo si uno ya ha cumplido con lo que razonablemente se espera de un ser humano durante su existencia. Y si uno no ha desarrollado alguna afición desde antes, que lo mantenga entretenido cuando no hay nietos de por medio alterándolo todo a nuestro rededor, las consecuencias pueden ser bastante negativas.
Cumplir setenta años debe tener un significado especial, digo yo, porque hay mucha gente que no llega a estas edades. Y ello lo menciono por la considerable cantidad de personas que he conocido en mi vida y que ya han muerto, sin haber llegado a esa cifra.


Es importante tomar en consideración que en la vida  las metas se establecen siempre en contextos temporales. Por ejemplo, cuando la gente percibe el tiempo como amplio o expansivo, como generalmente se ve en la juventud, entonces se enfoca en prepararse para el futuro. En cambio, cuando la gente percibe límites en el tiempo, entonces dirige la atención hacia los aspectos emocionalmente significativos de la vida, tales como el deseo de llevar una vida con sentido, de tener relaciones sociales emocionalmente profundas y de sentirse socialmente interconectado. La teoría de selectividad socio-emocional sostiene que la gente le pone un valor mayor a las metas emocionalmente significativas a medida que envejece e invierte más recursos cognitivos y sociales en obtenerlas. Este cambio en la motivación hacia metas emocionales promueve la regulación emocional.
El envejecimiento trae consigo o al menos deja ver una capacidad de auto-regulación emocional. Tal parece que la consciencia del poco tiempo que nos queda nos hace enfocarnos o sesgar nuestra atención hacia la información positiva del ambiente, todo en pro del bienestar emocional.
La paciencia del abuelo o abuela, el trato cortés de un funcionario adulto mayor, los consejos equilibrados que a veces damos los viejos tomando en consideración elementos que personas más jóvenes no tomarían en cuenta, son cosas que lo ilustran.


¿Tenemos siempre dentro de nosotros, escondida, esa capacidad de auto-regulación? ¿Es fruto de tantos golpes y experiencias? ¿Es una cualidad que se expresa por primera vez en la vejez? ¿Es lo que se conoce como sabiduría? ¿Tiene que ver con "más sabe el diablo por viejo que por diablo"? Todas estas son preguntas que nos surgen a partir de estas ideas del efecto de positivismo en la vejez.
En cierta ocasión dijo Unamuno que todos los seres humanos «sentimos un ansia de no morir», «un hambre de inmortalidad», «un anhelo de eternidad». Desde siempre, el ideal de la humanidad ha sido la búsqueda de la inmortalidad, impedir el envejecimiento, derrotar a la muerte.
Tal vez sea por esta obsesión del ser humano por la muerte que durante mucho tiempo ha prevalecido una visión sobre el último tramo de la vida que la ha identificado con el deterioro y el declive físico. Es evidente que cuando envejecemos se producen una serie de cambios fisiológicos indiscutibles: el diámetro de los vasos sanguíneos se estrecha las paredes de las arterias se endurecen y pierden elasticidad, la presión sistólica aumenta en un 20-25%.


Aproximadamente a partir de los 50 años se produce un declive en la secreción de la hormona del crecimiento, lo que hace que los músculos se encojan y la grasa aumente (glándula pituitaria e hipotálamo). La masa muscular disminuye (bien es verdad que en parte por falta de ejercicio). El rendimiento cardiovascular es menor. Los huesos empiezan a debilitarse (después de los 40) por efecto de la osteoporosis (especialmente en las mujeres que sufren una mayor degeneración ósea). EI timo empieza a encogerse, por lo que la respuesta inmune va disminuyendo poco a poco. También se ve afectada la secreción de determinadas glándulas adrenales como la DHE (dihidroxiepiandrosterona), algunas de as cuales se encargan de ralentizar el cáncer y estimular la inmunidad y la producción de cortisol, que es la hormona del estrés, aumenta (sobre todo a partir los 70).
Se producen también otros cambios físicos que son aún más visibles y que afectan por ejemplo a la caída o encanecimiento del pelo, la disminución de la agudeza visual y auditiva o la pérdida de olfato, la deformación de la cara y la aparición de arrugas...
Muy próxima y de modo paralelo a la visión de la vejez como deterioro, durante mucho tiempo ha estado vigente (lo está aún hoy) una visión que conceptualiza la vejez en tanto que ruptura social.
Podría decirse que la base teórica de esta visión procede de dos de las teorías con mayor arraigo en el campo de la Gerontología y que presentan innegables implicaciones para la teoría y la práctica educativa en la vejez. Nos referimos a las Teorías del Rol y de la Desvinculación social. En ambos casos se ha considerado el envejecimiento como una forma de distanciamiento social y como un proceso de pérdida progresiva de funciones y papeles sociales.


En primer lugar, la utilización de la Teoría del Rol en gerontología apunta la idea que la perdida y el cambio de algunos roles a lo largo del ciclo vital puede acarrear importantes desajustes personales y sociales en individuos de edad avanzada. En especial, el abandono del rol de trabajador supone, de un lado, la pérdida de los «beneficios» asociados al desempeño profesional (contacto personal con compañeros y colegas, estimulación física y mental, estructuración temporal y espacial, expectativas de futuro, mayores Ingresos económicos...) y por otro, implica asumir sus efectos más negativos (principalmente la internalización de las normas y expectativas vinculadas al rol de jubilado o pensionista).
Se entiende en consecuencia que esta situación puede conducir a un proceso de desestructuración vital, consistente en la pérdida de las señas de identidad social y personal. En definitiva, se considera que la carencia del desempeño de determinados roles (en especial los relacionados con el mundo laboral) tiene un efecto negativo sobre la totalidad de la vida de los jubilados y dificultan su adaptación vital, y termina por ejercer unos efectos negativos inmediatos que hacen disminuir los niveles de autonomía personal y de pertenencia social y aumentan los de dependencia familiar social, llegando incluso al desarrollo dé sentimientos de insatisfacción personal, de ansiedad o depresión
Por su parte, la denominada Teoría de la Desvinculación  explica un doble proceso de carácter individual y social que converge sobre el mismo punto: el distanciamiento gradual y progresivo de los viejos de otros sectores de población de menor edad. Por un lado, el individuo mayor paulatinamente va orientando su conducta y sus preocupaciones más íntimas hacia sus intereses particulares en un proceso de introspección que le hace sentirse menos obligado con los sistemas sociales y familiares a los que pertenece, siguiendo todo un proceso de interiorización que en ocasiones se expresa en forma de una mayor espiritualidad, mayor interés religioso 0 incluso en forma de egocentrismo. Al mismo tiempo y de manera complementaria, la sociedad no sólo acepta este proceso como normal y natural, sino que dispone los elementos ambientales e institucionales necesarios para apoyarlo, con objeto de que los viejos no obstaculicen el normal desarrollo económico y social.
EI principal mecanismo institucional que legitima a los individuos para romper lazos y ataduras y abandonar el desempeño de molestos roles sociales es, precisamente, la jubilación laboral. En consecuencia, la vejez como ruptura social significa básicamente asumir la visión de los viejos en tanto que seres faltos de función social y la vejez como una etapa de preparación y antesala de la muerte.
La tercera de las «visiones»  recoge algunos de los planteamientos de las anteriores: se trata de una concepción en la que, en el más puro estilo funcionalista, se percibe la vejez como un período de pérdidas y ensimismamiento personal progresivo, y a los jubilados y viejos como una categoría social inferior, constituida por individuos improductivos y poco comprometidos con el desarrollo de la comunidad, con dificultades de adaptación a los rápidos cambios y a la evolución social, y que supone por tanto una carga para el conjunto de la sociedad.

Esta visión presenta a los jubilados con serios problemas económicos y de adaptación y, en consecuencia, con importantes índices de dependencia hacia los demás (familia, servicios de asistencia pública pensiones...), dependencia que es aún más acusada en la cuarta edad, en la llamada por algunos como ancianidad profunda.
Este tipo de dependencia tiene como origen varias causas. En primer lugar, algunos factores como la anticipación de la jubilación (por efecto de los nuevos sistemas de producción), la prolongación de la juventud y la adultez hasta edades bien avanzadas, junto con unas mejores condiciones de vida, de alimentación y cuidados, hace que la gente llegue a la vejez en mayor número y en mejores condiciones que las de generaciones pasadas. A1 aumentar el número de sujetos que forman parte de un grupo determinado de edad, lógicamente aumenta el número y la complejidad de todos los problemas asociados al mismo.
En segundo lugar, el desarrollo industrial y la concentración urbana de la mayor parte de la población, en términos absolutos, ha generado, desde hace ya bastantes decenios, formas de residencia y formas de vida en las que los ancianos quedan marginados. Este hecho se aprecia muy especialmente en las condiciones de las viviendas unifamiliares que, cada vez menos, permiten la presencia física de los abuelos en las mismas. De este tipo de situaciones se deriva muchas veces que la convivencia del abuelo con la familia (hijos, sobrinos...) sea asumida únicamente porque no existen posibilidades materiales de intentar otras alternativas, y el anciano es aceptado como una carga, máxime cuando las necesidades económicas de la sociedad actual obligan prácticamente a todos los adultos a dedicarse a actividades de formación o laborales, y no queda nadie en la familia que pueda cuidar a los mayores.
Puede decirse como conclusión general al análisis anterior, que hoy día persiste una visión dual sobre el envejecimiento y la vejez: una considerable discriminación contra los viejos frente a una aparente exaltación de sus capacidades para seguir creciendo como individuos.
En el primer caso, el cambio social y cultural que caracteriza a la sociedad actual genera modos de vida en los que no caben ni los viejos ni los enfermos. Por eso se les oculta o disfraza con objeto de silenciar este abandono. Por ejemplo, muchas familias tratan de ocultar a los niños la vejez, sobre todo si es decrépita o se acompaña de una enfermedad degenerativa (esto es especialmente comprobable en familias con algún anciano senil o con Alzheimer).
En el segundo, la Gerontología, en cualquiera de sus ramificaciones, está tratando de pasar de un modelo catastrofista basado en la enfermedad, en la dolencia o en el mal; de un modelo que describe el envejecimiento básicamente como un declive intrínseco, biológicamente fijado, a un modelo contextual, que enfatiza la interacción entre el organismo y sus ambientes externos e internos, concediendo mayor importancia a múltiples factores de carácter físico, social, cultural, histórico económico, a las influencias sociales de la educación recibida y la profesión ejercida, las diferencias por cohorte, la personalidad, etc.

En todo caso, el papel de la educación en la vejez en los albores del tercer milenio se nos antoja decisivo para el cambio de mentalidades que ayude a desterrar definitivamente los modelos de decrepitud a favor de modelos de competencia y de desarrollo, que permita la construcción de patrones de envejecimiento que traten de canalizar intereses, expectativas, limitaciones y posibilidades de desarrollo personal y de interrelación para los mayores.
Si, como señalaba la escritora francesa Simone de Beauvoir, la revolución científico y tecnológica ha dejado a los ancianos sin rol social; si en la sociedad actual (fundamentalmente en los países menos desarrollados) miles de ancianos viven la angustia de la soledad, el abandono, la penuria; si muchos de ellos se consumen en aparcamientos geriátricos (a modo de guetos o «reservas» de diverso tipo, algunos con escaso control institucional, y muchos otros esperan largos años para entrar en ellos; si además la sociedad actual está orientada para los adultos jóvenes; si todo eso es cierto, también lo es que toda esta situación contrasta con el dato que indica que los viejos son cada vez más jóvenes, viven cada vez más años, son más sanos, más cultos, más conscientes... y también más exigentes.
Hay quien dice que la rebelión de los mayores será el gran revulsivo cultural del siglo XXI. Esperaremos a verlo, y en algunos casos, hasta puede que algunos de nosotros seamos protagonistas. Mientras tanto estamos contemplando la rebelión de los jóvenes desempleados, consecuencia de aplicaciones de teorías económicas que han demostrado estar equivocadas de medio a medio.
Creo que voy a celebrar mi llegada a los 70 años con cierto optimismo, y espero que comprendan por qué, después de haber leído estas páginas.
Alfonso J. Palacios Echeverría  

viernes, 24 de enero de 2014

LA SEXALESCENCIA

Si miramos con cuidado podemos detectar la aparición de una franja social que antes no existía, la gente que hoy tiene entre  sesenta y setenta años:
La sexalescencia.
Una generación que ha echado fuera del idioma la palabra "sexagenario", porque sencillamente no tiene entre sus planes actuales la posibilidad de envejecer. Se trata de una verdadera novedad demográfica parecida a la aparición en su momento, de la "adolescencia", que también fue una franja social nueva que surgió a mediados del S. XX para dar identidad a una masa de niños desbordados, en cuerpos creciditos, que no sabían hasta entonces dónde meterse, ni cómo vestirse.
Este nuevo grupo humano que hoy ronda los sesenta o setenta, ha llevado una vida razonablemente satisfactoria. Son hombres y mujeres independientes que trabajan desde hace mucho tiempo y han logrado cambiar el significado tétrico que tanta literatura latinoamericana le dio durante décadas al concepto del trabajo.
Lejos de las tristes oficinas de J.C. Onetti o Roberto Arlt, esta gente buscó y encontró hace mucho la actividad que más le gustaba. Supuestamente debe ser por esto que se sienten plenos; algunos ni sueñan con jubilarse. Los que ya se han jubilado disfrutan con plenitud de cada uno de sus días sin temores al ocio o a la soledad, crecen desde adentro en uno y en la otra. Disfrutan el ocio, porque después de años de trabajo, crianza de hijos, carencias, desvelos y sucesos fortuitos bien vale mirar el mar con la mente vacía o ver volar una paloma desde el 5º piso del departamento.
Dentro de ese universo de personas saludables, curiosas y activas, la mujer tiene un papel rutilante. Ella trae décadas de experiencia de hacer su voluntad, cuando sus madres sólo podían obedecer y de ocupar lugares en la sociedad que sus madres ni habrían soñado con ocupar. Esta mujer sexalescente pudo sobrevivir a la borrachera de poder que le dio el feminismo de los 60, en aquellos momentos de su juventud en los que los cambios eran tantos, pudo detenerse a reflexionar qué quería en realidad. Algunas se fueron a vivir solas, otras estudiaron carreras que siempre habían sido exclusivamente masculinas, otras eligieron tener hijos, otras eligieron no tenerlos, fueron periodistas, atletas o crearon su propio "YO, S.A.". Pero cada una hizo su voluntad.
Reconozcamos que no fue un asunto fácil y todavía lo van diseñando cotidianamente.

Pero algunas cosas ya pueden darse por sabidas, por ejemplo que no son personas detenidas en el tiempo; la gente de "sesenta o setenta"", hombres y mujeres, maneja la compu como si lo hubiera hecho toda la vida. Se escriben, y se ven, con los hijos que están lejos y hasta se olvidan del viejo teléfono para contactar a sus amigos y les escriben un e-mail con sus ideas y vivencias. Por lo general están satisfechos de su estado civil y si no lo están, no se conforman y procuran cambiarlo. Raramente se deshacen en un llanto sentimental. A diferencia de los jóvenes; los sexalescentes conocen y ponderan todos los riesgos. Nadie se pone a llorar cuando pierde: sólo reflexiona, toma nota, a lo sumo y a otra cosa.
La gente mayor comparte la devoción por la juventud y sus formas superlativas, casi insolentes de belleza, pero no se sienten en retirada. Compiten de otra forma, cultivan su propio estilo Ellos, los varones no envidian la apariencia de jóvenes astros del deporte, o de los que lucen un traje Armani, ni ellas, las mujeres, sueñan con tener la figura tuneada de una vedette. En lugar de eso saben de la importancia de una mirada cómplice, de una frase inteligente o de una sonrisa iluminada por la experiencia.
Hoy la gente de 60 o 70, como es su costumbre, está estrenando una edad que todavía NO TIENE NOMBRE, antes los de esa edad eran viejos y hoy ya no lo son, hoy están plenos física e intelectualmente, recuerdan la juventud, pero sin nostalgias, porque la juventud también está llena de caídas y nostalgias y ellos lo saben. La gente de 60 y 70 de hoy celebra el Sol cada mañana y sonríe para sí misma muy a menudo Quizás por alguna razón secreta que sólo saben y sabrán los del siglo XXI.
Nota: Enviado por una querida amiga. (De origen desconocido)